Lo que pasó en el muelle de Zihuatanejo
11 minLo que pasó en el muelle de Zihuatanejo
La primera vez que la vi, estaba sentada en la baranda del muelle viejo, con los pies descalzos colgando al vacío, mirando cómo el sol se le caía encima como miel derretida. Llevaba un vestido blanco de algodón suelto, descolorido por el sol y el mar, y el viento le levantaba las puntas como si el aire le quisiera decir algo al oído. Me di vuelta por accidente mientras caminaba con mi botella de agua y mi guitarra en funda, y ahí la tuve frente a mí: piel dorada, cabello negro con reflejos cobrizos, y ojos verdes que no miraban el horizonte, sino que me estaban mirando a mí, como si me hubieran estado esperando.
Me llamó la atención porque no era de esas turistas que llegan con su selfie stick y su mapa impreso. No. Ella parecía haberse desembarcado de otro tiempo, como si el ferry que llega a las seis de la tarde la hubiera dejado allí sin rumbo fijo, pero con una certeza interna. Se dio vuelta cuando me detuve. Me sonrió —no una sonrisa de saludo, sino una sonrisa de reconocimiento— como si ya me hubiera visto en sueños y ahora, ahí, en la realidad, supiera que era yo.
—¿Te pierdes mucho por aquí? —me preguntó, sin moverse de la baranda.
—Sí —le dije, y me senté al lado, un poco más abajo, apoyando la guitarra entre los muslos—. Pero hoy no. Hoy me perdió tú.
Se rió, su risa era limpia, sin exceso, como el chasquido de una palma húmeda. Me llamó Elena. No me dijo de dónde venía, ni a dónde iba. Solo dijo: “Estoy de paso”. Y yo le creí, porque en Zihuatanejo hay personas que llegan con maletas llenas de historias y otras que llegan con la maleta vacía, esperando que el mar les de algo que dejar atrás.
Me ofreció un cigarro. Yo no fumaba, pero la encendí. Ella lo tomó con la mano izquierda, el índice y el pulgar como si fuera un violinista agarrando el arco, y lo acercó a la llama de mi encendedor. El humo le subió en espiral y se perdió en el cielo naranja.
—¿Tocas música? —me preguntó, mirando la guitarra.
—Cuando me da la gana. O cuando el viento me lo pide.
—¿Y qué le pides?
—Cosas que ya no están. Cosas que sí estarían si las cantara bien.
Se calló un rato. El sol ya casi se había ido, dejando un rastro de luz en el agua, como si el mar se hubiera encendido por dentro. Ella se levantó, me tendió la mano.
—Vamos. Te voy a mostrar un lugar donde no van los turistas.
No pregunté. Me levanté, tomé la guitarra y la seguí.
Caminamos por un sendero de tierra que se enroscaba entre mangles y árboles de pita. El sonido de las olas se hacía más fuerte, y luego, cuando doblamos la curva final, apareció una pequeña playa de arena oscura, casi negra, rodeada de rocas cubiertas de algas. No había nadie. Solo el viento, el mar y nosotros.
—¿Cómo te llamas? —me preguntó, mientras se quitaba las sandalias.
—Javier. Pero todos me dicen el marinero.
—Claro —dijo, sonriendo—. Ya te había imaginado así.
Me senté en la arena, apoyé la guitarra contra una roca. Ella se acercó y se sentó frente a mí, con las piernas cruzadas, los brazos apoyados en las rodillas, como si estuviera dispuesta a escucharme. Me puse a tocar, suave, sin letra, solo acordes que flotaban como el viento. Ella cerró los ojos y se inclinó un poco hacia adelante, como si quisiera agarra r el sonido con las manos.
—¿Qué canción es? —me preguntó después de un rato.
—Ninguna. Es solo… lo que se me viene cuando te veo.
Se abrazó a sí misma, como si el aire de la noche le hubiera dado frío, pero no era frío. Era otra cosa. Era la espera. El deseo que se siente antes de que suceda, como cuando el trueno ya se oye, pero la lluvia no ha caído.
—¿Y si te pido algo? —dijo, sin abrir los ojos.
