Lo que pasó en la biblioteca municipal
La lluvia golpeaba suavemente los ventanales de la biblioteca municipal mientras Clara cerraba el último libro de la fila de devoluciones. Las seis y veinte de la tarde. El cielo, gris y pesado, había traído consigo ese silencio especial que precede a la despedida: las sillas se arrastraban lentamente sobre el suelo de madera, las luces fluorescentes parpadeaban una a una en señal de rendición, y el aire adquiría un olor a papel viejo, cera y humedad contenida.
—Ya casi termino —dijo Clara, sin levantar la vista, dirigiéndose a quienquiera que fuera el último usuario.
—Tengo todo listo —respondió una voz grave, calmada, como si perteneciera a alguien acostumbrado a hablar en espacios silenciosos.
Esa voz la hizo levantar la cabeza. Era Adrián, el nuevo encargado de mantenimiento. Lo había visto antes —más de una vez, sin darse cuenta—, pero siempre de reojo: subiendo escaleras con una mochila de tela desgastada, ajustando la luz del pasillo con una linterna colgada del cuello, inclinado sobre una silla de ruedas vieja para engrasar sus ruedas. Tenía manos grandes, de nudillos marcados y uñas limpias, y una barba bien recortada que dejaba entrever la línea firme de su mandíbula. Pero nunca había hablado con él.
Hoy, sin embargo, la lluvia lo había mantenido más tiempo de lo habitual. Y Clara, cansada ya de las jornadas interminables en la biblioteca, se sentó en el borde de una mesa de trabajo, apoyando los codos con un suspiro.
—¿Todavía estás aquí? —preguntó, sonriendo con una sonrisa tímida.
—El techo del almacén tiene una filtración que no logro localizar —dijo Adrián, acercándose con un rollo de plástico y una escoba plegable—. Pero ahora sí me rindo.
Clara asintió, observando cómo se limpiaba las manos con un pañuelo que sacó del bolsillo trasero de su pantalón. No tenía reloj, pero sabía que eran las seis y treinta y cinco. El reloj del pasillo marcaba las seis y cuarenta y tres cuando él se sentó a su lado, en la mesa opuesta, con un vaso de agua en la mano.
—¿Te gusta trabajar aquí? —preguntó él, sin mirarla directamente, como si la pregunta hubiera salido sin intención.
—Sí —respondió ella, inclinando la cabeza—. Me gusta que todo tenga su lugar. Que cada libro sepa dónde volver.
—¿Y si no supiera? —dijo Adrián, por fin girando la cabeza hacia ella. Sus ojos eran marrones, casi oscuros, pero con una chispa cálida que Clara nunca había notado antes.
—Entonces estarías perdido.
Él sonrió. No era un gesto frecuente, pero cuando ocurría, parecía como si el mundo se detuviera un instante.
—¿Y qué haces cuando estás perdido? —preguntó Clara, con la voz más suave de lo que pretendía.
—Busco una guía. O alguien que me señale el camino.
Clara sintió un ligero cosquilleo en la nuca. No era la primera vez que alguien le hablaba así, pero sí la primera vez que alguien lo hacía con una mirada que no pedía, sino ofrecía.
—¿Te gustaría una guía? —preguntó ella, casi en un susurro.
—Sí —dijo Adrián, y por primera vez, su voz perdió esa seguridad estudiada. Se puso de pie lentamente, y extendió una mano—. Pero solo si tú también quieres perderte un poco.
Clara no dudó. Tomó su mano.
Fue un gesto sencillo, casi natural. Pero al tacto, ambas manos temblaron ligeramente. Él la condujo por el pasillo lateral, hacia la salida de emergencia, cuya puerta estaba cerrada con llave.
—¿Estás segura? —preguntó, sin soltar su mano.
—Estoy segura —respondió ella, y la certeza no vino de la lógica, sino de la forma en que su corazón latía ahora más fuerte, más claro, como si hubiera estado esperando ese momento desde siempre.
Adrián sacó un llavero del bolsillo y abrió la puerta. El almacén estaba iluminado por una única bombilla colgante, cuya luz amarillenta proyectaba sombras largas y suaves sobre los estantes de metal. Había cajas apiladas, periódicos viejos, una mesa de madera con gavetas rotas, y un silencio que parecía haberse acumulado con el tiempo.
