Lo que pasó en la bodega del edificio

Lo que pasó en la bodega del edificio

@paula_invierno ·27 de junio de 2026 · 🔥 4.0 (6) · 286 lecturas · 4 min de lectura

Yo tenía veintitrés años, con la piel tersa, las nalgas firmes y el cuerpo que aún no había aprendido a rendirse. Él tenía cincuenta y uno, con la barba bien recortada, las venas en los antebrazos marcadas como raíces viejas y una mirada que no pedía permiso, solo lo asumía. Se llamaba Raúl, era el nuevo propietario del edificio donde vivía, y llevaba dos semanas observándome desde el balcón del departamento del piso de arriba, mientras yo bajaba con las bolsas de la tienda o subía con la basura.

Nunca me había dirigido la palabra. Hasta esa noche.

Lloviaa a cántaros, el piso de la bodega temblaba con cada trueno y el olor a humedad y madera vieja se mezclaba con el perfume amaderado que él usaba: sándalo, tabaco frío y algo más, algo que olía a peligro. Me quedé atrapada allí después del turno, con la llave de la bodega clavada en la cerradura rota desde hacía días y sin nadie que me llamara para arreglarla.

—¿Y tú qué haces aquí, niña? —su voz salió de la sombra, profunda, como si la tierra le hubiera dado esa resonancia.

No respondí de inmediato. Me di vuelta y lo vi de pie, con la camisa blanca pegada al pecho por la humedad, los pantalones bien planchados a pesar de la lluvia, los ojos oscuros y fijos en mí. Me sentí expuesta, como si me hubiera quitado la ropa sin que me diera cuenta.

—La llave… se trancó —murmuré, bajando la mirada a mis zapatos.

—Pues ya no te preocupes. La cerradura la arreglé yo esta mañana —se acercó, lento, como si supiera que cada paso me acercaba a algo que ya quería experimentar—. Pero no vine por eso.

Su mano se posó en mi cintura, firme, cálida. Sentí el calor atravesar la tela del blusón. Me elevó la barbilla con el dedo índice, sin fuerza bruta, pero con una seguridad que me hizo temblar.

—Veo cómo me miras cuando paso por el vestíbulo. No te escondas, mija. Ya te he visto más de una vez, con esa falda ajustada, esas piernas que se te ven bien torneadas… y ese culo que se me antoja como un melón maduro, jugoso y listo para ser abierto.

Me sonrojé, pero no aparté la mirada. Su lengua pasó por los dientes, como saboreando las palabras.

—Dime: ¿cuántas veces te has tocado pensando en un hombre como yo?

No mentí.

—Todas las noches.

Sus dedos se hundieron en mis nalgas, me jaló hacia él, y sentí la verga dura, pesada, presionándome entre los muslos. No hubo más charla. Me agarró del cabello, me inclinó la cabeza y me metió la lengua en la boca como si no hubiera respirado en semanas. Me chupó la lengua, me mordió el labio, me obligó a tragar su aliento.

Luego, con un solo movimiento, me dio la vuelta, me levantó la falda y me bajó la bragas. Me separó las nalgas con las manos y metió un dedo, luego dos, en mi coño ya empapado, moviéndolos lento, como si me estuviera enseñando algo.

—Tú no sabes lo que es un hombre que ya ha estado en mil cunas y aún sabe cómo hacer temblar una mujer nueva —susurró—. Pero hoy te voy a enseñar.

Se desabrochó el pantalón, sacó la verga tiesa, gruesa, con el glande rojo y húmedo. Me pidió que me arrodillara. No dudé. Lo agarré por la base, lo froté contra mis pechos, lo lamí de punta a base, saboreando el sabor salado que ya sudaba su piel.

—Arriba. Ahora.

Me levanté, me giré, me apoyé en la mesa de herramientas, y él me separó el culo con las manos, me frotó el ano con la punta de su verga, me empujó dentro con un solo empujón. Sentí el estiramiento, el calor, la densidad de su cuerpo metiéndose en mí como un clavo calentado al rojo.

—Sí, así… agárrame fuerte, niña… que yo no te suelto hasta que me oigas gritar tu nombre.

Y entonces empezó a cogerme, lento al principio, como para saborear cada centímetro de mi interior, hasta que aumentó el ritmo, me agarró de las caderas y me jaló contra sus embestidas, haciendo que mi cabeza chocara contra la mesa, que mis pechos salieran rebotando, que mis nalgas se llamaran sangre por el roce.

—Voy a correrme dentro de ti… ya… ya no aguanto… —me gritó, y sentí su verga latiendo dentro, vibrando mientras me llenaba con su leche espesa y caliente.

Me giró, me besó de nuevo y me miró a los ojos mientras se retiraba, con la verga still pulsando, goteando su semen por mis muslos.

—Mañana te espero aquí —dijo, se abrochó el pantalón y se fue, sin despedirse, como si ya supiera que volvería.

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Hay un deseo que arde mejor cuando se contiene. Escribo desde la melancolía y la noche, esas ganas que no se dicen pero se sienten.

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