—Dilo.
—Cógeme.
No me lo esperaba. No porque no quisiera, sino porque no la esperaba tan directa. Pero en su voz no había desesperación, ni exigencia. Solo una certeza. Como si ya hubiera tomado esa decisión hace rato, y ahora solo la estuviera pronunciando.
—¿Ahora?
—Ahora.
Me levanté. La tomé de la mano y la ayudé a ponerse de pie. Caminamos unos pasos hacia la derecha, donde había una pequeña cueva cubierta de musgo y estrellas de mar secas, con arena suave y un colchón de algas que olía a sal y a vida antigua. Ella se quitó el vestido sin mirarme, como si ya nos hubiéramos visto desnudos antes. Lo dejó caer suavemente, como si fuera una hoja seca. Debajo no llevaba nada. Su cuerpo era redondo y fuerte, con curvas que recordaban a las olas, como si el mar la hubiera esculpido con sus manos. La piel dorada, los pechos altos, los pezones oscuros como granos de café. Las caderas anchas, las nalgas redondas, y entre las piernas, un vello oscuro que brillaba con la luz de la luna.
Me quitó la camisa y me desabrochó el pantalón. No me despojó, sino que me ayudó a soltarme, como si ya supiera que yo también estaba listo. Me puso la mano sobre el pene, que ya estaba tieso, como si lo hubiera estado esperando desde que ella se sentó frente a mí. Me lo apretó con suavidad, sin prisa, y me miró a los ojos mientras lo hacía. Me dijo:
—Siente la verga que tienes. Siente que es tuya. Siente que es mía también.
Me incliné y le besé el cuello, luego los pechos, luego el ombligo. Me metí entre sus piernas y le separé los labios con los dedos. Humeaba. Olía a sal y a miel. Le pasé la lengua por el clítoris, y ella soltó un grito suave, como si lo hubiera estado conteniendo todo el día. Me metí dos dedos dentro, y ella se arqueó, como si el agua la hubiera arrastrado hacia atrás. Me puso la mano en la nuca y me la apretó contra ella.
—Más —dijo—. Quiero que me cagas.
Me levanté, me puse de rodillas frente a ella, y la tomé de las nalgas. Le separé los labios con los dedos y le metí la verga. Se estremeció, se apretó, me agaró las muñecas y me empujó adentro. Me puse de pie y la tomé de la cintura. La levanté y la senté sobre una roca plana, con las piernas abiertas sobre mis caderas. La penetré de golpe, hasta la base, y ella soltó un gemido largo, como si el mar estuviera entrando por su cuerpo.
—Sí —dijo—. Sí. Así. Toma mi culo. Toma mis nalgas. Chinga mi cuerpo como si no hubiera mañana.
La tomé de las caderas y empecé a meterla y sacarla, lento, con pausa, como si cada empuje fuera una palabra. Ella se agarraba de mis hombros, se mordía el labio, y me miraba con los ojos cerrados. Me puso la mano en la cara y me besó. Su boca era dulce, como el mango verde con chile.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti? —me preguntó, entre beso y beso.
—Dilo.
—Que no me preguntas de dónde vengo. Que no me pides promesas. Que me tomas como soy: una mujer que llegó aquí, sola, y se encontró contigo.
—Yo también estaba solo —le dije—. Pero hoy no.
La empujé más fuerte, y ella empezó a moverse conmigo, con las caderas, como si ya supiera el ritmo. Me puso la mano en el culo y me apretó, como si quisiera que la cogiera más fuerte. Me susurró al oído:
—Me cago en Dios, Javier. Me cago en Dios por quererte así.
La tomé de la nuca y la besé con fuerza, y le metí los dedos al culo. Ella se estremeció, se apretó, y gritó:
—¡Sí! ¡Sí! ¡Me la estás chingando! ¡Me la estás chingando y me la voy a chingar también!
Me soltó y me empujó contra la roca. Se puso de pie, me dio la espalda, y se agachó, apoyando las manos en la arena. Me miró por encima del hombro y me señaló el culo con un dedo.
—Toma mi culo. Toma mis nalgas. Chinga mi cuerpo como si no hubiera mañana.
