Lo que pasó en el elevador de la torre
7 minLo que pasó en el elevador de la torre
La puerta del elevador se cerró con un suspiro metálico. En el interior, el aire se volvió denso, cargado de humo invisible: el de la tensión, del sudor, de la promesa no dicha pero claramente percibida. El número siete parpadeó en el panel digital. Siete. Sólo faltaban tres pisos para que el ascensor se detuviera de nuevo.
—¿También te toca esperar hasta las once y media para bajar? —preguntó él, sin mirarla. La voz grave, con un tono casi burlón, colgaba en el espacio reducido como una sombra.
Ella no respondió de inmediato. Se mantuvo de pie, con la espalda recta, los hombros ligeramente relajados, los cabellos negros recogidos en un nudo bajo la nuca que, con cada vibración del cable, se deshacía un poco más. Llevaba una falda plisada hasta la mitad del muslo, una blusa blanca abotonada hasta el cuello, y los tacones altos que, desde el primer minuto, le habían dado un aire de resignación. Pero no de miedo. De espera.
—No —dijo ella por fin—. Hoy sí salgo temprano.
Él asintió, sin convicción. El dedo índice rozó el botón del séptimo piso, lo mantuvo presionado un segundo de más. Su mano era grande, con venas marcadas, nudillos marcados por el uso. Un anillo de plata en el meñique. Un reloj de pulso oscuro que marcaba las 11:29.
—¿Y por qué crees que te creeré?
La pregunta colgó entre ellos, suave, casi tierna, pero con un filo que hizo que ella girara la cabeza. Sus ojos, oscuros, largos, no parpadeaban. No se ruborizaban. Sólo lo miraban, fijamente, como si estuviera midiendo algo: su valentía, su intención, su capacidad para sostener lo que se venía.
—Porque tú sabes que no me importa esperar —dijo ella—. Mientras tú sepas esperar también.
Él soltó una risita baja, casi un gruñido. El elevador dio un pequeño brinco. El número seis parpadeó. Se detuvo.
—¿Y si digo que no tengo paciencia? —preguntó, acercándose un paso. El espacio entre ellos se encogió hasta ser apenas una respiración. Ella no retrocedió. En su cuello, una vena latía, rápida, como un pajarito atrapado bajo la piel.
—Entonces te chingo —dijo ella, sin pestañear—. Porque si no tienes paciencia, no sabes qué hacer con lo que te doy.
El elevador se movió de nuevo. El número cinco. Ella inhaló, lento, consciente de la tensión que now se extendía desde la punta de sus dedos hasta la base de su columna. Él se detuvo a un metro, con las manos en los bolsillos, como si estuviera esperando que ella hiciera el primer movimiento. Pero ella ya lo había hecho. Con la mirada. Con la palabra. Con el silencio que había construido entre ambos como un juego de ajedrez sin tablero.
—¿En serio te chingo si no espero? —preguntó él, inclinándose ligeramente hacia adelante. Su aliento rozó la oreja de ella, cálido, húmedo. Ella sintió el latido de su propia sangre en las sienes.
—En serio —susurró ella—. Y no me arrepiento.
Él se enderezó. Le dedicó una sonrisa lenta, que no llegaba a sus ojos. Pero sí a su voz.
—Entonces agáchate un poco.
Ella no dudó. Bajó los ojos, inclinó la cabeza, como si estuviera aceptando una orden. Pero no era una orden. Era una invitación. Una promesa.
—No tanto —dijo él, más suave ahora—. Sólo lo necesario.
Ella obedeció. Bajó la cabeza hasta que su cabello rozó el hombro del hombre. Él extendió una mano, lentamente, como si temiera que ella se escurriera entre sus dedos. La palma le acarició la nuca, con firmeza, sin presión. Sólo contención. Como si la sostuviera, como si la retuviera.
—Sé que te gusta que te diga qué hacer —murmuró él—. Sé que te gusta que te diga cuándo callar, cuándo moverte, cuándo esperar.
—Sí —dijo ella, sin alzar la mirada.
—Y sé que te gusta que te lo diga con palabras de todos los días —añadió él, apretando un poco más, sin dolor—. No con tonterías románticas. No con promesas que no puedo cumplir.
—Entonces dime qué hacer —susurró ella.
