Lo que pasó en el puerto de Veracruz
7 minLo que pasó en el puerto de Veracruz
El sol se hundía tras el Malecón, tiñendo el cielo de naranja y púrpura, como si el mismo Dios hubiera echado un poco de añil y azafrán a la mezcla. El aire olía a sal, a gasolina quemada y a plátano frito vendido por los puestos ambulantes que ya cerraban. La brisa, tibia y húmeda, acariciaba las nalgas de las mujeres que caminaban despacio por la malecón, con los bikini aún puestos bajo la blusita ligera, el cabello suelto, la piel brillante por el sol del día.
Ella se llamaba Lety. Llegó a Veracruz hacía tres días, con una maleta pequeña, una cámara analógica que ya no usaba nadie y ganas de escribir algo que no fuera reportes contables. Se había hospedado en un casona colonial reformada, de paredes encaladas y balcones de madera, frente al mar. El dueño, un tipo callado de pelo cano y sonrisa de reojo, le había recomendado el *Bar del Faro*, un lugar escondido tras un callejón que huele a madera envejecida, ron añejo y cigarros puros.
Lety no era de andarse con rodeos, pero tampoco se lanzaba a la primera. Le gustaba el juego. Le gustaba mirar, esperar, dejar que la tensión se acumulara como el calor antes de la tormenta. Y esa noche, cuando entró al bar, lo sintió: una corriente ligera, como cuando el aire se estanca antes de que la lluvia bata contra el vidrio.
Estaba sentada en el extremo opuesto, cerca de la ventana que daba al puerto. Se llamaba Xóchitl. Tenía el cabello negro, corto, despeinado como si acabara de salir del agua, y un tatuaje de una serpiente enrollada en el antebrazo izquierdo. Llevaba una blusa blanca abotonada hasta arriba, pero se le veía el cuello, suave, y el leve movimiento de su garganta cuando traga. Tenía los ojos verdes, profundos, como el mar en calma. Y una sonrisa que no era del todo amable, pero sí honesta.
—¿Me dejas un lugar? —le preguntó Lety cuando se acercó, señalando el banco vacío junto a ella.
Xóchitl la miró sin apuro, sin prisa. Tomó un trago de su copa de ron, dejó el vaso sobre la mesa con un clic seco.
—Claro —dijo—. Pero no te muevas. Que acabo de empezar a observarte.
Lety rió, baja, con el codo apoyado en la mesa. Se dio cuenta de que no llevaba anillo. Que sus uñas estaban cortas, pero bien cuidadas. Que tenía una marca de sol en la clavícula, como si alguien la hubiera besado allí hace poco.
—¿Y qué has descubierto hasta ahora? —preguntó, bajando la voz.
—Que tienes una mano interesante. Que te muerde el labio cuando te pones nerviosa. Que no miras el bar, sino a la gente. Que estás buscando algo, pero no sabes qué.
Lety parpadeó. Se le encendió la piel. No era la primera vez que alguien le hablaba así, pero sí la primera en mucho tiempo —y menos en un puerto, en una noche de verano, con el mar cantando tras la ventana.
—Tal vez solo quiero saber si el ron aquí vale la pena —dijo, y tomó una copa que había pedido sin darse cuenta.
—Depende —dijo Xóchitl—. ¿Qué clase de ron te gusta?
—El que se toma con hielo, poco, y que te deja la garganta caliente… pero el corazón más lento.
Xóchitl inclinó la cabeza, como si evaluara la respuesta. Luego, con el dedo índice, dibujó un círculo en la mesa, cerca del vaso de Lety.
—Entonces estás de suerte. El dueño tiene un *Añejo 7 Años* que guarda bajo llave. Solo lo saca para los que saben pedirlo.
—¿Y cómo se pide?
—Con la mirada. Con una sonrisa que dure más de tres segundos. Con no mover la mano mientras te ofreces a pagar la siguiente ronda.
Lety lo hizo. Se inclinó, dejó su dedo sobre el de Xóchitl un instante, suficiente para sentir el calor, la textura de su piel. Luego, con calma, apartó su mano.
—¿Te gusta el mar? —preguntó Xóchitl.
—Me gusta lo que hace con él. Lo limpia. Lo destruye. Lo vuelve a crear.
