Lo que pasó en el sótano de la casa nueva
7 minLo que pasó en el sótano de la casa nueva
La lluvia golpeaba con fuerza contra las ventanas del sótano cuando Clara bajó las escaleras por primera vez desde que se mudó. Los zapatos de tacón bajo resonaron en el concreto pulido, eco hueco en el espacio vacío aún sin amueblar, salvo por una silla plegable y una manta tirada en el suelo. Lucas la esperaba allí, de pie junto a una lámpara de pie, la luz cálida proyectando sombras largas y suaves sobre las paredes grises. Llevaba una camiseta oscura pegada al pecho, los pantalones vaqueros desabrochados en la cintura, y una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos —pero sí a su silencio.
—Me dijiste que querías verlo todo —dijo él, voz grave, baja—. Incluso lo que no tiene paredes.
Clara se detuvo a tres pasos. Había aceptado la invitación con una sonrisa nerviosa, un “sí, por qué no” que sonaba a desafío, aunque en realidad era otra cosa: curiosidad. Curiosidad por lo que él sabía hacer, por lo que ella no había probado. No por falta de oportunidad, sino por miedo. Y esa noche, bajo la lluvia de junio, el miedo se había desinflado como un globo pinchado.
—No me dijiste que sería aquí —murmuró, con la mano apoyada en el hombro de la silla, como si necesitara apoyo.
—Aquí no hay distracciones —respondió Lucas, acercándose sin prisa—. Solo tú, yo, y lo que queramos descubrir.
No la tocó de inmediato. Se limitó a observarla: la forma en que su cabello, rubio ceniza, se curvaba en las puntas por la humedad del aire; la manera en que su pecho subía y bajaba con cada respiración, lento, medido. Ella también lo miraba, notando los nudillos marcados de sus manos, la línea firme de su mandíbula, el brillo en su mirada que no era solo deseo, sino dominio tranquilo, seguro de sí mismo.
—¿Te gusta que te mire así? —preguntó, inclinándose un poco, lo suficiente para que su aliento rozara la punta de su oreja.
Clara sintió un hormigueo en la nuca, un estremecimiento que le recorrió la columna y se hundió en lo más hondo. Asintió, apenas. No con miedo, sino con reconocimiento: era ella quien había elegido esto, y ahora él era el que lo dirigía.
—Entonces, no te muevas —dijo él, y por primera vez, la toco. Una mano en su mejilla, la otra en su cadera, empuñándola con firmeza, no con fuerza bruta, sino con propósito. Como si ella fuera una pieza frágil que debía ser colocada con cuidado, pero sin duda.
Lucas la guió hacia la silla. No fue una orden, sino una sugerencia, una invitación que no admitía rechazo. Ella se sentó, las rodillas juntas, las manos sobre los muslos. Él se arrodilló frente a ella, sin romper el contacto visual, sin prisa, como si estuviera preparando algo valioso. Le desabrochó lentamente los botones del blazer, dejando al descubierto la seda negra del sujetador, la curva suave de sus pechos. Con el dedo índice, trazó un círculo alrededor de cada pezón, presionando apenas, hasta que los sintió endurecerse bajo su piel.
—¿Te gusta esto? —repitió, pero esta vez no era una pregunta. Era una afirmación disfrazada.
Clara apretó los labios, negó con la cabeza, y luego asintió. No sabía qué decir. Todo lo que sentía era intenso, demasiado, como si su cuerpo hubiera estado esperando esto por años.
Lucas se levantó, dio un paso atrás, y se desabrochó la cremallera de su pantalón. No se quitó la camiseta, pero sí la empujó hacia arriba, dejando al descubierto su torso, musculoso pero no exagerado, con una línea de vello oscuro que descendía hacia su ombligo y desaparecía bajo el elástico de sus calzas. Ella tragó saliva. Él se inclinó, tomó una de sus manos y la colocó sobre su abdomen.
—Siente —ordenó, voz grave, casi ronca—. Siente cómo late por ti.
Clara cerró los ojos, sintió el calor, la tensión, la vibración de su pulso bajo sus dedos. Entonces, él tomó su another mano y la llevó hacia su entrepierna, donde la tela se estiraba, tensa. Ella la dejó allí, temblorosa.
—No —dijo ella, por fin—. No con la mano.
