Lo que pasó en el taller de mecánica

Lo que pasó en el taller de mecánica

@marco_vidal ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 9 min de lectura

Yo nunca creí que algo tan simple como una correa rota me llevaría a vivir la noche más caliente de mi vida. Pero así fueron las cosas, como un trueno en pleno día: de repente, sin aviso, y con un calor que te quema hasta la médula.

Era jueves por la tarde, y el sol de Medellín, ese sol de los viernes santos pero a pleno verano, ya se colaba por las ventanas polvorientas del taller de Don César, donde yo llevaba mi viejo Kombi color crema, ese que se le fue el paso desde hace un mes. Yo, Marco Vidal, mecánico amateur con más ganas que herramientas, le había pedido a mi vecina, Camila, que me ayudara a revisar la bomba de agua, porque con el calor que hacía, el auto se estaba calentando como una olla a presión. Ella, con su camisa de cuadros un poco desabotonada, sus pantalones vaqueros ajustados y ese pelo negro recogido en un moño desordenado, solo se encogió de hombros y me dijo: —Oiga, papi, si me promete un café fuerte y una galleta de vainilla, me meto entre los motores con usted.

Y así fue: yo, con las manos ya sudadas y sucias de grasa, y ella, con una sonrisa que me hacía cosquillas en el pito antes de siquiera tocarla.

La bomba de agua resultó ser una tontería: una correa que se había salido de su lugar. Pero cuando iba a meterle mano, el motor se calentó de golpe, el agua hirviendo brotó como una fuente pequeña, y yo grité, saltando atrás, mientras Camila, con más rápido que el pensamiento, me tomó de la camisa y me jaló hacia ella, protegiéndome con su cuerpo. Fue entonces cuando su pecho se pegó al mío, cuando sentí el calor de su piel a través de la tela mojada de sudor, y su respiración agitada, pegadita a mi cuello.

—¡Ayy, papi, qué susto! —dijo, sin soltarme, como si temiera que me desmayara.

Yo, con el corazón a mil, solo pude balbucear: —Gra… grasas, Camila. No es agua, es grasa. Me salió una mancha en la camiseta.

Ella se rió, una risa baja, vibrante, que me hizo temblar la entrepierna. Me apartó la camisa de la frente con una mano y me limpió una gota de grasa con el pulgar. La piel de su pulgar estaba seca, áspera, con una pequeña cicatriz en el dorso —de cuando se cortó con una lata hace años, me había contado—. Me miró a los ojos y me dijo: —¿Te paso una toalla o prefieres que te limpie ahí mismo?

Y ahí, en medio de ese taller lleno de aceite, tornillos sueltos y el olor a caucho quemado, sentí que el tiempo se detenía. Porque Camila no era solo mi vecina. Era la mujer de la casa de al lado, la que siempre me saludaba desde la ventana, la que usaba short corto y blusa ajustada cuando salía a regar las plantas, la que tenía un tatuaje de una serpiente en el tobillo derecho y una marca de nacimiento en forma de media luna, debajo de la oreja izquierda. Yo la había deseado desde hacía meses, pero nunca había tenido el valor —ni la excusa— hasta entonces.

Me tendió la toalla. Yo la tomé… pero en vez de secarme, la dejé caer al suelo y la tomé de la muñeca. —No necesito toalla —le dije, voz más grave de lo que pretendía—. Solo quiero que me des el café… y que me dejes ver cómo te mueves cuando te pones seria trabajando.

Camila me soltó una risita, pero esta vez no hubo burla. Solo deseo. Me soltó la muñeca, pero no retrocedió. Se acercó más, hasta que sentí el calor de sus muslos contra los míos, aunque ambas piernas estaban separadas por el medio del auto. Me susurró, casi con labios pegados a mi oreja: —Entonces, papi, ¿me ayudas a terminar de limpiar o prefieres que te limpie a ti primero?

Y ahí, en ese instante, supe que no iba a resistirme.

Le dije que sí con la cabeza. Ella asintió, como si ya lo supiera, y me tomó de la mano. Me llevó al rincón del taller, donde había un banco de trabajo bajo, cubierto con una lona verde, y me sentó sobre él, con una suavidad que no esperaba. Luego, se puso de rodillas frente a mí, con las manos apoyadas en mis muslos, y me miró directo a los ojos.

—¿Te importa si te quito la camisa? —preguntó.

—Si me la quito yo, ¿me dejas quedármela puesta solo un rato más? —respondí, jugando—. Quiero sentir tu piel contra la mía, no el metal frío del banco.

Ella se rió, pero me soltó la camisa. Me ayudó a quitármela, y cuando me vió sin camisa, me palmeó el pecho con ambas manos, lentamente, como si estuviera midiendo el latido de mi corazón. Luego, bajó la mirada, a mi abdomen, y me susurró: —Estás duro, ¿verdad?

—Casi me salen raíces —confesé—. Pero no es por la grasa. Es por ti.

Camila me tomó de la cintura del pantalón y tiró suavemente, para que me levantara un poco. Me bajó la cremallera con lentitud, con una precisión que daba miedo, como si estuviera desarmando un reloj. Luego, me sacó el pito, ya tieso, ya pegoteado contra mi abdomen por el calor y la tensión. Me lo sostuvo en la mano, lo miró como si lo estuviera evaluando: el grosor, la cabeza hinchada, los nervios visibles bajo la piel.

—Qué rico pito tienes, papi —dijo, y me lo acercó a la nariz—. Huele a ti, a sudor, a aceite… y a mi.

