Lo que pasó cuando el agua dejó de correr
6 minLo que pasó cuando el agua dejó de correr
La ducha estaba callada. No porque se hubiera acabado el agua —aunque en la ciudad eso era un milagro cada vez más raro—, sino porque yo la había apagado. Me quedé parada frente al espejo empañado, con la respiración contenida, escuchando cómo el silencio se expandía como una ola que no osaba romper contra las paredes del baño. Detrás de mí, el vapor se deshacía lentamente, dejando al descubierto las líneas de mi cuerpo: pechos pequeños pero firmes, cintura marcada por los años y la maternidad, caderas anchas que alguna vez le habían encantado. Mis pezones, aún rígidos por el calor residual, brillaban con una ligera humedad en la tenue luz del baño.
—Paula —dijo su voz desde la puerta, apenas un susurro, como si temiera que el sonido rompiera algo invisible.
No me di vuelta. Ya lo sentía: su presencia, ese aroma a madera y café fresco que siempre lo precedía, incluso después de un día agotador en la oficina. Sentí sus ojos recorrerme —no con apuro, sino con lentitud, como si estuviera leyendo un texto que conocía bien pero quería descubrir de nuevo.
—¿Por qué la apagaste? —preguntó, acercándose. Sus pies descalzos apenas produjeron ruido sobre el piso frío.
—Porque quería verte así —respondí, por fin volviéndome—. Sin prisa. Sin agua que se lleva el tiempo.
Se detuvo a un metro de mí. Llevaba pantalones de algodón y una camiseta arrugada, los botones superiores abiertos, mostrando la línea oscura de su pecho. Sus manos, que yo conocía de memoria —las venas prominentes en los dorso, las uñas cortas, la cicatriz casi imperceptible en el pulgar izquierdo—, estaban a medio camino entre los bolsillos y el aire, como si dudara si tocarme o no.
—Estás hermosa —dijo, y su voz cambió. No era solo ternura; era deseo, contenido, como un río subterráneo que no quiere inundar la tierra aún.
Yo sonreí. No una sonrisa de coquetería, sino de reconocimiento. Él seguía viéndome. No como la madre de sus hijos, ni como la compañera de veinte años de vida compartida, sino como la mujer que había amado desde antes de que naciera su hija. Como la mujer que, a veces, me olvidaba de ser.
—Tú también —susurré—. Siempre.
Se acercó un paso más. La distancia entre nosotros se redujo hasta que pude sentir el calor de su piel, la suavidad de su aliento en mi cuello. Su pecho rozó el mío, y sentí el latido de su corazón, rápido pero estable, como siempre. Me incliné ligeramente hacia atrás para ver su rostro. Sus ojos, oscuros en la penumbra, tenían una luminosidad que no veía desde hacía meses.
—Había olvidado cómo se siente tu piel —dijo, y esta vez sus manos sí se movieron. Una se posó en mi cadera, la otra en la nuca, con una ternura que rozaba la reverencia.
No besó mi cuello. No de inmediato. Primero rozó con los labios la curva de mi oreja, con la punta de la nariz, como si estuviera olfateando mi perfume, como si necesitara confirmar que era yo, que aún era yo.
—¿Te acuerdas de esa noche en Oaxaca? —pregunté, sin respirar—. Cuando llovía y el hotel se quedó sin luz.
—Claro —respondió, y su voz vibraba contra mi piel—. Tú me dijiste que el silencio entre dos personas puede ser más íntimo que el ruido. Y luego… nos quedamos quietos, solo respirando, hasta que la luz volvió.
—Y entonces… —susurré.
—Entonces nos tocamos como si nos hubiéramos perdido.
Su mano subió por mi nuca, acarició mi cabello mojado (aunque el agua ya no corrió, yo lo había dejado así, con una promesa implícita), y bajó despacio, siguiendo la línea de mi columna, hasta detenerse en la curva de mi cintura. Su pulgar rozó el borde de mi muslo, apenas, como si temiera que un movimiento brusco me hiciera huir.
