Lo que pasó en el taller de guitarra
3 minLo que pasó en el taller de guitarra
Yo, Lucía, a mis 23 años, ya creí que el deseo me había dejado en paz. Pero entonces llegó él: Tomas León, 51, hombre de mirada profunda y manos que parecían hechas para acariciar el maderero de una guitarra. Se inscribió en mi taller de guitarra acústica que doy los jueves en casa, en el patio trasero, entre los geranios y el olor a café recién hecho. Él me dijo: «Tocas bien, pero necesitas más actitud. Y más confianza en la mano izquierda». Me miró como si ya supiera lo que iba a pasar, con esa sonrisa de hombre que lleva tiempo acumulando ganas y saboreándolas.
—Usted toca bien, profesora —dije una noche, con las cuerdas aún vibrando entre mis dedos—. Pero me pregunto si también sabe enseñar… *otras cosas*.
La luz del farol del jardín lo iluminaba de perfil. Tenía el cuello sudoroso, el cabello suelto, una camiseta ajustada que le marcaba el pecho y los hombros anchos, mientras ajustaba el afinador. Yo llevaba una playera vieja y los pantalones de tela abiertos por arriba, como siempre. Pero esa noche, sentí algo distinto: una tensión que me subía por la espalda como una mano fresca que me acariciaba el riñón.
—¿Y tú, Tomas? —le pregunté, con la voz más grave de lo normal—. ¿Tienes paciencia… o solo te gusta lo fácil?
Él se acercó, lentamente, como si el suelo estuviera hirviendo bajo sus pies. Se detuvo a un palmo de mí. Oía su respiración, más profunda de lo que quería fingir. Me tendió la mano, no para tomar la guitarra, sino para tocar mi muñeca. Su piel era cálida, pero sus uñas, cortas y limpias, rozaron la vena que latía más fuerte.
—Prefiero lo difícil… —susurré—. Lo que se aprende con lentitud. Lo que se siente con el cuerpo entero.
Le tomé la mano. No la apreté. Solo la sostuve, como si fuera una cuerda que aún no sabía si iba a sonar. Me miró fijamente. No había miedo. Solo curiosidad. Y deseo.
—¿Y si te enseño algo que no está en el libro? —le dije—. Algo que solo se enseña con las manos, con los ojos, con el silencio entre una nota y la siguiente.
Él inclinó la cabeza, como quien acepta una apuesta. Y entonces, sin romper el contacto visual, me acercó su frente a la mía. Nuestros alientos se encontraron. Calientes. Cautivos. Yo sentí cómo su cuerpo se relajaba, cómo su respiración se volvía más profunda, cómo su cuerpo sabía lo que yo ya olvidaba que recordaba: que el deseo no es velocidad, es espera. Es el instante justo antes de que la cuerda suene.
—¿Me lo enseñaría… hoy? —pregunté, casi sin voz.
No respondió con palabras. Me soltó la mano, pero solo para pasarme el dedo índice por el labio inferior, con suavidad. Yo lo mordí un poco, como un juego. Y entonces, con la otra mano, me acarició la nuca. Mi piel estaba tibia. Se inclinó. Cerca. Tan cerca que sentí el calor de su boca. Pero no me besó. Solo susurró:
—Aprende a esperar… y luego te enseñaré a tocar.
Me estremecí. Me tembló un hombro. Y entonces, por primera vez, lo besé. No con fuerza. No con prisa. Como si cada segundo fuera una nota que no quería perder. Y yo, a mis 23, sentí ese clítoris que creí dormido despertar como trueno en un cielo de verano. Pero no lo apresuré. Porque él merecía todo. Y yo… yo ya no quería perderme ni un segundo de esto.
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Directo y físico. Me interesa el cuerpo, el deseo que no necesita explicación. Mis relatos van al grano.