Me lo llevé a la boca. No pensando, solo sintiendo. La lengua pegada a la cabeza, los labios rozando el prepucio, el sabor salado de la preseminal que ya se me estaba escapando. Ella me agarró de la nuca y me empujó más hacia adelante, pero con cuidado, como si temiera que me desmayara de tanto placer.

—No te apresures —le dije, entre jadeos—. Quiero verte. Quiero ver cómo te mueves cuando me estás chupando.

Ella se separó, me soltó el pito con un *pop* suave, y me miró con esos ojos oscuros, brillantes, de mujer que ya sabe lo que quiere y está dispuesta a tomarlo. Se paró, se desabotonó la camisa, y se la quitó con una sola mano, dejando al descubierto un sostén negro, ajustado, con encajes finos que se perdían bajo la tela. Me lo quitó con la misma lentitud, y cuando mis ojos vieron sus pechos por primera vez en toda esta historia —redondeados, firmes, con pezones oscuros y hinchados—, sentí que me iba a comer.

—Tú también estás dura —dije, sin pensar.

—Claro que estoy dura —respondió, y se pasó la lengua por el labio—. Pero más dura vas a estar cuando te empiece a chupar los testículos.

Me hizo sentar mejor en el banco. Me abrió los pantalones del todo, bajó la ropa interior, y se arrodilló entre mis piernas. Con una mano me tomó los testículos, suaves, calientes, y con la otra me acarició la verga, de abajo hacia arriba, con una presión justa, como si estuviera puliendo una pieza de metal. Me miró, con los ojos entrecerrados, y me dijo: —¿Quieres que te mame todo o prefieres que te entre con la boca?

—Todo… —mascullé—. Todo, camila. Que me comas entero.

Y entonces lo hizo.

Me metió la cabeza completa. La boca húmeda, caliente, apretada, como un guante vivo. Su garganta se abrió, y yo sentí la presión allí, en la base, donde la verga se curva. Me agarré de los bordes del banco, los nudillos blancos, y le dije, entre jadeos: —Ahí, ahí no… que no llegues tan fondo… que me vas a hacer llorar…

Ella se separó, lentamente, sacando el pito con un sonido de succión que me puso los pelos de punta. Me miró con una sonrisa traviesa, con labios brillantes y rojos, y me dijo: —¿Llorar? ¿Tú? Papi, no sabes lo que viene.

Me dio la vuelta. Me hizo acostarme boca abajo, con las manos apoyadas en el banco, y me separó las nalgas con ambas manos. Me acarició la entrepierna, me rozó el ano con la punta del pito, y me dijo: —¿Te importa si te tomo por atrás? —preguntó—. Me encanta cómo se te aprieta cuando te toco ahí.

—No me importa —dije, jadeando—. Pero si te detienes, te juro que me reviento.

Ella se rió, pero no se detuvo. Se lubrificó con saliva, me rozó el ano con la punta del pito, y luego, con una presión suave, me entró.

Fue como entrar en un horno. Caliente, apretado, vivo. Me abrió como un libro, como una caja de herramientas que llevaba meses sin abrir. Me sentí completo. Me sentí dueño. Me sentí suyo.

Ella empezó a moverse, lento, pausado, como si estuviera ajustando una pieza delicada. Cada empujón era una promesa, cada tirón una amenaza. Yo me agarraba del banco, me mordía el puño para no gritar, pero ella me soltó una mano y me dijo: —Grita, papi. Que los vecinos escuchen lo rico que te meto.

Y grité.

Ella se rió, me golpeó una nalga con la palma, y me metió más fuerte. Me tomó de la verga con una mano, me chupó el cuello con la otra, y me dijo: —Tú me mamas ahora. Mírame a los ojos y mame.

Yo me volví hacia ella, la tomé de la cara, y le metí la lengua a la boca. Mientras ella me empujaba con fuerza, yo le chupaba la lengua, con un ritmo que coincidía con sus empujes. Era como un baile: ella me llevaba, yo la seguía, y los dos sabíamos el paso.

Me sentí a punto de correrme. Le dije: —Me voy, camila. Me voy a correr dentro de ti.

Ella me apretó el culo con ambas manos, me metió hasta la base, y me dijo: —Corre, papi. Corre todo lo que puedas. Que yo te lo agarro todo.

Y yo corrí.

La verga se me hincho como una bomba, y el semen salió como un chorro caliente, como una descarga eléctrica, como un motor que por fin arranca después de meses de inactividad. Mecorrí con los ojos cerrados, jadeando, temblando, sintiendo cómo su cuerpo me absorbía todo, cómo sus músculos me apretaban como un guante húmedo.

Cuando se separó, me volví a sentar, sin fuerzas, con la verga aún dentro de ella, flácida ya, pero contenta. Ella se limpió con la manga de la camisa, me sonrió, y me dijo: —¿Te paso un café ahora?

—No —dije, y la tomé de la cintura—. Solo quiero que me mames otra vez.

Y así fue.

La noche siguió, con el sol ya bajando, con el taller lleno de sombras largas y el olor a sexo y aceite. Nos bañamos con agua fría, nos vestimos con lentitud, y cuando salimos al balcón, con una botella de cerveza cada uno, ella me dijo: —¿Esto va a seguir pasando?

—Si tú me dejas seguir ayudándote con el auto —respondí—. Porque la próxima vez, no me importa si la correa está rota o no. Yo te la voy a meter por donde quieras.

Ella se rió, me besó en la frente, y me dijo: —Entonces, papi, prepárate. Porque mi auto no es el único que necesita reparación.

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