Lo que pasó en la casa de campo

Lo que pasó en la casa de campo

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 4.2 (17) · 248 lecturas · 6 min de lectura

Apenas crujieron las tablas del piso al entrar, supe que algo iba a cambiar. El silencio del lugar —esa especie de eco hueco que solo tienen las casas abandonadas desde hace poco— me hacía cosquillas en la nuca, pero no de miedo. De anticipación. Ella había insistido: “Vamos a pasarnos la noche ahí, solo nosotras, como en los viejos tiempos”. Pero ya no éramos las mismas. Yo, con mis treinta y tantos años recién cumplidos, con el cuerpo más sabio, más hambriento. Ella, con sus cuarenta y pocos, con esa sonrisa que ya no es broma, con esos ojos que saben lo que busco y lo que yo no sé aún que necesito.

Llegamos al anochecer, con el sol colgándose de los árboles como una fruta madura, casi cayéndose. Ella dejó las bolsas en la cocina y se quitó la blusa con una lentitud deliberada. No era coquetería; era ritual. Me miró mientras desabrochaba los botones de su camisa, uno por uno, como si cada broche fuera un juramento. Y cuando la tela se abrió, no llevaba nada debajo. Solo la luz del atardecer, tibia, dorada, rozándole los pechos pequeños, redondos, con pezones pequeños y oscuros, ya endurecidos por el frío del coche o por la simple cercanía de mi mirada. No dije nada. Solo la observé, con las manos en los bolsillos, para que no temblaran.

—Vamos a bañarnos —dijo ella, y la palabra “bañarnos” sonó distinta en su boca, más espesa, más húmeda.

El baño era antiguo, con azulejos blancos y una tina de hierro fundido. Ella encendió la ducha, dejó que el agua se calentara sola, como si el gas tuviera memoria. Cuando salió del agua, sus caderas brillaban con el vapor, y el agua le corría por las piernas, por el vello pubiano rubio y bien recortado, por el ombligo, por los pezones otra vez duros, ahora por el frío del baño. Me pidió que le ayudara a secarse. Yo tomé la toalla, lenta, como si fuera un arma peligrosa, y la pasé por su espalda, por la curva de sus riñones, por la hendidura de sus nalgas, y ella se estremeció, no por el roce, sino por la intención. Le secó el cabello con cuidado, como si fuera algo valioso, y cuando terminamos, ella se giró frente a mí, con la toalla apenas cubriéndole el pubis, y me besó.

No fue un beso de amistad. Fue una sentencia. Su boca era cálida, húmeda, con sabor a agua de coco y a sudor. Me abrió la camisa, sin pausa, sin mirar, como si ya lo hubiera soñado mil veces. Mis manos, por fin, se movieron. Le acaricié el cuello, bajando hasta sus clavículas, y luego, con la palma abierta, le cubrí uno de sus pechos. El pezón se endureció aún más bajo mi dedo índice, que se deslizó por su costado, bajando al vello húmedo. Ella gimió, bajito, como un susurro entre dientes, y me tomó la mano, guiándola hacia abajo.

—Aquí —dijo—. Toca aquí.

Estaba ya mojada, con la piel sensible al tacto, con los labios menores abiertos, hinchados, oscuros, y un pequeño botón que palpitaba como un corazón minúsculo. Le pasé el pulgar por encima, despacio, y ella arqueó la espalda, metió los dedos en mi cabello y me obligó a besarse otra vez, más hondo, más largo, como si nos estuviéramos ahogando y solo su aliento fuera aire.

Me despojé de la ropa con prisa, pero sin prisa: primero los zapatos, luego los jeans, la camisa, el calcetín izquierdo, el derecho. Quedé desnudo frente a ella, y no me avergoncé. Su mirada me recorrió de abajo hacia arriba: los testículos colgando pesados, el pene blando pero hinchado, la piel tensa en el vello púbico, oscuro como el suyo, pero más denso. Ella se acercó, me tomó la entrepierna con una sola mano, cerró los ojos y me apretó suavemente, como si probara la textura de un pan recién horneado.

