Lo que pasó en la biblioteca

Lo que pasó en la biblioteca

@camila_rios ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 6 min de lectura

Sé que suena absurdo —una biblioteca, de todas partes—, pero fue allí, entre los estantes de historia local y los volúmenes polvorientos de filosofía griega, donde sentí por primera vez que el deseo no era solo un impulso, sino una lengua que aprendía a hablar con mi cuerpo.

Llevaba tres semanas notándolo. No como atracción inmediata, sino como una presencia constante, un gravitador silencioso en mi campo emocional. Se llamaba Esteban, y trabajaba como becario en el departamento de conservación, en el sótano. Alto, de manos grandes pero cuidadosas, con un par de gafas redondas que siempre se le deslizaban ligeramente cuando se inclinaba sobre un manuscrito. Llevaba una camisa de algodón crudo, siempre un poco arrugada, y un olor a papel viejo y jabón de avena que me perseguía incluso después de que él ya no estaba cerca.

Nunca habíamos cruzado más de tres frases. Un “buenos días” al pasar, un “gracias” si me prestaba una tijera para recortar una página, un silencio cómplice cuando el ventilador del sótano hacía ruido y no se oía el sonido de nuestras palabras. Pero ese día, la tarde del 2 de junio, algo cambió.

Estaba subiendo la escalera de mano hacia el ático polvoriento, donde guardaban las cajas de correos antiguos del siglo XIX. El sol del atardecer se colaba por las ventanas estrechas, dibujando rectángulos dorados sobre el suelo de madera crujiente. Yo iba con una linterna pequeña, el cuaderno de apuntes bajo el brazo, y apenas noté que alguien me había precedido —hasta que escuché su voz, baja y pausada, como si hablara entre los páginas de un libro cerrado.

—¿Necesitas ayuda con eso?

Me giré. Estaba apoyado en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos de su pantalón cargo, los ojos claros bajo las gafas, y una sonrisa que no le llegaba del todo —como si estuviera contento, pero también un poco nervioso.

—Solo estaba buscando una caja numerada 47 —dije, intentando que mi voz sonara segura, aunque ya me temblaban los dedos.

—La tengo aquí —respondió, moviéndose con naturalidad hacia el fondo del ático—. Pero… ¿sabías que esta habitación tiene un eco singular?

—¿Eco?

—Sí. Si hablas en voz baja, se escucha como si alguien más lo dijera… pero más lejos. Como un susurro que viaja.

Me acerqué. El aire estaba cargado de calor y polvo suspendido, como partículas de tiempo detenido. Sentí el cosquilleo de la piel, esa sensación que precede a algo que aún no puedes nombrar. Esteban se volteó y dejó la caja en el suelo. Entonces, sin mirarme directamente, dijo:

—¿Te gustaría probarlo?

—¿Probar qué?

—El eco.

Me miró entonces, y en sus ojos no había una pregunta, sino una invitación. Una que esperaba, con paciencia, que yo aceptara.

Asentí.

Él se acercó más, hasta que su pecho rozó mi hombro. No nos tocamos aún, pero el espacio entre nosotros empezó a vibrar con una frecuencia que no era del aire. Suspiré, y él hizo lo mismo. Nuestras respiraciones se sincronizaron, como si el silencio nos hubiera estado entrenando para esto desde hacía semanas.

—Dime algo —susurró.

—No sé qué.

—Cualquiera. Algo que sea verdad.

Me tomó un instante. Y entonces, con la voz tan baja que apenas se oía, dije:

—Me gusta cómo hueles.

Su respiración se entrecortó. Entonces, su mano izquierda, que hasta entonces había estado quieta junto a su muslo, se movió lentamente, como si estuviera siguiendo una partitura invisible. Se posó sobre mi cadera, apenas rozando la tela de mi blusa. Y entonces, con una lentitud que me hizo temblar, deslizó los dedos hasta mi espalda, bajando hasta la curva de mis riñones, donde mi piel se erizó como si alguien me hubiera pasado una pluma húmeda.

—Tú haces algo parecido —murmuró contra mi oreja—. Cuando te muevo el pelo detrás de la oreja… como ahora.