—Sí —dijo Xóchitl, y por primera vez, sus ojos se humedecieron un poco. No era tristeza. Era reconocimiento.
El dueño apareció, como si lo hubieran llamado. Traía una botella envuelta en tela, dos vasos pequeños, y una sonrisa de complicidad. Sirvió sin pedir permiso. El líquido era dorado, espeso, como miel quemada.
—Este ron —dijo Xóchitl—, lo destiló un tío mío. Se murió hace años. Decía que el sabor no era del alcohol, sino del tiempo que le dedicabas.
Lety probó. El primer trago era amargo, sí, pero luego subía, calentaba la lengua, se metía por el pecho. Se sintió mareada, no por el alcohol, sino por la forma en que Xóchitl la miraba. No era deseo bruto. Era curiosidad. Era lentitud. Era como cuando el sol se pone y aún no es de noche, pero ya no es día.
—¿Vives aquí? —preguntó Lety.
—No. Paseo por aquí. A veces me quedo. A veces me voy. Pero siempre regreso al puerto. Porque aquí todo se mueve, pero nada cambia de golpe.
—Eso me gusta —dijo Lety—. El cambio a mi paso.
Xóchitl le tomó la mano. No de golpe. Como si ya la hubiera tomado antes. Como si la hubiera estado esperando.
—¿Quieres caminar? —preguntó.
—Ahorita.
—¿Ahorita cuánto es?
Lety sonrió. Se puso de pie. La falda le rozó las rodillas, pero no por pudor, sino porque no le importaba. Le gustaba que se moviera con ella.
—Ahorita es cuando el barco de los gringos ya se fue, cuando los puestos de comida ya no gritan, cuando el faro parpadea tres veces antes de encenderse de nuevo.
Xóchitl se levantó. La luz del faro pasó por sus ojos, los volvió verdes y negros, como el mar en la noche.
—Entonces vamos —dijo.
Caminaron por el muelle abandonado. Las maderas crujían bajo sus pies. Había barcas viejas, con redes colgando, con el nombre borrado por el tiempo. El viento traía olor a algas y a leña. Xóchitl no hablaba. Solo caminaba, de vez en cuando girando la cabeza para mirarla, como si quisiera grabar cada gesto.
Cuando llegaron a un pedazo de muelle donde no había nadie, donde el agua se agitaba despacio contra los pilares, se detuvieron. El faro parpadeó. Tres veces. Luego se encendió de golpe.
—¿Por qué aquí? —preguntó Lety.
—Porque es el último lugar donde la gente se atreve a mirar.
Xóchitl se acercó. No la besó de inmediato. Primera, puso una mano en su cintura, la otra en su mejilla. Su respiración era pausada, como si estuviera aprendiendo a respirar de nuevo.
—¿Tienes miedo? —preguntó.
—No. Solo me pregunto si esto va a cambiar algo.
—Claro que va a cambiar algo. Pero no te preocupes. No es una decisión. Es un momento.
Y entonces, por fin, la besó.
No fue rápido. No fue desesperado. Fue lento, como cuando se saca una prenda de seda: con cuidado, con respeto, con la certeza de que cada pulgada de piel importa. Su boca era cálida, sabía a ron y a sal. Lety le metió los dedos en el pelo, tiró suavemente, lo suficiente para que Xóchitl se acercara más. Se sintió la primera vez que Lety se dejó besar en mucho tiempo. Sin miedo. Sin pensarlo.
Xóchitl bajó una mano, le acarició la nuca, luego bajó por su espalda, hasta el borde de la falda. La rozó con la yema de los dedos, como si estuviera midiendo cuánto espacio le dejaba. Lety suspiró, sin abrir los ojos. Le mordió el labio inferior, le pasó la lengua por el cuello, y entonces Xóchitl la empujó contra el muelle, con una mano en su cadera, la otra en su nuca.
—Estás temblando —dijo.
—No es frío —respondió Lety—. Es el momento.
Xóchitl le besó la frente. La nariz. Luego, despacio, le desabotonó la blusa, un botón tras otro, sin prisa, como si cada uno fuera un versículo de un poema.
La luna se asomó entre las nubes. Iluminó el muelle, sus siluetas, el agua que se movía como si estuviera respirando. Y en ese instante, nada más importaba. No el tiempo. No el puerto. Solo ellas. Solo el calor de sus
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