—Estás grande —dijo, y me sonrió—. Me gusta así.

Se arrodilló frente a mí, sobre la toalla que aún quedaba en el suelo, y me miró a los ojos mientras separaba con los dedos los labios de mi pene. Me besó la punta, con la lengua, lento, y luego me tomó con ambas manos, firme, y me lamió de abajo hacia arriba, pasando el borde del glande, saboreando la pequeña gota que ya brotaba de mí. Yo cerré los ojos, apreté los puños, y le dije:

—No me jodas… si no querés que me venga antes de entrar.

Ella se rió, baja, sensual, y me empujó suavemente hacia atrás. Me acosté sobre la tina, fría contra la espalda, y ella se subió, abriendo las piernas, poniéndose encima de mí. Su pubis rozó el mío, y sentí cómo su entrada se abría, cómo se lubricaba con su propia humedad, y cómo me buscaba con la punta del pene, rozándome el orificio, rozándome la base.

—¿Estás lista? —le pregunté, pero ya sabía la respuesta.

Ella me miró, con los ojos medio cerrados, y asintió. Bajó lentamente, y yo sentí cómo su canal se estiraba, cómo me engullía, primero la punta, luego el cuerpo, y finalmente, con un suspiro, toda la longitud. Se sentó sobre mí, con los muslos apretados contra mis caderas, y se quedó así un buen rato, inmóvil, con los ojos cerrados, respirando lento, como si estuviera guardando el momento.

Empezó a moverse, con movimientos pequeños, circulares, hasta que se animó y empezó a subir y bajar, con firmeza, con ritmo, con una seguridad que me dejó sin aire. Yo le agarré los muslos, le apreté las nalgas, y cuando ella se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en mi pecho y me ofreció sus pechos. Me los tomé con ambas manos, los apreté, los masajeé, y con el pulgar le froté el pezón una y otra vez, hasta que ella se quejó, hasta que soltó un grito bajo, agudo, que resonó en el techo del baño.

—Sí —dijo—, así, más fuerte… ¡Dame!

Yo la tomé por la cintura y la empujé hacia abajo, una y otra vez, con fuerza, con la pelvis elevada, para que mis testículos golpearan contra su clítoris. Ella jadeaba, susurraba palabras sueltas: “Sí, sí, sí, más, más, más…”. Sus pechos rebotaban con cada movimiento, sus cabellos le cubrían la cara, y cuando por fin se corrió, lo hizo con un grito que no intentó contener, con los ojos abiertos, con la boca entreabierta, y sus músculos internos se contrajeron alrededor de mi pene, apretando, apretando, como si quisiera mantenerme dentro para siempre.

Yo la seguí embistiéndola, con los ojos cerrados, con las piernas temblorosas, con el corazón a punto de saltarme del pecho. Cuando sentí que no podía más, le dije:

—Voy a entrar… voy a corrmela toda.

Ella asintió, sin pausa, y yo me dejó ir, empujando hacia adentro con una fuerza que no sabía que tenía, llenándola de semen caliente, pesado, en tres o cuatro chorros fuertes, hasta que sentí que mis rodillas iban a ceder.

Se desplomó sobre mí, sudada, con el corazón latiendo contra mi pecho, y yo la abracé con fuerza, como si no quisiera soltarla nunca. Afuera, el sol ya había desaparecido. Dentro, solo quedaba el calor, el olor a sudor y a sexo, y el silencio, ahora lleno de algo que no era miedo, ni vergüenza, sino plenitud.

Ella me besó en la frente, como si fuera un niño, y me dijo:

—Otra vez. Quiero otra vez.

Y así, con la tina fría, el agua fría, el aire frío, pero ella caliente, cálida, intensa, supe que esa noche no iba a terminar nunca.

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