—Aquí nadie viene —dijo él, cerrando la puerta tras de ellos con un clic leve.
Clara no respondió. Se limitó a mirar alrededor, con los ojos entornados, como si estuviera entrando por primera vez en un lugar que ya conocía.
—¿Te importa si me quito los zapatos? —preguntó Adrián, sin moverse.
—No —dijo ella—. Yo también los quitaría.
Él se sentó en el suelo, contra una pila de cajas, y ella lo imitó, cruzando las piernas con una gracia que no era forzada, sino aprendida. Entre ambos, la distancia era de apenas veinte centímetros.
—Me gusta cómo hueles —dijo Adrián, acercando el rostro un poco más.
—¿Y qué huelo?
—Café y papel. Y algo más… suave. Como la lluvia después de que el sol ha estado un rato fuera.
Ella sonrió, y esta vez fue él quien acercó su mano, lentamente, como si temiera que un movimiento brusco la hiciera desaparecer. Sus dedos rozaron su mejilla, y luego, con una pausa deliberada, bajaron hasta su cuello, donde la piel estaba más fina, más expuesta.
Clara cerró los ojos. No por vergüenza, sino por necesidad: necesitaba sentir mejor esa conexión. La palma de él era cálida y áspera por el trabajo, pero no dolorosa. Tenía una fuerza contenida, como un río subterráneo que se negaba a romper la superficie, pero que sabía exactamente dónde quería llegar.
—¿Te importa si te toco? —preguntó Adrián, esta vez sin moverse.
—No me gusta que me preguntes —respondió ella, y por primera vez, su voz tuvo un tono que no era de duda, sino de invitación—. Me gusta que lo hagas.
Él asintió, y entonces la besó.
No fue un beso apresurado ni exigente. Fue lento, deliberado, como si cada milímetro fuera un mapa nuevo que descubrir. Su labio inferior quedó entre los dedos de él mientras él exploraba la curva de su boca con una ternura que no esperaba encontrar. Clara respondió inclinándose hacia adelante, apoyando una mano en su pecho, sintiendo el latido de su corazón bajo la camisa.
Adrián se apartó apenas un centímetro, lo suficiente para mirarla.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Estoy muy bien —susurró ella—. Solo… sigue.
Y así lo hizo.
Sus manos se movieron ahora con más seguridad. Él le quitó la blazer de lana, colgándola suavemente sobre la mesa, y luego desabotonó la camisa hasta el pecho, sin apuro, como si cada botón fuera un acorde que debía ser escuchado con atención. Clara lo ayudó con los últimos dos, y cuando sus dedos rozaron su piel, sintió cómo él contenía el aliento.
—¿Esto… te gusta? —preguntó él, acariciando la curva de su clavícula con el pulgar.
—Sí —respondió Clara, y esta vez no fue un susurro—. Sí, sí, sí.
Él besó su cuello, luego la oreja, luego la línea de su mandíbula, como si quisiera memorizar cada contorno. Clara le pasó las manos por la nuca, sintiendo el cabello corto y áspero, y luego bajó hasta sus hombros, desabotonando su camisa con la misma lentitud.
—Quiero verte —dijo ella.
—Entonces sácame la camisa —respondió él, con una sonrisa apenas perceptible.
Y así lo hizo.
Cuando quedaron ambos en camiseta, Adrián la tiró suavemente al suelo, y entonces ella lo abrazó por la cintura, apoyando su frente en su pecho. Escuchó su respiración, que antes era regular, ahora entrecortada.
—Siento mucho —dijo él, con la voz ronca— que hayamos tenido que esperar tanto.
—Yo también —dijo Clara—. Pero ahora estamos aquí.
Él la levantó con facilidad, como si fuera un peso ligero, y la sentó sobre la mesa de madera, apartando con un movimiento suave los papeles y los frascos vacíos de tinta. El sonido de la madera fría bajo su espalda la hizo estremecer, pero él ya la estaba tocando de nuevo, esta vez en la cintura, bajando hasta sus muslos, y luego subiendo lentamente, con una paciencia que era más que deseo: era adoración.
Clara se inclinó hacia atrás, apoyándose en las manos, y lo miró mientras él le desabrochaba el cierre del pantalón.
—No me voy a ir —dijo él,
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