Lo que pasó en el elevador
6 minLo que pasó en el elevador
La puerta del elevador se cerró con un suave *bip*, y Santiago sintió el primer sudor frío en la nuca. No era la primera vez que compartía el ascensor con Daniela, la vecina del cuarto piso, pero sí la primera que estaba solo con ella después de verla varias noches con esa bata de algodón casi transparente que dejaba entrever la curva de sus caderas al caminar hacia su puerta.
Ella entró con una bolsa de plástico en una mano y el celular en la otra, el pelo still mojado, pegado a los hombros, con gotas que rodaban por la curva de su espalda baja. Llevaba una camiseta ajustada, blanca, y debajo se adivinaba el contorno de sus pechos pequeños, redondeados, con pezones marcados como si la humedad los hubiera endurecido. Santiago bajó la mirada apenas —solo un fraccionamiento de segundo—, pero suficiente para sentir el latido acelerado en las sienes.
—Hoy llovió de todo un poco, ¿verdad? —dijo Daniela, sin mirarlo, como si la conversación fuera un reflejo automático, como saludo de vecinos, pero con algo más, un tono que rozaba lo íntimo.
—Sí, chupó. Ni siquiera tuve tiempo de meterme la camisa antes de bajar a cerrar la puerta del coche —respondió él, y al decirlo sintió la voz más grave, más lenta, como si su cuerpo ya estuviera anticipando algo que aún no había empezado.
El elevador subió con lentitud, y cada piso que pasaba se sentía como una cuenta regresiva. El número 3 parpadeó. El número 2. El número 1. El piso donde vivía ella estaba a punto. Santiago apretó los dedos contra el metal de la pared, sintiendo el frío del acero contra la palma. Ella se volvió entonces, por fin, y lo miró directo a los ojos. No era una mirada casual. No era la misma que usaba cuando lo saludaba en el estacionamiento con una sonrisa rápida y un movimiento de cabeza. Era una mirada abierta, pesada, como si ya hubiera decidido algo.
—¿Vives solo? —preguntó, y la pregunta cayó como una piedra en el agua estancada.
—Sí. Tú también, ¿no? —respondió él, y no era una pregunta, era una confirmación que ambos ya sabían.
Ella asintió, y con la mano libre se llevó un mechón de pelo mojado detrás de la oreja. El movimiento hizo que la camiseta se le subiera un poco más, dejando entrever la curva de su ombligo y la línea oscura que descendía hacia su abdomen plano, hacia el borde de su short de algodón, justo donde la tela se ajustaba al inicio de sus nalgas.
—Ayer te vi en el balcón —dijo—. Con ese libro que no recuerdo. Estabas quieto, mirando el cielo.
—Sí —dijo Santiago, y por primera vez, sintió que la respiración se le cortaba. No era solo por la mirada, era por cómo lo decía, por la forma en que su voz se deslizaba entre las palabras, como si ya hubiera pasado por su cabeza más de una vez.
—¿Y qué veías?
—No sé… las nubes. O si te digo la verdad, a veces no veía nada. Solo me sentía ahí, parado, con la mente puesta en otra parte.
Ella sonrió. No una sonrisa de burla, ni de complicidad. Una sonrisa de quienes saben que el silencio también puede ser una confesión.
—¿Y si te digo que yo también te veía?
El elevador llegó al cuarto piso. La puerta se abrió con un *clunk* suave. El sonido de las luces del pasillo entró como un corte. Pero neither se movió.
—¿Tú también me veías? —preguntó él, y la voz le salió más áspera, más baja.
—Cada vez que subías con esa bolsa de comida, con esa sudadera negra y los pantalones de tela que te quedaban bien en las caderas —dijo ella, y ahora sí lo miró de pies a cabeza—. Me gustaba verte entrar. No como vecina, Santiago. Como mujer.
Él no dijo nada. Solo dio un paso hacia adelante, sin romper el contacto visual. El espacio del elevador era pequeño, y con ese paso, ella ya no tenía hacia dónde retreat. El pasillo a su espalda estaba vacío, silencioso, con el eco de la lluvia que aún resonaba en los vidrios del edificio.
—¿Quieres que te invite a tomar algo? —preguntó él, y el tono no era una invitación. Era una petición, baja, firme, con el cuerpo ya inclinado hacia ella, como si la gravedad los estuviera arrastrando uno hacia el otro.
Ella no respondió con palabras. Solo se sacó la bolsa de una mano, la dejó caer al suelo con un golpe sordo, y se acercó hasta que el pecho le rozó la camiseta. El olor a jabón de limón y a piel mojada le llegó directo a la nariz. Él sintió el calor de su cuerpo a través de la tela, el leve temblor de sus manos al posarse sobre su pecho, sobre su camiseta.
—Yo no tomo nada que no sea con tu boca —dijo ella, y las palabras cayeron como una llave en la cerradura.
Entonces él la tomó por la cintura, con una mano firme sobre la tela del short, sintiendo el calor de su piel bajo la tela, y la atrajo contra él. No hubo dudas. No hubo titubeos. Solo el roce de sus cuerpos, el choque de sus respiraciones, el sonido de una respiración entrecortada que ya no sabía si era la suya o la de ella.
—¿Estás segura? —preguntó Santiago, y la pregunta salió con un hilo de voz, pero con la urgencia de quien ya sabe que no hay vuelta atrás.
—Estoy más segura de ti que de mi propia respiración —respondió ella, y entonces sus labios se encontraron.
Fue un beso lento, profundo, con las manos de ella subiendo por su cuello, con los dedos enredándose en su cabello, y con su cuerpo moviéndose contra el suyo, con esa necesidad que solo se siente cuando uno ha estado esperando demasiado.
Él la besó con los ojos cerrados, con la lengua rozando su labio inferior hasta que ella lo invitó a entrar. Y cuando lo hizo, sintió su lengua, tibia, húmeda, con el sabor a limón y a algo más, algo que no tenía nombre, pero que él ya quería repetir.
—¿Quieres que suba? —le preguntó él, contra su boca, con la mano ya deslizándose por su cadera, rozando el borde de su short, sintiendo el calor de su piel.
—Sí —susurró ella—. Pero primero, déjame verte.
Y entonces, con lentitud, con ternura, con la misma mirada que lo había visto desde lejos, ella le quitó la camiseta. Lo hizo con cuidado, como si fuera un regalo envuelto en papel fino. Y cuando la camiseta cayó al suelo, él sintió el aire frío contra el pecho, pero también la mirada de ella, fija, intensa, como si estuviera aprendiéndose cada curva de su cuerpo, cada cicatriz, cada marca.
—Hermoso —dijo ella, y la palabra sonó como una bendición.
Y entonces, sin más palabras, lo tomó de la mano y lo condujo hacia su puerta.
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Mirar también es tocar. Me fascina el detalle, la tensión de lo que se observa sin que el otro lo sepa. El voyeur soy yo, y a veces tú.