Lo que pasó en el sótano de la casa nueva
10 minLo que pasó en el sótano de la casa nueva
La lluvia empezó a las seis y veinte de la tarde, justo cuando Elena bajaba las dos cajas pesadas que decían “ROPA DE CAMA – FRÁGIL” con una cinta adhesiva amarilla ya despegada por los bordes. El tráfico de la avenida Insurgentes había estado un infierno, y el mudanzón —un tipo callado de camiseta gris y frente sudada— ya se había ido, dejando la casa nueva vacía, silenciosa, llena de ecos y el olor a pintura fresca, cloro y madera sin envejecer.
Elena se detuvo en el umbral del sótano. El lugar seguía siendo crudo: paredes de concreto sin enlucir por completo, tuberías visibles corriendo como venas por el techo, y el piso de loseta gris con grietas finas donde se acumulaba polvo antiguo. No tenía luces instaladas aún, así que la única iluminación venía del portalón entreabierto, desde donde entraba una franja anaranjada del atardecer que se colaba por la rendija, iluminando partículas flotantes como estrellas en un cielo pequeño.
Dejó las cajas en el suelo, se sacudió el pelo castaño claro —ya húmedo por la humedad y el esfuerzo— y se secó la frente con el dorso de la mano. Tenía treinta y ocho años, dos hijos pequeños en Guadalajara —por ahora—, y una separación reciente que aún le dolía como un hueso roto que no sanaba del todo. El matrimonio con Rodrigo había terminado en silencio, con frases cortas y miradas que se esquivaban, como si ambos temieran pronunciar la palabra definitiva. Pero ella había aceptado el traslado: un nuevo trabajo, una nueva casa, una nueva vida que aún no sabía si querría.
Fue entonces cuando oyó el ruido.
Un crujido leve, casi imperceptible, como si alguien hubiera pisado una tabla suelta.
—¿Hola? —dijo, sin moverse del centro del sótano. Su voz resonó baja, entrecortada por la incertidumbre.
—No te asustes —respondió una voz masculina desde las sombras, cerca de la escalera.
Elena dio un paso atrás, el corazón le latió con fuerza, pero no de miedo: de sorpresa. Porque la voz sonaba… conocida. Profunda, ligeramente áspera, con ese matiz de voz que había escuchado mil veces en tertulias, en fiestas, en las reuniones del vecindario.
—¿Carlos? —preguntó, casi como un susurro.
Una figura salió de la penumbra. Alto, anchuroso de hombros, piel morena y oscura que brillaba con la luz filtrada. Pelo negro crespo peinado hacia atrás, barba recortada con esmero, y ojos oscuros que siempre le habían dado esa mirada de “te veo, te entiendo, y me gusta lo que veo”. Carlos era arquitecto. Había diseñado parte del jardín de su casa nueva: una pérgola, un sendero de piedras, un par de macetas de barro con olor a tierra mojada. Y, sobre todo, había estado en la cena de bienvenida hace dos semanas, donde se sentaron juntos por accidente, compartieron tres copas de mezcal, y él le dijo, con una sonrisa lenta, que tenía “una energía que se sentía desde lejos”.
Elena había notado el efecto que él tenía en ella: un calor sutil, una tensión en el estómago, una leve aceleración del pulso cada vez que sus miradas se cruzaban. Pero no había actuado. Tenía sus límites. Tenía su orgullo. Tenía su miedo.
—Sí, soy yo —dijo Carlos, y se detuvo a un metro de distancia. No se acercó. No la obligó. Solo se quedó ahí, con las manos en los bolsillos de su pantalón cargo, sudadera gris con el logo desgastado de una editorial que ya no existía.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Elena, intentando sonar firme, pero su voz tembló un poco.
—Me quedé un rato más. El cliente quería ver algo del cableado. Pero cuando vi que te ibas y que no trajiste a nadie… —se encogió de hombros—. Me dije: *¿por qué no le ofreces ayudar con lo que falta?*.
Ella no respondió. Miró hacia abajo, notó que tenía los pies descalzos: sandalias de cuero que dejaban ver los tobillos, los dedos ligeramente manchados de polvo.
—No tienes por qué —dijo, por fin.