Él soltó una risa corta, seca. La soltó.
—Baja la falda un poco más.
Ella no dudó. Tiró de la tela con el índice y el pulgar, bajándola hasta que el borde quedó a un par de dedos de la cadera. Dejó que la tela se deslizara por sus muslos, revelando la curva suave de sus nalgas, la línea oscura del bikini que llevaba debajo. Un bikini negro, ajustado, que parecía hecho a medida. Él lo notó. No dijo nada. Sólo la miró, desde arriba, con la mirada de quien ya sabe que va a quedarse con lo que quiere.
—¿Te gusta que te mire? —preguntó él.
—Sí —dijo ella—. Pero no me mires así. Mírame como si supieras lo que voy a hacer.
Él asintió. Bajó la mano. La colocó sobre su propia cadera, con el pulgar apoyado en el hueso. El elevador dio un leve golpe seco. El número cuatro. El número tres.
—Entonces hazlo —dijo él—. Haz lo que vas a hacer.
Ella se enderezó. Lentamente. Con calma. Como si cada movimiento fuera un paso en un baile que ya conocía, aunque nunca lo hubiera practicado. Se acercó a él. Lo suficiente para que su pecho rozara el de él. Para que él sintiera el calor de su piel, el leve temblor de sus pechos bajo la blusa. Para que ella sintiera la dureza de su verga, ya medio erguida contra el jean.
—¿Quieres que te chupe? —preguntó ella, bajando la voz hasta convertirla en un susurro apenas audible.
Él no respondió. Sólo asintió. Una vez. Breve.
—Entonces agárrate —dijo ella.
Y lo hizo.
No con fuerza. No con desesperación. Con precisión. Con intención. Con el mismo control que él había ejercido sobre ella desde el primer segundo. Lo agarró por la bragueta, con la mano izquierda, y lo tiró hacia adelante, sin pedir permiso, sin esperar permiso. La verga se salió de su pantalón, dura, brillante en la luz tenue del elevador, la punta húmeda, con la primera gota de preseminal que brillaba como una perla.
Ella no lo miró. Sólo lo miró con los ojos medio cerrados, con la boca entreabierta, con la lengua apenas visible. Lo agarró por la base, con la palma caliente, con los dedos cerrados como un puño, con una suavidad que era más peligrosa que cualquier agarre rudo.
—¿Te gusta? —preguntó ella.
—Sí —dijo él, con la voz rota—. Pero no es suficiente.
Ella sonrió. Una sonrisa pequeña, calculada. Bajó la mano, con lentitud, hasta que los nudillos rozaron el suelo. Hasta que su rostro quedó a la altura de su entrepierna. Hasta que su aliento rozó la cabeza de su verga.
—Entonces no digas nada —dijo ella—. Sólo respira.
Y lo hizo.
No con miedo. No con ansiedad. Con plena consciencia. Con el mismo dominio que él le había exigido. La lengua salió, lenta, cálida, como una serpiente que se asoma a su presa. Lamió la punta, recogiendo la humedad, saboreando el sabor salado de su propia excitación. Él soltó un gruñido, bajo, gutural. La mano derecha se cerró en el puño del chaleco de ella. No con fuerza. Con control. Con advertencia.
—No te detengas —dijo él.
Ella no lo hizo.
Subió la cabeza, lentamente, hasta englobar la mitad de la verga. La boca se abrió, con la humedad que ya le humedecía los labios. Se hundió, sin pausa, hasta que sus narices rozaron su pubis. Hasta que sintió el olor de su piel, el sabor de su sudor, el sonido de su respiración entrecortada.
Él cerró los ojos. Apoyó la frente en la pared del elevador. Sostuvo su cuerpo con la mano en su nuca, no para apretar, sino para sostenerla, para que no se cayera. Para que ella supiera que él también podía perder el control.
—Mierda —dijo él.
Ella lo escuchó. Salió despacio, con un sonido húmedo, como un beso que se deshace. Se limpió la boca con el dorso de la mano, como si fuera un gesto cotidiano. Se enderezó. Se ajustó la blusa, sin prisa. Se miró en el espejo del elevador. Sus ojos estaban brillantes. Sus lab
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Cuerdas, órdenes y la confianza de soltarse. Escribo dominación y sumisión consentidas, donde perder el control es ganarlo todo.