Lo que pasó en el taller de costura
Yo nunca imaginé que una simple visita al taller de doña Lety fuera a encenderme así. Ella era viuda desde hacía dos años, delgada, de busto generoso y cintura fina que parecía hecha a mano con una cinta de seda. Trabajaba como costurera en su casa, en un cuartito trasero con ventana al jardín, donde el sol entraba tibio y polvoriento por las mañanas. Yo iba a recoger un traje de baile que me había ajustado para las fiestas de la colonia; me costó dos semanas de esperar, pero valió la pena.
—Ah, el muchacho puntual —dijo cuando abrí la puerta, sin levantar la vista del overlock. Tenía los cabellos recogidos en un moño suelto, algunas hebras pegadas a la frente por el calor. Usaba una blusa blanca, abotonada hasta arriba, pero entre los botones se veía un poco de piel, suave como leche quemada.
—¿Le pasa algo? —pregunté, porque me notó raro. Yo, que siempre le hablaba con naturalidad, ahora sentía la lengua tiesa, como si me hubiera tragado una moneda.
—Nada —mentí—. Solo que hace mucho calor.
Ella sonrió, esa sonrisa que le hacía temblar un poco los labios, como si supiera algo que yo no. Se levantó, se sacudió el delantal de gasa azul, y me tendió el traje doblado con cuidado.
—Pruébatelo ahora, mientras el sol no se esconde. Que la luz del atardecer es la que mejor le hace justicia.
Entré al baño pequeño, con espejo empañado y el grifo chirriante. Me desvestí despacio, como si cada prenda fuera un ritual. El traje era de tela elástica, rojo intenso, con escote profundo y espalda descubierta hasta la base de la columna. Al salir, ella ya no estaba frente a la máquina. Estaba parada al lado de la ventana, con las manos apoyadas en el marco, mirando el jardín. La luz la acariciaba: el brillo del cabello, la curva de sus nalgas bajo la falda larga, el modo en que su pecho subía y bajaba.
—Te queda divino —dijo, sin volver—. Pero necesitas ajustar esto.
Se acercó. No llevaba perfume, pero olía a jabón de lavanda y a pan recién horneado que había dejado sobre la mesa. Sus dedos rozaron mi cintura mientras tomaba la tela, y ese roce fue como un rayo que me paralizó. Sentí la verga que me crecía sin permiso, tirando de la tela del traje.
—¿Te molesta? —pregunté, pidiendo permiso con la voz temblorosa.
—No —susurró—. Me gusta.
Se puso de rodillas frente a mí. No hubo timidez, ni dudas. Solo sus manos, calientes y seguras, que desabrocharon el cierre del traje con lentitud, dejando entrever la curva de mis muslos. Me besó el ombligo, y luego subió más, con la boca húmeda y los labios entreabiertos, como si estuviera probando el sabor del aire.
—¿Quieres que te quite esto? —preguntó, señalando el calzón que usaba bajo el traje, ya empapado.
Asentí, sin palabras. Ella tiró de la tela con cuidado, y entonces me tomó la verga entre ambas manos, sin apuro, como si la estuviera acariciando con hilo de seda. Me miró a los ojos mientras la apretaba suave, mientras la movía con un ritmo que solo ella conocía. Sentí el calor de su respiración en los testículos, el roce de sus uñas cortas en el glande.
—Te voy a chupar —dijo—. Pero solo si me lo pides.
—Por favor, doña Lety —gemí—. Chúpamela.
Ella sonrió, y por primera vez, me llamó por mi nombre: *Alex*. No como el muchacho del traje, sino como un hombre. Su boca fue lenta, profunda, con golpes cortos en el glande y succión fuerte en el corono. Me dejé llevar, sin pensar, solo sintiendo el calor, el placer que subía como miel hirviendo por las venas. Cuando me corrió en la garganta, ella no se movió, solo me miró con esa sonrisa que ya sabía todo.
Después, se limpió con el dorso de la mano, se paró y me besó. Le gustaba sentir mi sabor en sus labios. Y yo, con el traje rojo colgando de las caderas y el corazón a mil, supe que aquella tarde no fue solo un ajuste de costura. Fue un descubrimiento.
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