Lo que pasó en el elevador del edificio
6 minLo que pasó en el elevador del edificio
La puerta del elevador se cerró con un suspiro metálico y el leve zumbido de los cables. Santiago ajustó la corbata, cansado de tanto tráfico en el centro, con la camisa desabotonada hasta el tercer botón, el cuello de la piel morena y sudorosa por el calor de junio. A su lado, Silvia —la vecina del piso 12— entró con un paquete de pastelitos envueltos en papel alfoil y una sonrisa tímida.
—Hola, Santiago —dijo, mirando el panel—. ¿También te toca trabajar hasta la madrugada?
—Sí —respondió él, con una mueca cansada—. Pero hoy al menos no tuve que aguantar el metro. Mejor así.
El ascensor subió un piso. Silvia olía a vainilla y café recién hecho, con un toque ligero de perfume que no invadía, sino que se colaba como una promesa. Llevaba un vestido sencillo, de algodón azul celeste, con mangas cortas y una costura que marcaba la cintura con una elegancia que no buscaba impresionar. Pero lo lograba. Santiago notó cómo el tejido se estiraba un poco cuando ella apoyó la mano en la barandilla del asidero. Su espalda baja, entre las curvas de las nalgas y la base de la columna, estaba al descubierto por un pequeño espacio que el movimiento de la caminata había dejado al descubierto. Una línea oscura y suave, que se perdía debajo del paño del vestido.
—¿Qué pastelito te llevaste? —preguntó ella, al darse cuenta de que él la estaba mirando.
—¿Perdón?
—En la pastelería. Dijiste que te llevaste uno. ¿Cuál?
—Ah… el de vainilla. Pero no me lo comí. Lo dejé en la mesa de la cocina. Aún está en el paquete.
Ella asintió, con los labios apretados como si contuviera una sonrisa. No sabía si era la broma o la mirada de Santiago lo que la hacía sentir ese cosquilleo en la nuca. El elevador se detuvo en el piso 12. Ella salió, pero no presionó el botón del piso 13, donde vivía él. Se quedó ahí, frente a la puerta del ascensor, como esperando algo.
—¿No vas a bajar? —preguntó Santiago, que ya había apretado el botón para continuar.
—No. Subí a visitar a mi hermana. Ya bajó. Me quedé un rato en la sala. No tengo prisa.
—¿Y si subo contigo? —dijo él, sin pensarlo mucho.
Ella lo miró. No era una mirada de sorpresa, sino de evaluación. Como si estuviera midiendo si valía la pena arriesgar algo. Y luego, con una leve inclinación de cabeza, dijo:
—Si quieres.
El elevador subió. Santiago sintió el peso del silencio, pero no era incómodo. Era denso, cargado. Como cuando el aire se carga antes de una tormenta, y uno sabe que va a llover, pero aún no ha caído ni una gota. Se pararon frente a la puerta del piso 12. Ella sacó las llaves, pero antes de abrirla, se volteó.
—¿Te parece si entramos a tomar algo? —dijo, con un tono que no era una pregunta, sino una invitación ya decidida—. Tengo limonada con menta.
—Me encantaría —respondió él, y por primera vez esa tarde, sonrió de verdad.
La puerta se abrió con un chasquido suave. El apartamento era limpio, minimalista, pero con detalles que contaban historias: una foto enmarcada de ella y su perro, un estante con libros de ciencia ficción y una copia de *Cien años de soledad* con el lomo gastado. En la cocina, Silvia fue abriendo la nevera mientras Santiago se dejó caer en el sofá, desabrochándose los dos primeros botones de la camisa. El aire acondicionado soplaba con suavidad, y el sonido del hielo al caer en un vaso se mezclaba con el murmullo del tráfico lejano.
Ella le entregó el vaso. Las manos se rozaron. Un instante. Pero suficiente para que Santiago notara la textura de su piel: suave, cálida, con las puntas de los dedos un poco resecas por el sol del verano.
—Gracias —dijo él, tomó un trago. La limonada estaba fría, con un toque amargo de menta que le limpió la garganta.
Ella se sentó frente a él, en el borde del sofá, con las piernas juntas, las manos sobre las rodillas. Lo miraba sin vergüenza, como si ya hubiera decidido que no le temblaría la voz cuando hablara.
—Hace rato que te miro desde la ventana —dijo, de pronto—. En las mañanas, cuando sales a caminar. Con el café en la mano. Te veo caminar con las manos en los bolsillos, como si llevaras todo el mundo encima, pero no te quejas.
Santiago la miró. No sabía si era su imaginación, pero sintió un calor que no venía del clima. Le costó tragar. Se limpió la boca con el dorso de la mano.
—¿Y qué viste?
—Que andas solo. Que no te ríes mucho. Que a veces te detienes a mirar las nubes.
Ella se levantó, fue a la ventana, se quedó de espaldas, con los brazos colgando. El vestido se le subió un poco más por el movimiento, dejando al descubierto una porción más grande de muslo. No era una coquetería calculada. Era un detalle natural, como cuando uno se ajusta la ropa sin darse cuenta. Pero Santiago lo notó. Y le gustó.
—¿Por qué no te acercas? —preguntó ella, sin voltear—. A ver si ves algo más.
Él se levantó. Caminó lento. Con calma. Como quien se acerca a una fogata, sabiendo que puede quemarse, pero que igual quiere sentir el calor. Se detuvo a un metro de ella. Podía verle el pelo en la nuca, suelto, con mechones rubios que se iluminaban con la luz del atardecer que entraba por la ventana. La respiración le falló. Pero no se detuvo.
—¿Qué más quieres que vea? —preguntó, con la voz un poco más áspera.
Ella giró. Lentamente. Como si el tiempo se hubiera vuelto espeso. Y entonces lo besó.
No fue un beso de pasión desbordada. Fue un beso de curiosidad. De prueba. De “¿y si?”.
Su boca era suave, tibia. El sabor de la limonada y un toque dulce de miel. Santiago le puso las manos en la cintura, sintiendo cómo el algodón del vestido se arrugaba bajo sus dedos. Ella se pegó un poco más, y él notó el calor que emanaba de su vientre, el leve roce de su muslo contra su pierna.
—Sí —susurró ella, cuando se separaron un centímetro—. Sí, Santiago.
Él la besó otra vez. Esta vez con más ganas. Con más calor. Le pasó una mano por la nuca, y con la otra le subió el vestido por la cadera, hasta que sus dedos rozaron la curva de su nalga, suave y firme, envuelta en una tanga de encaje negro. Ella gimió, apenas. Un sonido ahogado, como si no estuviera segura de si debía hacerlo o no. Pero sí lo hizo.
—Tienes un culo precioso —dijo él, con la boca pegada a su cuello—. Me encanta cómo se ve cuando caminas.
Ella rió, un ruido bajo, casi vergonzoso, pero con un brillo en los ojos que no ocultaba nada.
—¿Te gusta mirar? —preguntó, y le apretó un poco más la nalga.
—Sí —respondió él, sin dudar—. Me encanta mirar. Pero más me gusta tocar.
La besó de nuevo, más profundo, y esta vez sus manos bajaron hasta el borde del vestido. Lo levantó un poco. Le rozó la piel de las nalgas con los pulgares, por debajo de la tela. Ella se estremeció, y se apretó contra él. Santiago sintió cómo su verga se endurecía, presionando contra el pantalón. Y Silvia lo notó. Sonrió contra su boca.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Más que bien —respondió él—. ¿Tienes cuarto?
Ella no respondió con palabras. Sólo tomó su mano, la puso sobre su muslo, y lo guió hacia el pasillo.
¿Te ha gustado? Valóralo