Lo que pasó en la bodega del edificio
La bodega del edificio quedaba al fondo del sótano, detrás de dos puertas metálicas que chirriaban como almas en pena cada vez que alguien las abría. Era un cuarto estrecho, con olor a humedad y cemento viejo, lleno de cajas apiladas de cualquier modo y una luz amarillenta que colgaba del techo como un ojo cansado. Nadie iba ahí salvo para buscar algo perdido o dejar trastos que no cabían en los departamentos. Pero esa noche, Lucía y Marco tenían otro plan.
Lucía, vecina del quinto piso, había llegado al edificio hacía apenas tres meses. Alta, prieta, con una cintura estrecha y unas nalgas que parecían esculpidas a mano, se movía por los pasillos con una mezcla de elegancia y deseo contenido. Usaba vestidos ceñidos que marcaban cada curva, pero nunca decía nada. Solo sonreía, bajaba la mirada y pasaba. Marco, el encargado del edificio, la había notado desde el primer día. No por lujuria barata, sino por esa corriente que te recorre la espalda cuando sabes que hay fuego bajo la ropa.
Hacía semanas que se miraban de reojo. Un “buenas noches” al cruzarse, un roce de dedos al entregarle una llave, una risa contenida cuando se encontraban en el ascensor. Pero nada más. Hasta esa tarde.
—Oye, Marco —le dijo ella, bajando la voz mientras estaban solos en el pasillo—, necesito meter unas cajas en la bodega. ¿Me ayudas?
Él asintió, sin decir mucho. Sabía que no era solo por las cajas. Había algo en su mirada, en la forma en que mordía el labio inferior al hablarle, que le decía que eso no era casual. Bajaron juntos al sótano, él con la llave en la mano, ella con una falda corta que dejaba ver más de lo que tapaba.
Cuando abrieron la puerta, el aire pesado los envolvió. Lucía entró primero, moviendo las caderas como si bailara una música solo ella escuchaba. Dejó las cajas en el suelo y se dio la vuelta, apoyada contra una pared de cemento.
—Cierra con llave —dijo, sin mirarlo.
Marco obedeció. Giró el cerrojo con un clic que resonó en el silencio del cuarto. No preguntó por qué. Sabía.
—Quítate la camisa —ordenó ella, esta vez con voz firme.
Él la miró, sorprendido. No esperaba que fuera ella quien tomara el control.
—¿Tú… me vas a dominar? —preguntó, con media sonrisa.
—Tú solo haz lo que te digo —respondió, sin inmutarse—. Y no hables a menos que te pregunte.
Marco se desabrochó la camisa lentamente, sin quitarle los ojos de encima. La tela cayó al suelo. Ella dio un paso al frente, acarició su pecho con una uña pintada de rojo oscuro, y bajó hasta el cinturón.
—Hoy vas a ser mío —dijo—. Y no voy a ser suave.
Lucía sacó de su bolsa un par de esposas de cuero, suaves pero firmes. Marco no se resistió cuando ella le tomó las muñecas y se las puso detrás de la espalda, asegurándolas con un cierre que sonó como un latido. Luego, con un movimiento rápido, lo empujó contra la pared.
—¿Sabes por qué te traje aquí? —preguntó, pegando su boca a su oreja.
—No —respondió él, con la voz ronca.
—Porque te he visto. Cómo me miras. Cómo te detienes cuando paso. Cómo te imaginas lo que hay debajo de mi ropa —susurró—. Y hoy te lo voy a demostrar.
Pasó una mano por su nuca, la otra por su entrepierna, apretando su verga aún dentro del pantalón. Marco soltó un gemido ahogado.
—Estás duro —dijo ella, satisfecha—. Pero no te voy a dejar cogerme así nomás. Hoy vas a aprender a esperar.
Lo empujó al suelo, donde había una alfombra vieja que alguien dejó olvidada. Lo hizo arrodillarse, con las manos esposadas a la espalda, la cabeza alta. Ella se paró frente a él, se quitó los tacones, luego la falda. Debajo, solo llevaba unas bragas negras de encaje.
—Mírame —ordenó.
Marco alzó la vista. Sus nalgas redondas se asomaban por encima de la tela, tensas, perfectas. Lucía se acercó más, se paró sobre sus piernas abiertas, y le puso una mano en el pecho.
—¿Te gusta lo que ves?
—Sí —respondió él, sin dudar.
—Dilo bien. Dime cómo me quieres.
—Te quiero… chingar, Lucía. Quiero que me uses.
Ella sonrió. Se agachó, lo tomó del mentón.
—Bien. Pero primero, tú me vas a dar placer. Con la boca. Hasta que yo diga.
Se quitó las bragas de un tirón y se sentó sobre su rostro, guiando sus labios a su sexo. Marco no dudó. Lamió con ansia, con devoción, con hambre. Ella se mecía encima de él, gimiendo bajito, clavando sus uñas en sus hombros.