La tomé de las caderas y la empujé de nuevo, más fuerte, más rápido. Ella se agitaba, se estremecía, y sus gemidos se volvían más cortos, más fuertes. Me puso la mano en la espalda y me empujó más adentro, hasta que sentí que su cuerpo me estaba tragando. Me puse la mano en el pene y comencé a acelerar, con la mirada clavada en su culo, en sus nalgas, en la curva de su espalda.
—Elena —le dije—. Elena, te voy a cagar hasta que te acuerdes de mí.
—Hazlo —dijo—. Hazlo. Que no me importa. Que me lo merezco.
Me puse de pie, la tomé de la cintura y la levanté, y la senté sobre una roca más alta. Le abrí las piernas y le metí la verga de nuevo, esta vez más profundo. Ella soltó un grito, y luego se rió, como si fuera una descarga de electricidad.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Me la estás chingando! ¡Me la estás chingando y me la voy a cagar también!
La tomé de los pechos, le apreté los pezones, y empecé a moverme con fuerza, con pausa, con ganas. Ella se estremecía, se arqueaba, y me decía cosas que no sabía que existieran, que venían del fondo de su cuerpo, como si el mar le estuviera hablando a través de ella.
—Javier… Javier… me cago en todo lo que me dijeron que no debía hacer. Me cago en Dios, me cago en el cielo, me cago en el infierno. Me cago en todo, pero no me cago en esto. No me cago en ti.
Me puse la mano en el culo y empecé a apretarle las nalgas, a chocarle el culo contra la roca, y ella gritaba, y se agitaba, y me decía que sí, que así, que más, que no parara.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Me la estás chingando! ¡Me la estás chingando y me la voy a cagar también!
Sentí que me acercaba, que la verga me temblaba, que el cuerpo me temblaba. Ella me lo supo, me lo dijo:
—Vete, Javier. Vete dentro de mí. Vete y déjame sentirte.
Le puse la mano en la cabeza y la empujé hacia atrás, contra la roca, y le metí la verga hasta la base, y me llegué, y la cogí con fuerza, con todo lo que tenía. Me salió todo, con fuerza, como si fuera el mar que se desborda. Ella gritó, se apretó, y se le salió el chorro, como si el cuerpo le hubiera explotado.
Me quedé un rato dentro de ella, sin moverme, con la cabeza apoyada en su hombro. Me besó el cuello, me acarició el pelo.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —le pregunté.
—Ahora —dijo— te toco yo.
Se puso de pie, se sacudió la arena del cuerpo, y se sentó frente a mí, con las piernas abiertas. Me tomó la cabeza y me la metió entre las piernas. Me puso la mano en la nuca y me la apretó contra ella. Me lamió el pelo, me acarició la cara, y me dijo:
—Hoy no te pido nada. Solo quiero que me lames como si no hubiera mañana.
La lamió, la chupó, la cogió con la lengua, con los labios, con los dientes, y ella se estremecía, se arqueaba, y me decía que sí, que así, que no parara.
—Me la estás chingando con la lengua —me dijo—. Me la estás chingando y me la voy a cagar también.
Y se le salió, otra vez, como si el cuerpo le hubiera explotado otra vez. Me besó, me limpió la boca con el pulgar, y me dijo:
—¿Te vas a quedar?
—No sé.
—Ni yo.
Se levantó, se puso el vestido, y me tendió la mano.
—Vamos.
Nos sentamos en la arena, con las piernas metidas en el agua. Ella se apoyó en mí, y yo la abracé por la cintura. Miramos cómo las olas llegaban y se iban, como si el mar estuviera respirando.
—¿Te acuerdas de mí? —me preguntó.
—Sí.
—¿Me vas a escribir?
—No sé. Pero si lo hago, te lo voy a cantar.
Se rió, me besó la mejilla, y se levantó.
—Entonces, adiós, marinero.
—Adiós, Elena.
Se fue caminando por la playa, con el vestido ondeando al viento, como una vela que se aleja del muelle. Yo me quedé sentado, con la guitarra entre las piernas, y la vi desaparecer entre las rocas.
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