—Claro que tengo —respondió él, con calma—. Y además… no te voy a tocar, Elena. Solo quiero hablar. Si no quieres, me voy.
Hubo un silencio más largo esta vez. El aire se hizo denso, cargado de algo invisible pero tangible. La lluvia seguía golpeando suavemente el techo del sótano, como un latido externo que marcaba el tiempo.
—¿Por qué no subimos? —dijo Elena, y por primera vez, una sonrisa le rozó los labios—. Aquí hace fresco. Y huele a humedad y miedo.
Carlos rio, bajo, con la boca cerrada, como si contuviera algo.
—Tienes razón —dijo—. Vamos.
Subieron juntos, los escalones crujieron bajo sus pies. Elena encendió la luz del comedor: una lámpara de pie de metal negro con pantalla de papel arroz. La habitación, aún vacía salvo por un sofá que había quedado en donación y una mesa plegable, se iluminó con una luz cálida.
—¿Te tomo una cerveza? —preguntó Elena, y ya sin la tensión inicial.
—Una IPA, si tienes.
—No tengo IPA. Tengo Indio.
—Perfecta.
Elena fue a la cocina, abrió la nevera vacía —solo una botella de jugo de piña y un yogur— y sacó la Indio. Le alcanzó la botella, y él la abrió con el borde de la mesa. Se sentaron en el sofá, uno a un extremo, las rodillas casi rozándose.
—¿Tus hijos vienen en julio? —preguntó él, tomando un trago.
—Sí. La mitad del verano. Mi ex quiere que estén aquí, y yo… no me opongo.
—¿Y tú? —Carlos la miró, sin presión, como si realmente quisiera saberlo.
—¿Yo qué?
—¿Quieres estar aquí? ¿Quieres esta casa? ¿Quieres este silencio?
Elena bebió un sorbo, sintió el frío de la cerveza en la garganta, y miró hacia la ventana. La lluvia había cesado. Solo quedaban gotas que resbalaban por el vidrio como lágrimas lentas.
—No lo sé —dijo, y esta vez la voz le salió clara—. Pero me siento… viva. Por primera vez en años.
Carlos no dijo nada. Solo la miró. Y cuando ella alzó la vista, sus ojos estaban distintos: más oscuros, más húmedos, más presentes.
—¿Te acuerdas de la cena? —preguntó él.
—¿La del mes de mayo? Claro.
—Cuando comimos tamales de mole y me preguntaste si creía en los destinos.
—Y tú me dijiste que los destinos no existen, pero que las coincidencias sí. Que las coincidencias son lo único que nos permite elegir.
—Exacto.
Elena sintió un cosquilleo en la nuca. El ambiente cambió. No con violencia, no con brusquedad, sino como el primer rayo de sol tras una tormenta: suave, inevitable.
—Carlos… —empezó.
—Dime.
—Tengo un anillo que me regaló mi mamá. De plata, con un corazón vacío. Lo guardo en la caja de joyas, pero hoy… hoy lo saqué. Lo tengo en el bolsillo del bolso.
—¿Por qué?
—Porque me dije: si esta noche siento algo, si tú sientes algo, lo pongo en la mesa. Como una apuesta.
Carlos se inclinó hacia adelante, dejó la cerveza en la mesa, y por fin, con lentitud, con intención, se puso de pie. No hacia ella, sino a un lado, como si quisiera que ella decidiera si seguía.
—¿Y qué sientes, Elena?
Ella también se puso de pie. Se quitó las sandalias, se acercó un paso, luego otro.
—Siento que si me acerco, voy a querer que me toques.
—¿Y si te toco?
—Entonces voy a querer que me quites la ropa.
—¿Y si te la quito?
—Entonces voy a querer que me cogas.
Carlos no respondió con palabras. Solo la miró, y luego sus manos subieron, lentas, como si temiera que ella se detuviera. La primera mano rozó su mejilla, la yema del pulgar pasó por su labio inferior, y luego la otra mano se deslizó hasta la nuca, sosteniéndola con suavidad, sin fuerza, con respeto.
—¿Estás segura? —preguntó.
—Sí.
—¿Y si me dices que pare?
—Entonces pare. Pero no lo haré.