Y sí, lo estaba haciendo. Sin pensar, sin pedir permiso mental, mis dedos habían encontrado su cuello, sus cabellos cortos y ásperos, la suavidad de su oreja. Sentí su pulso bajo la yema de mi índice, acelerado, vivo.

—¿Estás bien? —preguntó, sin moverse.

—Sí —respondí, y fue la verdad más honesta que había dicho en días—. Pero quiero más.

Él no dijo nada. Solo inclinó la cabeza y me besó.

Fue un beso suave, casi tímido, como si ambos estuviéramos aprendiendo un idioma nuevo. Pero después del primer instante, la timidez se disolvió, y el beso se hizo más hondo, más urgente. Sentí sus labios abriéndose, su lengua rozando la mía con una delicadeza que me hizo cerrar los ojos y apretar los puños contra su espalda. Su olor se volvió más intenso: papel, avena, y ahora algo salado, como si llevara toda la tarde conteniéndose.

Me apartó suavemente, solo lo suficiente para mirarme.

—¿Quieres ir abajo? —preguntó.

—No —susurré—. Aquí está bien.

Y así, entre la luz anaranjada del atardecer y el polvo flotante, nos deshicimos de las camisas. No con apuro, sino con intención. Cada botón desabotonado fue una confesión. Cada tela que se deslizó por la piel, una promesa. Sentí sus manos en mi pecho, calientes, seguras, acariciando mis pezones con el pulgar hasta que se endurecieron como bayas maduras. Él se inclinó y lamió uno, lentamente, con la lengua plana, y yo arché el cuerpo hacia él, con un gemido que no pude contener.

—Tú también —dije, y lo guié hacia mi falda, hacia la entrepierna, donde ya estaba húmeda, ya ardiendo.

Me quitó la falda y las medias con una ternura que me hizo llorar en silencio. Sus dedos encontraron mi calor, rozando mi clítoris con la punta, apenas un roce, y yo solté un grito ahogado contra su hombro. Entonces, con una pausa infinita, me abrió las piernas más, y se colocó entre ellas. Me besó de nuevo, hondo, mientras sus dedos me estiraban suavemente, hasta que pude sentir su cuerpo, su peso, su presencia que no era de invasión, sino de pertenencia.

—¿Estás lista? —me preguntó, la voz rota.

—Sí —dije—. Pero no te apresures.

Y así comenzó. Cada movimiento era un verso, cada pausa un punto y aparte. Entró despacio, con una lentitud que me hizo sentir que el tiempo se detenía. Sentí su calor, su grosor, la tensión de sus músculos controlándose. Me miró a los ojos mientras se movía, y cada vez que entraba más hondo, yo cerraba los ojos y dejaba que el placer subiera, como una marea que no puedo detener.

Sus manos estaban a mis lados, sus caderas marcando círculos pequeños, su boca encontró mi cuello, mis hombros, mis pechos otra vez. Sentí que me elevaba, que algo en mí se deshacía, que el eco de la habitación no era un sonido, sino una resonancia interior. Me venecé contra él, jadeando su nombre como una oración.

—Esteban… —repetí, una y otra vez.

—Sí —respondía él, con voz grave y temblorosa—. Estoy aquí. Estoy aquí.

El orgasmo llegó como un susurro que se hace grito, como una página que se arranca de un libro y se guarda en el bolsillo. Sentí sus dedos clavarse en mis muslos, su cuerpo tensarse, y entonces su respiración se rompió, y me embocó con una fuerza que me hizo temblar hasta los dedos de los pies.

Nos quedamos así, enredados, con el polvo flotando a nuestro alrededor y la luz del sol ya desapareciendo por el horizonte. Él me besó la frente, y yo apoyé mi cabeza en su pecho, escuchando su corazón latir.

—¿Volveremos a hacerlo? —pregunté, apenas.

—Cada vez que quieras —respondió, y me besó la nariz—. Incluso en la biblioteca.

Y supe que, a partir de ese momento, el silencio ya no sería un vacío. Sería el preludio de algo que se construye con paciencia, con palabras, con piel y aliento, y con un eco que nos pertenece.

También en: RománticoPrimera vez

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