Lo que pasó en la boda de la prima
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La casa de la prima Lety estaba llena de risas, mariachis y el olor a chicharrón prensado que flotaba en el aire como un preludio de festejo. Diego, con su camisa blanca ligeramente arrugada por el calor del verano mexicano, apoyaba la espalda contra el muro del jardín trasero, una cerveza Helados en la mano y la vista clavada en ella: Valeria, la hermanastra de la novia, que se movía entre los invitados como una sombra de fuego lento.
Había estado en la boda solo diez minutos cuando ella lo vio. No dijo nada al principio, solo lo miró desde la mesa de los postres, con esa sonrisa pequeña que le hacía cosquillas en el estómago. Valeria siempre había sido así: dulce, pero con un filo que nadie más notaba. Diez años mayores que él, viuda desde hacía dos, con dos hijos pequeños y una mirada que parecía saber más de la cuenta.
—¿Te estás escondiendo, Diego? —le preguntó al acercarse, con un vaso de tequila en los dedos y el pelo recogido en un nudo desordenado sobre la nuca.
—Nunca me escondo de nadie, Valeria —respondió él, soltando una risita baja—. Solo evito que el tío Chuy me invite a cantar otra vez.
Ella se rió, esa risa que le hacía vibrar los nervios en la nuca. Se detuvo a su lado, tan cerca que el perfume de jazmín y vainilla le rozaba la piel. No la miró de inmediato. En cambio, dejó que el silencio entre ellos se llenara con la música de los mariachis y el rumor de los abrazos.
—¿Y si te ayudara a que no te invitaran? —susurró, inclinando un poco el rostro hacia él.
—¿Cómo? —preguntó él, por fin girando la cabeza para encontrar su mirada.
—Diciéndole a tu tío que tienes que llevarte a alguien que está por salirse de control.
Diego tragó saliva. La miró de arriba abajo, viendo cómo la luz del atardecer se le colgaba en los hombros, cómo se le marcaban las curvas bajo el vestido celeste que le ceñía la cintura y dejaba al descubierto los brazos, tersos y fuertes.
—¿Y quién sería esa persona? —dijo, con la voz un poco más ronca de lo que pretendía.
Ella no respondió de inmediato. En vez de eso, puso la mano sobre su antebrazo, con una presión ligera, casi juguetona. Y entonces, muy despacio, lo jaló hacia atrás, hacia el sendero de piedra que llevaba a la parte trasera del jardín, donde las luces de la fiesta ya no llegaban y el silencio era más espeso.
—Tú sabes quién —dijo, sin soltarlo.
El sendero estaba cubierto por una enredadera que olía a tierra mojada, y al final, bajo la sombra de un árbol de mango, había unahamaca vieja, descolorida por el sol, pero aún firme. Valeria lo empujó suavemente hacia ella, y cuando Diego se sentó, ella se acomodó sobre su regazo, con una pierna a cada lado, como si lo hubiera hecho cientos de veces. Pero no era así. En toda su vida, ni siquiera se habían besado.
—¿Estás seguro? —le preguntó ella, con las manos apoyadas en sus hombros, los ojos buscando los suyos.
—No tengo dudas —respondió él, y antes de que ella pudiera decir más, la atrajo hacia él y la besó.
Fue un beso lento, profundo, con sabor a tequila y a promesa. Valeria soltó un suspiro contra sus labios, y luego abrió la boca para permitirle el paso. Diego sintió cómo su cuerpo se derretía, cómo las manos que antes lo sostenían ahora lo aferraban con más fuerza, como si temiera que desapareciera. Y entonces, la lengua de ella rozó la suya, y fue como encender un fósforo en medio de la oscuridad.
—Dime que sí —le pidió él, despegando los labios apenas un centímetro, con la frente apoyada en la suya.
—Sí —respondió ella, sin dudar—. Pero no aquí. Aquí no.
Diego asintió, y ella se levantó, tomándolo de la mano. Lo guió hasta la puerta trasera de la casa, la que daba al cuarto de servicio, pequeño y sin ventanas, con una cama sencilla, una cómoda antigua y una lámpara de pie que proyectaba sombras largas y suaves sobre las paredes.
