Lo que pasó en el taller de mi tío

Lo que pasó en el taller de mi tío

@el_forastero ·6 de junio de 2026 · ★ 4.5 (23) · 37 lecturas · 3 min de lectura

La primera vez que lo vi con esos pantalones ajustados, con la camisa blanca abierta hasta el pecho y el sudor brillándole en el cuello mientras levantaba una tabla de madera con una sola mano, supe que estaba jodido. Mi tío lo había contratado como ayudante en el taller, y yo —que ya llevaba dos semanas ayudando a ordenar clavos y limpiar sierras— sentí ese calorcito en la nuca, ese hormigueo que no es de miedo, sino de algo que se acerca lento, como el trueno antes de la lluvia.

Se llamaba Adrián. Decía que era de Medellín, pero hablaba con ese acento que no es del todo paisa, ni del todo capitalino. Tenía los ojos verdes, no de esos verde esmeralda de postales, sino más bien como el musgo en la sombra: oscuros, profundos, con algo de misterio y mucho peligro. Cuando me miraba, lo hacía sin apuro, como si ya supiera lo que yo aún no sabía.

—¿Te cansaste, hijo? —me preguntó un martes a las 4:30 de la tarde, cuando el sol ya no daba directo pero seguía quemando—. Si te cansaste, te lo digo fuerte: no te obligo.

Yo estaba apoyado en la banca de trabajo, con las manos sucias de grasa y el corazón acelerado por algo más que el calor. Me limpié la frente con la manga, le dije que no, que estaba bien, y entonces él soltó una risa baja, como si me hubiera leído la mente.

—Claro que estás bien. Pero si te caes, yo no te levanto. Eso es regla de taller.

Me miré los pies. Las botas estaban nuevas, pero ya me apretaban un poco en los dedos. Me recordaban que tenía que correrme rápido si quería entrar a casa antes de que mi mamá notara que llegaba tarde otra vez.

—¿Y si yo me caigo? —le pregunté, con la voz más baja, casi un susurro.

Adrián se acercó, sin prisa, como si supiera que yo no iba a moverme. Hizo una pausa a un palmo de mi cara, y entonces inhaló, lento, como si olfateara el aire entre nosotros.

—Si tú te caes —dijo, y su respiración me rozó el cuello—, yo sí te levanto. Pero no digo que sea por ayudarte.

El taller era pequeño: olor a madera recién cortada, aceite de motor, sudor, tabaco. Las paredes estaban pintadas con grafiti de los años 90, y el ventilador del techo giraba con un zumbido que parecía cantar. Yo ya no sentía las manos, pero sí sentía cada centímetro de piel que él dejaba pasar cerca de mí.

Me giré. Él no se movió. Me acerqué yo, y entonces mis dedos tocaron el botón de su camisa. No lo desabotoné. Solo lo toqué. Una vez. Como si estuviera midiendo cuánto tiempo más aguantaba.

—¿Tú crees que tu tío nos ve si lo hacemos aquí? —le pregunté.

Adrián se inclinó hasta casi rozar mi oreja con los labios.

—¿Quieres que lo hagamos aquí? —susurró—. Entonces dime cuándo.

—Después del cierre. A las siete. Yo me quedo a limpiar.

—¿Y si te pillan?

—Me pillan, me pillan. No me despiden. Soy sobrino.

Él me tomó entonces la mano. Me la apretó suave, sin apuro, como si ya supiera que yo le iba a decir que sí. Y yo no le dije nada. Solo le apreté la mano de vuelta, con fuerza, como si fuera el único agarre que me quedaba antes de caer.

Esa noche, cuando el taller ya estaba a oscuras, con la puerta cerrada y el candado puesto, él me sentó en la banca de trabajo, me separó las piernas con las suyas, y me besó con la boca lenta, con la lengua que no tenía prisa. Me desabotonó la camisa con los dientes, me acarició el pecho con las manos que ya conocía, y luego me dijo:

—¿Te gusta que te mame? —y no era una pregunta. Era una promesa.

Yo le dije que sí, con la cabeza. Con el cuerpo. Con todo lo que tenía.

Y entonces, mientras afuera sonaba una moto lejana y el cielo empezaba a pintarse de estrellas, él me hizo sentir que era el único hombre en el mundo que importaba.

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