Lo que pasó en la casa de la esquina

Lo que pasó en la casa de la esquina

@santiago_vera ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 6 min de lectura

La puerta se abrió con un crujido seco, como si el marco estuviera cansado de tantos años en el mismo sitio. Santiago entró con las llaves que le había prestado Daniela—ella no quería que nadie supiera que estaba fuera de casa, ni por qué, ni con quién. Él, que nunca había estado en esa casa antes, se detuvo en el umbral, dejando que el olor a café viejo, a humedad y a perfume barato lo envolviera. No era su estilo, pero Daniela le había insistido: “Ven, Santiago, que ya te dije que soy trans, pero no te preocupes que te mando bien rico y sin vergüenza”.

Daniela estaba en el sofá, sentada con las piernas cruzadas, usando una camiseta negra ajustada que le marcaba el pecho y la cintura estrecha. Tenía el pelo teñido de negro azabache, recogido en una coleta alta, y los labios pintados de rojo carmesí, como si estuviera lista para salir, pero no lo estaba. Se levantó con lentitud, como si cada movimiento fuera parte de un ritual. Se acercó sin prisas, con los ojos fijos en los de Santiago, y le quitó la camisa antes de que él pudiera decir algo. Él se estremeció cuando sus dedos, fríos al principio, rozaron su pecho y luego bajaron a la cintura de sus pantalones.

—¿Te gusta lo que ves? —le preguntó, ya con la mano dentro de su calzoncillo, palpándole el pito duro—. No te preocupes, que no te voy a hacer sentir raro. Aquí no hay jueces, solo putas y pendejos, y tú no pareces pendejo.

Santiago tragó saliva. Nunca había estado con una trans, y aunque había visto videos y leía foros, nada se comparaba con el olor real, el calor real, la textura real de su piel. Ella le quitó los pantalones y los calzoncillos de una sola tirada, dejándolo en calzones de piel, y se agachó frente a él sin pedir permiso. Su boca se cerró alrededor de su polla en un solo movimiento, con un sonido húmedo y profundo que le subió por la espina dorsal. Santiago cerró los ojos, apretó los puños, y sintió la lengua de Daniela rascándole la cabeza, chupándole el prepucio con fuerza, como si quisiera arrancarle la respiración.

—Vas a salir bien rapido si no me lo dices: ¿te gusta que te lo chupe así? —murmuró, sacándoselo de la boca con un chupetón—. Porque si no me dices, sigo hasta que te quedes sin fuerzas, y luego te voy a hacer llorar de tanto que te voy a meter.

Él se mordió el labio. No quería sonar tímido, ni vergonzoso, pero su cuerpo ya lo decía todo: el pito se le ponía más duro, más grande, y las venas se le hinchaban como si le estuvieran bombeando sangre a presión. Daniela se puso de pie con un suspiro, se quitó la camiseta y se desabrochó el sostén, dejando sus pechos al descubierto. No eran gigantescos, pero estaban bien formados, con pezones pequeños, oscuros y duros, como si ya estuvieran esperando algo. Santiago extendió la mano y le acarició uno con la yema de los dedos, y ella soltó un gemido bajo, ahogado, como si no estuviera acostumbrada a sentir ese tacto.

—Tú no me tocas así, no. Aquí no —dijo ella, cogiéndole la mano y llevándosela entre sus piernas, donde ya estaba mojada, muy mojada—. Mira esto. Soy trans, sí, pero el pito no me lo pude hacer. Pero esto sí se llena de agua cuando me tocan bien.

Santiago separó sus muslos con la mano y vio su entrepierna: la vulva era clara, bien definida, con los labios hinchados y brillantes por el líquido que ya salía solo con mirarla. Ella se colocó frente a él, con las manos en sus hombros, y le dijo:

—Agáchate. Que yo te voy a comer el pito hasta que te salga humo.

Él cayó de rodillas, con la cara entre sus muslos, y sintió su olor: dulce, ácido, de hombre que se acaba de levantar y que ya lleva horas sin ducharse. Ella se inclinó y le metió la lengua dentro de la polla como si fuera un chupete, moviéndola de abajo hacia arriba, con fuerza, con ritmo. Santiago sintió su garganta contra su vientre, sus dedos apretando sus nalgas, y supo que no iba a durar mucho. Daniela lo notó y lo sacudió con la mano en el pelo:

—No te salgas, mijo. Que si te salieres antes de tiempo, te lo voy a agarrar a cachos.

Se puso de pie, se quitó los jeans y la bermuda interior, y se sentó sobre su regazo, con la vulva alineada con su pito. Lo sostuvo con la mano, le rozó la punta contra su entrada, y lo empujó adentro con un movimiento lento, pausado, como si estuviera abriendo una puerta que llevaba años cerrada.

—Ay dios mío… —susurró ella, cerrando los ojos, con la cabeza hacia atrás—. Estás bien grande, Santiago. Me estás llenando todo el coño.

Él la abrazó por la cintura, la empujó hacia abajo, y cuando sintió que su pito tocaba fondo, empezó a moverse. No con fuerza al principio, sino con calma, con ternura, como si le estuviera haciendo un regalo. Pero ella no quería ternura. Le dio un manotazo en el hombro y le dijo:

—¡No me mames tanto! ¡Más fuerte, que así no me vas a sacar ni una gota!

Santiago le agarró las caderas con más fuerza, y la empezó a clavar con ritmo, con golpes secos, con la pelvis pegada a la suya. Ella soltaba gemidos cortos, ahogados, con la boca entreabierta y los ojos cerrados, con la cabeza apoyada en su hombro, sudorosa, roja. Él sintió que su pito se le hinchaba más, que la base le rozaba su clítoris, y que ella empezaba a moverse con él, subiendo y bajando con más fuerza, con más ganas.

—¡Santiago! ¡Santiago! —le decía, con la voz rota—. ¡Me vas a hacer explotar! ¡Me voy a venir como una loca!

Él la sujetó por el pelo, le inclinó la cabeza hacia atrás y le mordió el cuello, no con fuerza, pero con intención. Ella gritó, como si le hubieran pinchado un globo, y su cuerpo se tensó, y su vulva se contrajo alrededor de su pito, con fuerza, con espasmos. Santiago sintió que el calor le subía por la espalda, que su pito palpitaba, que se estaba saliendo sin querer, y se agarró de sus muslos mientras le salía un chorro caliente dentro, seguido de otro, y otro más, hasta que ya no pudo más.

Daniela se desplomó sobre su pecho, sudorosa, con la cara pegada a su cuello, y le dijo:

—Mierda, mijo… que ya no sé si soy mujer o si solo quiero seguir follando contigo.

Él le acarició el pelo, le besó la frente, y le murmuró al oído:

—Si quieres, volvemos a hacerlo. Aquí no nos va a nadie interrumpir, y mi vecina me dejó las llaves para esta noche.

Ella se rió, con una risa suave, de mujer que ya no se avergüenza de lo que quiere. Y lo besó, con los labios húmedos y el sabor de su propia saliva, y le dijo:

—Pues entonces, otra vez. Pero esta vez, te lo voy a comer a ti, mijo. Que ya me di cuenta que te gusta que te dominen un poquito.

Y así, con el sol ya oculto tras las ventanas y el aire cargado de sudor y deseo, volvieron a empezar.

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