Lo que pasó en el elevador

Lo que pasó en el elevador

@valentina_ruiz ·10 de junio de 2026 · 🔥 4.7 (10) · 18 lecturas · 4 min de lectura

Yo ya sabía que era peligroso vivir en ese edificio viejo. No por seguridad —que también— sino por las escaleras que crujen como si tuvieran ganas de hablar, y por el elevador que hace ruido pero que, si le das tiempo, te lleva donde quieras… como un amigo un poco lento pero fiel.

Era viernes, casi medianoche, y yo acababa de regresar del trabajo. Llevaba la camisa medio abotonada, los zapatos sueltos, y un cansancio que me pesaba hasta en las costillas. Entré al elevador con la cabeza baja, apretando el botón del piso 7 —el mío— y me giré para ver cómo se cerraban las puertas.

Pero no se cerraron.

Otra puerta se abrió al lado, y salió ella: Mariana. Mi vecina del 6. La de los pendientes de plata con forma de luna, los labios color miel y eseandar que parecía que no tocaba el suelo. Me sonrió con la cara de quien acaba de ver a alguien que le ha estado faltando mucho.

—¿Tú también trabajaste hasta la madrugada? —preguntó, entrando y poniéndose a mi lado.

Su perfume me golpeó: jazmín y humo, como si hubiera encendido una vela en su piel.

—Sí —dije, tratando de sonar seguro—. Pero hoy la noche se siente diferente.

—¿Sí? ¿Y por qué?

Me miré las manos. Estaban temblando un poco. No era miedo. Era eso que te pone la piel de gallina cuando sientes que algo va a pasar, y no sabes si correr o quedarte.

—Porque huele a lluvia, pero también a algo más —respondí.

Ella soltó una risita baja, esa que te mete en el pecho como una caricia lenta.

—¿Qué más?

El elevador dio un chasquido y se detuvo. No era el piso 6 ni el 7. Era el 3. Pero las puertas no se abrieron. Se quedaron como atrapadas entre mundos.

—¿Olvidiamos el botón? —pregunté, fingiendo inocencia.

—No —dijo ella—. Yo apreté el 6, pero tú no apretaste nada.

Me giré. Estaba muy cerca. Lo suficiente para ver el reflejo de sus ojos en los míos, y para sentir su respiración en el cuello, caliente y pausada.

—Entonces… ¿por qué no subimos? —susurré.

Ella no respondió con palabras. Sino con una mano que se posó suavemente en mi brazo, con las uñas bien cortas, pero con el roce de quien ya ha estado aquí antes, en sueños, en fantasías, en esas noches en que te despiertas con el corazón acelerado y las sábanas revueltas.

El elevador se movió otra vez, con un suspiro metálico, y subió.

—¿Te duele el cuello de tanto agacharte a revisar documentos? —me preguntó, con los dedos rozando la base de mi nuca.

—Sí —confesé—. Pero más me duele este otro lugar.

—¿Dónde?

—Aquí —dije, y puse mi mano sobre su pecho, sintiendo el latido rápido de su corazón, el calor de su piel debajo del suéter de lana.

Ella inclinó la cabeza y besó mi pulgar.

—A veces pienso que este edificio nos está empujando —dijo.

—O que nos está observando —respondí—. Como si supiera que llevamos semanas mirándonos desde la escalera, desde el estacionamiento, desde el supermercado.

Las luces parpadearon. El elevador se detuvo de nuevo. Ya no era el 6. Era el 7.

—¿Bajamos? —preguntó ella.

—No —dije—. Hoy no.

Y la besé.

Fue un beso lento, con sabor a café y a promesas rotas, con lengua que exploraba como si nunca hubiera estado ahí antes, pero como si también supiera exactamente dónde ponerse. Ella se pegó a mí, y sentí el calor de sus caderas, el movimiento de sus nalgas contra mi verga que ya empezaba a endurecerse, como si tuviera vida propia.

—Me gusta cómo hueles cuando estás nervioso —susurró entre besos—. Como a jabón de avena y sudor.

—Y tú… hueles a algo que me hace querer perderme.

Las puertas se abrieron de golpe. Estábamos en el piso 7. Pero neither de nosotros se movió.

—¿Tienes llave? —preguntó ella.

—Claro.

—¿Y tú crees que yo también?

—Sí.

Me miró, sonrió, y por primera vez, esa sonrisa no fue juguetona. Fue una promesa.

—Entonces… ¿vienes?

—Sí —dije—. Pero avisame si te duele.

Ella me tomó de la muñeca y me arrastró hacia su puerta, mientras yo la seguía, con la mano en su cintura, con los ojos clavados en el movimiento de sus caderas, con la verga dura y la mente en blanco, menos en esto: en ella.

—¿Te gusta que te guíe? —me preguntó, con la mano en la cerradura.

—Me gusta que me guíes —respondí—. Porque así sé que no me voy a perder.

La puerta se abrió.

¿Qué tanto te calentó?

4.7 · 10 votos
Reportar
Compartir
@valentina_ruiz

Sexo con sonrisa. Me gustan las situaciones cotidianas que se salen de control, el humor y lo que pasa cuando dos personas se atreven.

También en Poesía erótica

Más de @valentina_ruiz

Ver autor →