Y entonces él la besó.
Fue un beso lento, dulce, como una promesa hecha con los labios. No fue urgente, no fue ansioso. Fue una invitación. Ella respondió con los ojos cerrados, con la lengua que buscó la suya con timidez, con las manos que se agarraron a sus hombros como si temiera caer. Su boca tenía sabor a cerveza, a sal, a algo que Elena no sabía nombrar, pero que le gustó.
Él la apartó un poco, solo para mirarla.
—Hermosa —susurró.
—Tú también —dijo ella, y esta vez lo dijo en voz alta.
Carlos volvió a besarla, esta vez con más profundidad, con más confianza, pero sin romper la calma. Sus manos descendieron, deslizándose por su espalda hasta la cintura, apretándola suavemente contra él. Elena sintió la dureza de su verga a través de los dos pares de pantalones, y un calor le subió por las piernas.
—Vamos al cuarto —dijo él, entre besos.
—No —respondió ella—. Hay algo que quiero hacer antes.
—¿Qué?
—Quiero que me toques aquí. En el sótano. Donde empezó todo.
Carlos la miró, y esta vez su sonrisa fue una promesa cumplida.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Y si alguien sube?
—No va a subir nadie. La casa está vacía.
—¿Y si alguien nos oye?
—Que nos oiga.
Elena lo tomó de la mano y lo arrastró de nuevo por la escalera, esta vez sin mirar atrás.
El sótano estaba más oscuro ahora. Solo la luz de la entrada seguía allí, pero ella se acercó a la caja de ropa de cama, la abrió, y sacó una manta. La extendió sobre el piso, cerca de la pared.
—Siéntate —dijo, y él lo hizo.
Elena se puso de rodillas frente a él, lo miró a los ojos, y lentamente, le desabrochó los botones del pantalón. No con prisa, no con nervios. Con intención. Cada click de metal sonaba como un disparo en el silencio.
Cuando la cremallera bajó, él exhaló, y ella vio la verga salir: gruesa, tiesa, con el capuchón rojizo y húmedo por la excitación. No estaba circunciso, y el glande brillaba con el líquido preseminal que ya le chorreaba por el costado.
—Dime qué quieres —dijo ella, y lo dijo en voz baja, en mexicano puro, sin vergüenza, sin tapujos.
—Quiero que me chupes. Quiero sentir tu boca sin prisa. Quiero que me mires mientras te acercas.
Elena sonrió, y se inclinó.
Su lengua rozó el capuchón, lenta, húmeda, como si lo saboreara. Luego, con cuidado, abrió la boca, lo tomó hasta la base, y empezó a subir y bajar. No con fuerza, no con violencia. Con ternura. Con hambre.
Carlos cerró los ojos, la cabeza se le inclinó hacia atrás, y una mano se enredó en su pelo, no para empujar, sino para sostenerla.
—Elena… —murmuró—. Estás siendo cruel.
—¿Por qué?
—Porque si sigo esto, no voy a poder controlarme.
—No quiero que te contengas.
—¿Estás segura?
—Sí.
Elena lo soltó con un chupón seco, y se puso de pie. Se quitó la blusa, primero con calma, desabrochando los botones de nácar uno por uno, dejando al descubierto el sostén de encaje negro, con los pechos pequeños pero firmes, las pezones duros y oscuros bajo la tela.
—Quítate el pantalón —dijo.
Él lo hizo, con rapidez esta vez, y se puso de pie frente a ella. La ropa interior era de algodón gris, ya marcada por la humedad.
—Déjala —dijo Elena—. Pero baja las caderas.
Carlos obedeció. Se inclinó, bajó la ropa interior hasta las rodillas, y se quedó ahí, con la verga al aire, tensa, anhelante.
Elena se acercó, pasó una mano por su costado, por el muslo, por la parte interna del muslo, y luego por la base de la verga. La palpó con la palma, con la punta de los dedos, sintiendo su calor, su grosor, la textura de la piel.
—Estás tan hermoso —dijo.
—Tú también —respondió él, y la tomó de la cintura—. Dime qué más quieres.
—Quiero que me cogas de pie. Contra la pared.
—¿Aquí?
—Sí. Aquí.
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