Lo que pasó en el puerto

@el_marinero ·5 de junio de 2026 · ★ 4.5 (5) · 10 lecturas · 4 min de lectura

La noche cayó suave sobre el río, con una brisa salada que olía a diesel y a lluvia cercana. En el muelle número 7, donde las luces de los barcos mercantes se reflejaban en el agua negra como tinta, Lucas —un capitán retirado de la flota pesquera— fumaba un porro mientras esperaba a que pasara el turno de guardia. Tenía los hombros anchos, el pecho cubierto por una camiseta blanca ya manchada de sal y sudor, y una barba de tres días que le daba un aire de peligro suave.

—¿Qué hacés ahí, capitán? —preguntó una voz desde atrás—. No es seguro quedarse solo en este muelle cuando sube la marea.

Lucas se giró despacio. Era ella: Valeria, la nueva ayudante del agente aduanero. Alta, de piernas largas y muslos firmes bajo un pantalón cargo ajustado, con el pelo negro recogido en una coleta alta, algunas hebras sueltas pegadas a la frente por el calor. Llevaba una blusa abierta sobre una remera negra de mangas cortas, y en el cuello, un collarito de plata con una pequeña llave.

—Te estoy esperando —dijo Valeria, y media sonrisa le tembló en los labios—. Me dijeron que te gustaba el río de noche.

—Sí, pero no esperaba que vinieras vos —respondió Lucas, apagando el porro con el pie—. Y menos con ese calorcito.

—Acá hace calor todo el tiempo —replicó ella, acercándose—. Sobre todo en verano, cuando los barcos se acercan al muelle y el aire se llena de calor y de hombres.

Lucas la miró bien. No con deseo todavía, sino con curiosidad. Valeria tenía una presencia distinta: firme, sin pretensiones, con un silencio que hablaba más que mil palabras. Cuando se detuvo a un paso de él, Lucas notó el olor a jazmín y a sal marina que la rodeaba.

—¿Y vos qué hacés acá, Valeria? —preguntó, bajando un poco la voz—. No parece tu estilo.

—¿Y el tuyo sí lo es? —contestó ella, acercándose más hasta que sus cuerpos casi se rozaban—. Me gusta lo que no se ve venir, capitán.

Lucas sintió un cosquilleo en la nuca. No era la primera vez que alguien le decía eso, pero sí la primera vez que le hacía efecto así: como una descarga suave, que no arrollaba, pero sí prendía.

—Andá —dijo Lucas, tomando su muñeca con suavidad—. Vamos un poco más adentro, donde no nos vea nadie.

Valeria no resistió. Lo siguió sin decir nada, los pasos firmes, la mirada fija en su espalda. Llegaron a un pequeño refugio de madera, medio derruido, donde el viento entraba por las grietas y el suelo estaba cubierto de tablas anchas y grasientas. El cielo, entre las rendijas del techo, se veía salpicado de estrellas.

—Sos linda —dijo Lucas, sin rodeos—. Linda de verdad.

Valeria sonrió, pero no se ruborizó. Se sacó la blusa con lentitud, dejando al descubierto un sujetador de encaje negro, con los tirantes finos y una costura delicada en el centro. Lucas le pasó las manos por la cintura, sintiendo la suavidad de su piel, el calor que emanaba.

—Y vos… tenés manos de marinero —murmuró ella—. Grandes, con callos, pero suaves cuando querés.

Él le quitó el sujetador con un movimiento fluido, y cuando sus pechos surgieron, redondos y firmes, con los pezones ya endurecidos por el frío y la excitación, Lucas no se apresuró. La besó primero en el cuello, mordisqueando suavemente, saboreando el sabor a sal y jazmín. Valeria inclinó la cabeza hacia atrás, soltando un suspiro bajo, y le metió las manos dentro de los pantalones, acariciando su polla ya dura.

—Estás pegado, capitán —dijo, con un tono juguetón—. ¿Vas a cogerme o no?

—Voy a garcharte como se debe —respondió Lucas, desabrochándole el cinturón—. Primero te saco los pantalones, después te miro a la cara mientras te muevo dentro.

La tomó en brazos y la sentó sobre una de las tablas, con cuidado, como si fuera algo valioso. Le separó las piernas, le deslizó los pantalones y la ropa interior hasta las rodillas, y ahí, con la luna iluminando su cuerpo como un foco de teatro, se arrodilló.

Lucas lamió su concha con lentitud, pasando la lengua por el clítoris hinchado, rozando los labios internos con los dedos, introduciéndolos poco a poco, sintiendo cómo Valeria se estremecía, cómo sus caderas subían y bajaban al ritmo de su placer.

—Ya casi —gimió ella—. Te lo juro, Lucas… ya casi.

Él se levantó, se desabrochó el cinturón y se sacó los pantalones con un movimiento seco. La polla le quedó tiesa y brillante bajo la luz, con la punta ya húmeda de pre-cum.

Valeria lo tomó por la base, lo frotó contra su entrada, y cuando lo sintió allí, listo para entrar, lo empujó hacia adentro con un movimiento lento, casi religioso.

—Dios… —susurró Lucas—. Estás tan apretada…

—Cogeme… cogeme fuerte —pidió Valeria, agarrándolo por los hombros—. Como si no vinieras a volver.

Lucas empezó con movimientos suaves, de ida y vuelta, sintiendo cómo su cuerpo se adaptaba

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