Me follaría a mi vecina trans hasta que me diera la gana
4 minMe follaría a mi vecina trans hasta que me diera la gana
La primera vez que la vi desnuda fue por accidente: abrió la puerta del baño sin saber que yo estaba en el pasillo, still vestida solo con un tanga de encaje negro y una camiseta transparente, empapada por el vapor. Se congeló. Yo también. No fue vergüenza lo que sentí, sino un golpe en el estómago, como si me hubieran apretado la tráquea con una mano fría. Tenía tetas medianas, pezones oscuros y duros, pechos que colgaban un poco por la gravedad y el tiempo, pero que parecían hechos para ser mordidos. Su entrepierna era lisa, sin vello, como una hoja recién arrancada, y entre los muslos se veía la rendija pequeña, cerrada, que me hizo recordar lo que había leído en foros de madrugada: que no todos los cuerpos de mujeres trans eran iguales, que algunos tenían vulvas casi idénticas a las cis, otros necesitaban reconstrucción, otros simplemente eran… así: naturales, pero hechos a mano con hormonas y decisión.
Me llamó Sofia. Era más joven de lo que parecía: treinta y pico, no cuarenta. Había vivido mucho, me dijo, mientras me servía una copa de vino en su apartamento después de que le preguntara si podía entrar a calentarme, porque llovía torrencialmente. Su voz era grave, suave, con un matiz ronco que me arrancaba un estremecimiento en la columna.
—¿Te importa si me quito esto? —dijo, tirando de la camiseta mojada, dejando al descubierto su pecho, sus pechos, y la curva suave de su vientre.
No dije nada. Solo la miré, con las manos apretadas alrededor de la taza, como si fueran un ancla.
La siguiente vez que nos vimos fue cuando le pedí permiso. No con palabras, sino con los ojos, con la forma en que le tocaba el borde del vaso, con la forma en que se mordía el labio inferior cuando creía que no lo notaba.
—¿Quieres tocarme? —me preguntó esa noche, sentados en su cama, las luces bajas, las cortinas cerradas, la lluvia still golpeando el cristal.
Asentí.
Se quitó el sujetador y se puso de espaldas, boca abajo, sobre la colcha negra. Me pidió que le masajeara la espalda, los hombros, y luego, con voz baja, que bajara las manos hasta su cintura, sus caderas, sus muslos. Cuando le toqué la parte trasera de los muslos, me dio la vuelta con una sonrisa, me agarró de la muñeca y me guío hasta su entrepierna.
—Aquí —dijo—. Si quieres, aquí.
Tenía un pene pequeño, flácido, escondido bajo una capa suave de grasa, sin vello, con un prepucio bien desarrollado. No era lo que esperaba, pero tampoco me sorprendió. Había leído suficiente.
—¿Te importa si…? —empecé.
—No —respondió, y me tomó la mano, me la puso sobre su pene, sobre su polla, que reaccionó al instante, hinchiéndose, endureciéndose, como si hubiera estado esperando solo eso.
Me senté a horcajadas sobre ella, con mis piernas a los lados de su cintura, y le dije: «Quiero verte entrar».
Se levantó, me tiró suavemente hacia atrás, y se puso encima. Me desabrochó los pantalones, me sacó la polla, dura ya desde hacía rato, y se la frotó con una mano, con la otra acariciándome el pene y el coño al mismo tiempo. Me besó en el cuello, me mordió la oreja, y luego me dijo:
—Dime qué quieres.
—Quiero que me jodas. Quiero que me cogas hasta que no pueda más. Quiero sentir tu polla dentro de mí, tu cuerpo encima, tu aliento en mi cuello. Quiero que me folles como si no hubiera mañana.
Me miró con esos ojos oscuros, profundos, y asintió. Se Lubricó con su propia humedad y con la mía, y se colocó frente a mi entrada.
—¿Estás listo? —preguntó.
—Sí —respondí, y la besé, y ella empujó.
La penetración fue lenta, firme, inevitable. Su polla era dura, gruesa, y me abría como un cuchillo caliente, rozando el fondo, buscando algo que yo no sabía que tenía. Me agarró de las caderas, me clavó los dedos en la carne, y empezó a moverse: adentro, afuera, con un ritmo que me hacía perder el aliento.
—Sí —gruñí—. Sí, así, más fuerte.
Y ella me lo dio. Me cogió con fuerza, con urgencia, con ganas, y yo le devolví el favor, empujando con mis caderas, con mis manos, con mi cuerpo. Me besó la garganta, me lamí los labios, y cuando sentí que me iba, me agarró el pene y me lo apretó con fuerza, y me corrió encima, con un grito que no era mío, sino suyo: un grito de mujer, de mujer trans, de mujer que había peleado por estar ahí, que había perdido todo y que aún así seguía de pie.
Cuando terminamos, estaba sudada, exhausta, con el cuerpo lleno de marcas, y ella me miró y me sonrió:
—¿Lo haremos otra vez?
—Sí —dije.
Y fue así como comencé a follar a mi vecina trans, cada vez que me daba la gana, sin pedir permiso, sin disculpas, sin miedo.
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Hay un deseo que arde mejor cuando se contiene. Escribo desde la melancolía y la noche, esas ganas que no se dicen pero se sienten.