—¿Te acuerdas de lo que dijiste? —preguntó, esta vez con la voz más grave, más baja, como si cada palabra fuera un secreto que compartía solo conmigo.
—¿Qué dije?
—Que el deseo no se va, solo se esconde. Que cuando lo encuentras de nuevo, ya no es nuevo. Es… antiguo. Más profundo.
Yo me estremecí. No por frío. Por memoria. Por verdad.
Apoyó su frente contra la mía. Cerramos los ojos al mismo tiempo. Respiramos juntos. Y entonces, con una lentitud que dolía y gustaba a la vez, bajó su mano desde mi cadera hasta la parte trasera de mi muslo, con la palma entera, con una presión que era promesa y advertencia a la vez.
—¿Quieres que siga? —preguntó, y su voz ya no era un susurro. Era un juramento.
No respondí con palabras. Solo incliné la cabeza, dejando su frente contra la mía, y le tomé la mano, la giré suavemente, y puse su palma sobre mi pecho. Sobre mi corazón.
—Siente —dije—. Aquí es donde siempre estuviste.
Su respiración se agitó. La mano que tenía en mi espalda se cerró ligeramente, como si me sostuviera con fuerza, como si temiera que desapareciera. Sus labios finalmente encontraron los míos. No fue un arrebato. Fue un regreso. Un lento desbloqueo. Su lengua rozó la línea de mis labios, y yo le abrí, no con urgencia, sino con confianza. Como quien abre una puerta que sabe que siempre estuvo entreabierta.
Dentro del beso, sentí todo: el sabor de su café matutino, la sal de mi piel, la suavidad de su barba recién raspada, el calor que subía desde su pecho hasta el mío. Sentí que mi vagina se humedecía, lenta, inevitable, como una respuesta natural a la familiaridad del deseo. No era el calor agudo del primer encuentro, sino un eco más hondo, más antiguo, como una raíz que recuerda dónde creció.
Su otra mano subió ahora, siguiendo la curva de mi cadera, de mi vientre, hasta alcanzar mi pecho. Lo tocó con la misma lentitud de antes, pero esta vez con una intención más clara. Su pulgar rozó mi pezón, y yo jadeé, apenas, como un susurro que se escapó sin permiso.
—Todavía eres sensible aquí —dijo, y su voz vibró contra mis labios.
—Sí —respondí, entre besos—. Solo para ti.
Bajó la mano, ahora con más valentía, deslizándola por dentro de mi muslo, subiendo con cuidado, hasta sentir la curva de mis glúteos, y luego… hasta rozar el borde de mi vulva. La tela de mi camisón estaba mojada, pero no por el agua. Por eso.
Se detuvo. Solo un instante. Solo para preguntarme con los ojos, con la mano, con la espera.
—¿Estás segura? —preguntó, y en su voz no había duda, sino respeto.
Asentí. Le tomé la mano, la acerqué más, y la guíé yo misma hacia el lugar donde ya me deseaba.
—Sí —dije, y esta vez fue una confirmación, no una pregunta—. Sí, aquí. Conmigo. Como antes. Como siempre.
Y entonces, entre besos y silencios y respiraciones entrecortadas, volvimos a encontrarnos. No con prisa, no con urgencia. Con calma. Con memoria. Con el tipo de deseo que no se gasta, sino que se repite, como una canción antigua que sabes de memoria y que, cada vez que la escuchas, duele un poco más y te consuela un poco más.
Porque el erotismo no siempre grita. A veces, se escucha en el silencio entre dos personas que, después de tanto tiempo, descubren que el agua no se llevó todo. Que lo esencial sigue ahí, quieto, esperando solo que alguien lo apague… para que el calor no se disipe.
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Hay un deseo que arde mejor cuando se contiene. Escribo desde la melancolía y la noche, esas ganas que no se dicen pero se sienten.