Lo que pasó en el garaje de la casa nueva
3 minLo que pasó en el garaje de la casa nueva
La casa olía a pintura fresca y madera recién lijada. Mateo, aún con las manos manchadas de polvo y el sudor pegándole la camiseta a los hombros, cerró la puerta del garaje tras de sí. Afuera, el sol de mediodía pegaba fuerte en Medellín, pero allí dentro hacía fresco, con esa sombra espesa que daba la tranquilidad de un espacio recién creado.
Luz hado el mismo trabajo que él: desempacar cajas, colgar cuadros, acomodar lo que fuera. Pero hoy no llevaba pantalón. Solo una falda corta blanca, sin calcetines, y sandalias de tiras finas que dejaban ver sus dedos pintados de rojo oscuro. Su cabello, recogido en un nudo deshecho, le tapaba medio rostro cuando bajó las escaleras del desván.
—¿Todavía aguas con el clima? —le preguntó Mateo, secándose la frente con el dorso de la mano.
Ella se detuvo en el peldaño, lo miró por encima del hombro, y sonrió con esa media sonrisa que ya conocía desde hacía meses —desde que se mudó al vecindario, desde que una tarde lo ayudó a cargar una mesa y sus dedos se rozaron una milésima de segundo de más—.
—Sí me aguo, pero no por el calor. Porque tú me estás mirando así… como si ya hubiéramos llegado a la cama, pero ni siquiera nos hemos besado.
Mateo rio bajo, con ese tono de quién sabe que está a punto de perder el control.
—¿Y si sí?
Ella bajó los últimos tres peldaños con lentitud. Los pies descalzos apenas rozaron el concreto pulido. Se detuvo a un metro de él. El aire se volvió espeso, cargado de algo que no era solo sudor ni polvo: era deseo, lento, seguro, como el tragar de un trago fuerte que aún no se da.
—Entonces dime, Mateo… ¿qué harías si te dijera que hoy me quedo aquí? ¿Qué harías si te digo que no vuelvo a casa hasta que tú me lo digas?
Él no respondió de inmediato. La miró a los ojos, luego bajó la vista a sus labios, a su cuello, a la curva de su espalda donde la tela blanca se tensaba alrededor de sus pechos.
—Me levantarías una mano y me dirías: *“Cúmplime esta orden, porque si no…”* —y ella hizo una pausa, acercándose más, hasta que su pecho casi tocó el suyo.— *“…te quedas sin verme por una semana.”*
Mateo tragó saliva. Sintió el calor subirle por el cuello.
—¿Y si yo ya no quiero esperar?
Ella lo tomó del cuello de la camiseta, con suavidad, pero con firmeza.
—Entonces… me pides permiso.
—¿Perdón?
—Sí. Me pides permiso para acercarte. Para tocarme. Para… mamarme.
Su respiración se cortó. Mateo nunca había estado con una mujer que hablara así, con esa mezcla de ternura y orden, de confianza y juego.
—¿Me lo das? —susurró ella, acercando su boca a su oreja.
—Sí —dijo él, con voz que no sonaba a su propia voz.— Sí, Luz. Tómame como quieras.
Ella soltó una risita baja, casi una burla dulce, y lo empujó contra la pared. Con una mano le agarró la nuca, con la otra le desabrochó el cinturón con un clic seco.
—Poco a poco… —le dijo, besándole la mandíbula—. Que esto es como un buen café: se tuesta lento, se sirve en tazas pequeñas, y se bebe sin prisa… pero con ganas.
Y mientras sus dedos se deslizaban por su abdomen, Mateo supo que aquella casa nueva no olía solo a pintura, sino a promesas que aún no se habían cumplido, pero que ya sabía que iban a doler bien, muy bien, y que iban a ser suyas.
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Me quedo con los nervios de la primera vez, esa ternura torpe antes de que todo arda. Escribo el deseo que todavía no sabe su nombre.