Lo que pasó en el elevador del edificio

@valeria_storm ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

El ascensor tembló con el peso de dos personas que no deberían estar ahí, pero sí estaban: Lucía, con su blusa blanca entrecerrada por el botón de abajo y los rulos recién hechos en la nuca, y Rafael, con la corbata torcida y los ojos cansados pero ya despiertos por algo más que el olor a café del desayuno. Subieron del tercer al quinto piso en silencio. No era el silencio cómodo del vecino que te saluda con la cabeza en el pasillo, ni el silencio incómodo del que evita mirar el celular. Era el silencio que se llena de respiraciones entrecortadas, de miradas que se deslizan como dedos buscando una rendija en la piel.

—¿Tú también trabajaste hoy? —preguntó Lucía, sin mirarlo, fingiendo ajustarse la manga del blazer.

—Sí. Hasta las siete. —Rafael se rascó la barba con un movimiento lento, de esos que dicen más que mil palabras. —Pero vine por un documento.

—¿Y lo encontraste?

—No. Pero vine igual.

El elevador se detuvo. El piso 5. Las luces parpadearon una vez, como advertencia. Lucía dio un paso atrás, pero no para salir. Para acercarse más al espejo de metal pulido que cubría toda la pared lateral. Se miró en él: el cabello suelto, el labio inferior mordido, los pechos subiendo y bajando con el ritmo que ya no era solo del esfuerzo de subir escaleras. Rafael la siguió con la vista. No como un hombre que observa una mujer, sino como alguien que descubre una puerta entreabierta y ya sabe que no va a cerrarla.

—¿Tienes miedo? —le preguntó ella, sin voltear.

—¿De qué?

—De que alguien nos vea. De que te enteres de lo que hice ayer.

—Yo no sé lo que hiciste ayer —dijo él, acercándose hasta que su pecho rozó la espalda de ella—. Pero sí sé lo que quiero hacer ahora.

Lucía se giró. Lentamente. Con el cuello estirado como si temiera que el tiempo se le adelantara. Sus ojos, oscuros y húmedos, se clavaron en los de él. No hubo duda. Solo el instante en que el pulso se acelera y el cuerpo decide antes que la mente.

—El cuarto 503 está desocupado desde ayer —susurró—. La dueña se fue a Guadalajara.

Rafael no respondió con palabras. Solo le tomó la mano, la apretó entre las suyas, y tiró de ella con suavidad hasta que sus frentes se tocaron. El aire se cargó de electricidad estática, de humo de cigarro que él había fumado al salir del trabajo, de perfume de vainilla que ella se aplicó después del gimnasio.

—¿Estás segura? —preguntó él, por lo bajo.

—¿Tú estás seguro? —replicó ella, y le mordió el labio con los dientes, apenas, como quien prueba el borde de algo peligroso—. Si te arrepientes ahora, dilo.

—Nunca me arrepiento de lo que quiero.

La puerta del cuarto 503 se cerró con un *click* suave, casi imperceptible, como el cierre de una promesa.

El cuarto olía a jabón de manzanilla y a polvo recién barrido. Las cortinas estaban corridas, pero no del todo: dejaban entrar la luz del atardecer, dorada y espesa, como miel derretida sobre la cama deshecha. Lucía se quitó los zapatos con un suspiro, y se dejó caer sobre la colcha blanca, con las piernas separadas lo justo, con la espalda arqueada como si le doliera el deseo. Rafael la miró de pie, con la camisa ya desabotonada hasta el ombligo, y le hizo señal con la mano para que se acercara.

—¿Te acuerdas de aquella vez en la fiesta de la oficina? —le preguntó ella, mientras él se arrodillaba frente a ella, entre sus muslos.

—Claro que me acuerdo. Estabas con ese tipo del marketing, y yo me preguntaba cómo ibas a aguantar sus manos en tu cintura.

—Pues… no me gustaban sus manos.

—Entonces… ¿qué te gusta?

Lucía le tomó la cabeza por las sienes y lo empujó contra su cuerpo, hasta que su nariz rozó la entrepierna de su pantalón.