—¿Te importa si apago la luz? —preguntó ella, con una sonrisa traviesa.
—No me importa nada —respondió él, ya con la camisa medio desabrochada—. Solo quiero verte.
Ella lo hizo. Y cuando la habitación se sumió en penumbra, Diego vio cómo Valeria se quitaba el vestido, dejando caer la tela hasta el suelo con un susurro, revelando una camisola fina de encaje negro, que dejaba ver el contorno de sus pechos, redondos y firmes, y la curva de sus caderas. No se apresuró. Se movió con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y cada gesto era una promesa.
—¿Te acuerdas de aquella vez, en la piscina de la casa de verano? —le dijo, mientras se acercaba a él, ya sin vestido, con los pies descalzos y el cabello suelto.
—Claro que me acuerdo —respondió Diego, ya sin camisa, con la piel caliente y los nervios a mil—. Te vi nadar, y no supe cómo mirarte sin que me temblaran las manos.
Ella se rió, pero no por burla. Lo hizo con ternura, y luego se sentó frente a él, sobre la cama, con las piernas abiertas, invitándolo a entrar. Diego se quitó los pantalones y los calzoncillos de un solo movimiento, y cuando quedó desnudo ante ella, sin vergüenza ni miedo, Valeria extendió la mano y acarició su verga, lenta, con los ojos clavados en los suyos.
—Estás grande —dijo, con voz baja—. Como siempre soñé.
Él contuvo la respiración.
—¿Quieres que te meta por atrás? —le preguntó, sin soltarla.
—Sí —respondió ella, sin dudar—. Pero despacio. Quiero sentir cada centímetro.
Diego se puso de rodillas detrás de ella, apoyando las manos en la cama, y con la punta de su verga rozó su ano, ya húmedo y abierto por el deseo. Valeria suspiró, arqueando la espalda, y él la acarició suavemente en las nalgas, con los dedos abiertos, antes de empujar un poco, muy poco, hasta que la cabeza de su verga rozó su interior.
—Está bien… —murmuró ella, girando la cabeza para besar su hombro—. Sigue.
Diego lo hizo, lento, con las manos en sus caderas, sintiendo cómo su cuerpo se abría, cediendo, caliente y húmedo. Y cuando por fin se hundió por completo dentro de ella, Valeria soltó un grito ahogado, con los puños cerrados en la sábana, los ojos cerrados, los dientes apretados. Diego no se movió. Se quedó así, inmóvil, con su frente pegada a su espalda, respirando su perfume, sintiendo el latido de su corazón en la espalda.
—Ahora… —dijo ella, después de un rato, con la voz temblorosa—. Ahora sí.
Él comenzó a moverse, suavemente, con pequeños empujes, hasta que ella empezó a ritmar sus movimientos, balanceándose hacia atrás, buscando más. Diego la tomó de la cintura y aumentó la velocidad, y entonces ella se inclinó hacia adelante, con las manos sobre la cama, las nalgas separadas, ofreciéndoselas. Él le dio un golpe suave en una, y ella gimió, como si nunca hubiera sentido algo así.
—Eres un demonio —le susurró, con la voz rota.
—Y tú una santa que se dejó tentar —respondió él, y la tomó más fuerte.
Y así siguieron, entre gemidos y palabras sueltas, entre besos en el cuello y mordiscos en la oreja, hasta que Valeria se vino primero, con un grito que no intentó contener, con los músculos internos apretando su verga como un puño, y luego Diego, que no pudo resistirse, que se corrió dentro de ella con un suspiro largo y amargo, llenándola hasta el fondo.
Cuando todo terminó, se quedaron quietos, abrazados, con la camisola de encaje tirada en el suelo y la lámpara parpadeando suavemente.
—¿Qué pasará mañana? —preguntó Valeria, con la cabeza apoyada en su hombro.
—Mañana —dijo Diego, besándole el cabello— —será como si nada hubiera pasado… o como si todo hubiera empezado.
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Reencuentros, química que estalla, segundas oportunidades en la cama. Escribo pasión de la que deja marca.