—Así… así, cabrón —jadeó—. Chupa como si fuera tu último día.
Pasaron minutos así, hasta que Lucía se levantó, con el sexo brillante y hinchado.
—Ya basta —dijo, respirando agitada—. Ahora te toca a ti.
Se puso de pie, fue a una de las cajas y sacó un látigo de cuero corto, fino, con un mango de madera pulida.
—¿Tienes miedo? —preguntó.
—No —respondió Marco—. Confío en ti.
Ella asintió. Dio un paso al frente y le dio un azote suave en el pecho. No dolió, pero lo hizo estremecer.
—Otro —pidió él.
Y ella lo complació. Un azote tras otro, en el pecho, en los hombros, en las nalgas. Cada golpe era un latido, una marca, una promesa. Marco gemía, sudaba, se retorcía de placer. No por el dolor, sino por el poder que ella ejercía sobre él. Por sentirse suyo, por completo.
Lucía se detuvo cuando vio que su espalda estaba marcada con líneas rojas. Se acercó, lo abrazó por la espalda, acariciando las marcas con los labios.
—Eres mío —repitió—. Y ahora voy a darte lo que quieres.
Lo desató. Las esposas cayeron al suelo. Marco se frotó las muñecas, pero no dijo nada. Ella lo tomó de la mano, lo hizo sentar en una caja vieja, y se subió encima de él, de espaldas.
—Agárrame las nalgas —ordenó.
Marco obedeció. Sus manos grandes se cerraron sobre la carne firme, amasándola. Lucía se inclinó un poco, se llevó la verga a la entrada y, con un movimiento lento, se empaló.
—¡Ah, chinga! —gritó Marco, al sentir cómo lo envolvía.
Era estrecha, caliente, húmeda. Cada centímetro que bajaba era una agonía deliciosa. Lucía empezó a moverse, lento al principio, luego más rápido, más fuerte. Su espalda se arqueaba, sus nalgas rebotaban contra sus muslos. Marco no podía dejar de mirarla, de tocarla, de sentir cómo lo apretaba por dentro.
—¿Te gusta? —preguntó ella, sin dejar de moverse.
—Sí… sí, Lucía… me chingas tan bien…
—¿Quieres más?
—Sí… todo lo que tengas.
Ella se detuvo, se bajó de él y se puso de rodillas. Lo tomó de la cintura, lo hizo girar, y lo empujó contra la pared.
—Ahora tú me coges —dijo—. Como si fuera tu puta.
Marco se levantó, la tomó por las caderas, la alzó y la empotró contra el muro. Lucía gritó, pero de placer. Él entró de nuevo, profundo, fuerte. Sus nalgas rebotaban contra el cemento, pero no le importaba. Solo quería más.
—¡Más! —gritó—. ¡Más fuerte, cabrón!
Marco la sostenía con una mano, con la otra le azotaba las nalgas. Cada golpe hacía que su cuerpo temblara, que su sexo se apretara más. Lucía gritaba, gemía, le pedía que no parara. Y él no paró. Siguió entrando y saliendo, con fuerza, con deseo, con una necesidad que no podía contener.
El cuarto se llenó del sonido de sus cuerpos chocando, de la carne contra carne, del jadeo desesperado. La luz amarilla parpadeaba, como si también estuviera excitada.
—¡Voy a venirme! —gritó Lucía, con las uñas clavadas en sus brazos.
—¿Aquí? ¿Ahora?
—¡Sí! ¡Ahora!
Marco aceleró, más y más, hasta que ella se tensó, gritó su nombre y se corrió con un espasmo que lo envolvió por completo. Él aguantó un poco más, pero no pudo. Se separó, se sacó de un tirón y se corrió sobre sus nalgas, sobre su espalda, sobre el cemento.
Ambos cayeron al suelo, jadeando, sudorosos, exhaustos.
—Chingaste bien —dijo Lucía, entre risas.
—Tú me hiciste —respondió él, con una sonrisa.
Se quedaron así un rato, sentados en la alfombra, desnudos, mirándose. Nadie habló. No hacía falta. Lo que había pasado en la bodega no era solo sexo. Era entrega. Era poder. Era deseo puro, sin máscaras.
Lucía se paró, se puso las bragas y la falda, sin apuro.
—Mañana hay que limpiar esto —dijo, señalando el suelo.
—Yo me encargo —respondió Marco.
—No —corrigió ella—. Tú no. *Nosotros*.
Y le guiñó un ojo.
Cuando salieron, cerraron la puerta con llave. El cerrojo sonó como un secreto bien guardado.
Nadie supo lo que pasó en la bodega del edificio. Pero cada vez que alguien bajaba, el aire olía distinto. Como a sudor, a sexo, a poder. Y a promesas.
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