—Me gusta que me cojas como si no hubieras dormido en tres días. Me gusta que me hables mientras me jodes, que me digas qué quieres ver, qué quieres sentir. Me gusta que me agarres del pelo si me porto mal.

—¿Y te portas mal?

—Depende de ti.

Él se rió, un poco áspero, un poco grave, y le soltó el botón de la falda. La tela se deslizó por sus caderas como agua, revelando la tanga color vino que ocultaba su culo redondo, sus nalgas firmes, su piel suave como el alfeñique recién hecho. Rafael se inclinó y le dio un mordisco en la nalga izquierda, con fuerza, con cariño, con ganas. Ella soltó un grito ahogado, una queja que sonó como un suspiro.

—¿Te gustó? —preguntó él, mientras le besaba la cicatriz del ombligo, la única que tenía en todo el cuerpo, de aquella caída en la playa cuando tenían veintidós.

—Sí. Pero no suficiente.

Rafael se puso de pie, se desabrochó el cinturón, bajó la cremallera. La verga le saltó al aire, dura, gruesa, con la punta humedecida por el anticipado. Lucía la miró con una sonrisa pícara, con la lengua entre los dientes, y le palmeó el culo con un *¡paf!* seco.

—¿Te gusta que te pegue? —le dijo ella.

—Me encanta.

Ella le agarró la verga con ambas manos, la frotó contra su vientre, contra su pecho, contra sus labios. La besó. Le chupó la punta, lento, hasta que Rafael soltó un gruñido y la empujó hacia atrás, sobre la cama. Se arrodilló entre sus piernas, separó sus muslos con las manos, y le metió dos dedos dentro.

—Estás mojada —susurró, moviéndolos con cuidado, encontrando el punto que la hacía arquear la espalda—. Estás *muy* mojada.

—Sí, Rafael. Chinga mi culo. Chinga mi puta boca. Chinga lo que tú quieras, pero no pares.

Él se levantó, tomó el condón de la mesita de noche, se lo puso con una sola mano mientras la miraba.

—Dime una cosa —le dijo—. ¿Cuándo fue la última vez que te la chuparon?

—Hace dos semanas. Con mi ex.

—¿Y te gustó?

—Me gustó que terminara rápido. Pero no me gustó cómo lo hizo.

—Pues hoy no va a terminar rápido. Y lo haré bien.

La first time fue lenta. Lucía se tumbó boca abajo, con las rodillas flexionadas, el culo en alto, y la cabeza girada hacia él. Rafael le acarició el culo con la palma, luego con los dedos, y finalmente le rozó la entrada con la punta de la verga. Ella soltó un gemido largo, que sonó como un llanto de alivio.

—No te apresures —le pidió—. Quiero sentirte entrar. Todo.

Él la empujó con cuidado, un centímetro a la vez, hasta que sus testículos tocaron sus nalgas, hasta que la sentió completamente llena. Lucía cerró los ojos y apretó los dientes, pero no por dolor. Por placer. Por la sensación de estar llena hasta el fondo, de tener su cuerpo dentro del suyo, de sentirse usada y amada a la vez.

—Maldita… —dijo ella, con los ojos cerrados—. Tú sí sabes cómo se hace.

Rafael no respondió. Solo empezó a moverse. Lento. Con la mano izquierda le acariciaba el pelo, con la derecha le frotaba el clítoris en círculos. Ella se retorcía, gimiendo su nombre, pidiéndole más, pidiéndole que la agarrara, que la hiciera suya.

—Te quiero —le dijo él, sin pausa.

—Yo también te quiero —respondió ella—. Y quiero que me folles hasta que no pueda caminar mañana.

Él soltó un gruñido, la agarró del pelo y le clavó los dedos en las caderas, y la follió con fuerza, con ternura, con ganas de quedarse ahí para siempre. Ella se corrió con un grito que no quiso esconder, con los ojos abiertos y las pupilas dilatadas, y él la siguió segundos después, embistiéndola con todo, hasta que se derritió dentro de ella.

Se quedaron quietos un rato, con él aún dentro, con ella con la cara pegada a la almohada.

—¿Te acuerdas de aquella vez en la fiesta de la oficina? —le preguntó ella, de nuevo.

—Sí.

—Pues

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