—No te pedí que lo hicieras —respondió Lucas, y por primera vez, sonrió de verdad—. Quiero que lo hagas con la boca.
La miró a los ojos mientras se inclinaba, mientras la tomaba de la nuca y la acercaba a sí. Su aliento era cálido, suave, con un toque de café y algo más, algo animal y oscuro. Ella sintió el peso de su polla a través del tejido, gruesa, firme, pulsando contra su vientre.
—Abre —pidió él, no como una orden, sino como un deseo compartido.
Clara obedeció. Los labios separados, la lengua ligeramente hacia abajo, como le había dicho en el correo que envió antes de venir: *“Así me gusta. No con prisa. Explora, no conquistas”*. Lucas emitió un gruñido profundo, bajó las manos a su cintura, sujetándola con fuerza, pero sin apretar. No quería controlarla por la fuerza, sino por la confianza.
La sacó de su ropa interior, despacio, dejándola caer al suelo con un susurro. Ella la miró por primera vez, sin miedo, sin vergüenza: la cabeza ligeramente redondeada, el glande húmedo, un pequeño surco por donde se deslizaba la pre-cum. Lucas se movió un poco, permitiéndole ver mejor, guiándola.
—Ahora —dijo, y ella lo tomó con suavidad, con la yema de los dedos, acariciándolo desde la base hasta la punta, una, dos veces, hasta que él soltó un bufido.
Clara lo llevó a su boca con calma. No fue un golpe, no fue apuro. Fue un acercamiento, una entrega. Su lengua rozó el glande, lo acarició como si fuera algo precioso, algo que merecía ser explorado. Lucas soltó su cintura y apoyó las manos en sus muslos, presionando suavemente, no para empujar, sino para fijarla en el lugar que había elegido.
Ella lo tomó más hondo, hasta que sus narices rozaron su vello púbico, hasta que sintió el sabor salado, dulce, de su piel. Lucas jadeó, movió las caderas, pero no hacia adelante, sino hacia atrás, cediendo, permitiéndole dominar el ritmo. Ella subió la cabeza, lenta, hasta que solo quedó la punta entre sus labios, y luego bajó de nuevo, esta vez con más profundidad, con más confianza.
—Sí —murmuró Lucas, voz rota—. Sí, así… así me gusta.
Clara cerró los ojos y dejó que su cuerpo tomara el control. No pensó en si lo hacía bien, ni en cómo se veía. Solo sintió: el calor, la textura, el sabor, el movimiento de Lucas en su boca, las manos que lo sujetaban, no para controlarla, sino para sostenerla. Como si ella fuera su ancla, no su cautiva.
Lucas se inclinó y le rozó el cabello con los dedos, acariciándole el cuero cabelludo, con ternura. Ella supo entonces que no lo haría hasta que ella lo dijera. Que él la dejaba decidir cuándo parar, cuándo seguir, cuándo rendirse. Y eso, más que cualquier otra cosa, la hizo sentir poderosa.
—Lucas —dijo entre jadeos, cuando él empezó a empujar con más fuerza—. Lucas…
Él la miró con los ojos cerrados, con la boca entreabierta, con la respiración entrecortada.
—Dime qué quieres —susurró—. Dime lo que necesitas.
Ella no respondió con palabras. Solo lo tomó más hondo, con más confianza, y cuando sintió que se estremecía, que su cuerpo se tensaba, que su polla palpitaba dentro de su boca, lo mantuvo ahí, hasta que lo sintió liberarse.
Lucas soltó un gemido profundo, casi gutural, y se derritió en sus manos. Ella no se movió. Lo dejó terminar, lo dejó sentir que se rendía, que se abandonaba. Y cuando todo terminó, se retiró lentamente, dejando que la punta se deslizara entre sus labios con un último suspiro.
Lucas se inclinó y la besó, con ternura, con agradecimiento. Su lengua rozó la suya, sabiendo a él, a su esencia, a su entrega.
—Gracias —murmuró contra sus labios—. Gracias por permitirme darte esto.
Clara sonrió, con los ojos húmedos, con el corazón latiendo con fuerza. No era vergüenza lo que sentía. Era libertad. Y en ese sótano, bajo la lluvia de junio, supo que nunca más volvería a tener miedo de lo que quería.
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