Lo que pasó en el elevador
4 minLo que pasó en el elevador
Yo soy Santiago, tengo 51 años, y vivo en este edificio desde hace trece. El edificio antiguo, de paredes que respiran historia y ascensor que se detiene como si pensara antes de moverse. Hoy, a las 21:47, subí con la cabeza baja, la camisa sin planchar del todo y la corbata deshecha tras una jornada que no terminaba. El ascensor subió lento, con ese chirrido de siempre, y cuando se detuvo en mi piso —el quinto—, ya no estaba solo.
Ella bajó del otro lado, con una bolsa de tela y el cabello suelto, oscuro, hasta la mitad de la espalda. Me fijé en ella porque ya la había visto antes: siempre con audífonos, caminando rápido, con esos jeans ajustados que marcan la curva de sus nalgas. Hoy me fijé más. Porque me miró. Yo, con mi barriga blanda y las canas que ya no me escondo, la miré a los ojos y no desvié la vista. Ella, que debe andar por los veintitrés, sonrió un poco, como si supiera algo que yo no.
—¿Llegó tarde otra vez? —dijo, y su voz era clara, como gotas de agua en una alberca vacía.
—Siempre —respondí, y me di cuenta de que sonreía yo también.
Ella se llamaba Lucía. Me lo dijo cuando volví a encontrarla en la planta baja, una hora después, saliendo del super. La bolsa ahora llevaba vino y pan. Me preguntó si me gustaba el tempranillo. Le dije que sí, y que no me importaba compartir si traía suficiente. Me miró como si ya me hubiera decidido.
—¿Subes? —me ofreció.
Subimos. El ascensor esta vez no chirrió. El aire se cargó de algo invisible pero denso, como cuando la electricidad se prepara para un relámpago. Ella se acercó a la pared, con las manos detrás de la cabeza, y me dejó ver su cuello, la curva de la clavícula bajo la camiseta fina. Me costó respirar. No porque fuera joven, sino porque tenía esa seguridad que solo dan los años —ella los tenía treinta, pero los lucía como si los hubiera vivido con cuidado, con intención.
—¿Cuántos años tienes? —le pregunté, por curiosidad más que por duda.
—Veintitrés —dijo, y se pasó la lengua por los labios—. ¿Y tú?
—Cincuenta y uno. Y ya no cuento los años de más.
Ella rio, suave, sin burla.
—Entonces soy como el café: mejor con los años. Pero tú ya estás madurito, ¿no?
—Sí —dije—, y ya no me da miedo decirlo.
Se acercó. Yo no me moví. Déjala venir, me dije. Déjame ver cómo lo hace. Puso las manos en mi pecho, sintió la textura de la tela desigual, los latidos que ya no eran tan fuertes pero sí más firmes. Me incliné, y ella alzó la cara. Nuestros labios no se tocaron al principio. Sólo respiramos juntos, como si estuviéramos aprendiendo el mismo idioma.
—¿Puedo tocarte? —pregunté, y me sonó a confesión.
Ella asintió, y entonces sí me incliné. El beso fue lento, con la fuerza de algo que llevaba mucho tiempo callado. Su boca era suave, húmeda, con sabor a vino y a promesa. Metí los dedos en su cabello, sentí la textura fina, y ella susurró: “Sí, Santiago, sí”.
Subimos a su departamento. La cama era baja, con sábanas blancas y almohadas hundidas. No había prisa. Yo me deshice de la camisa, y ella se quitó la camiseta despacio, como si cada movimiento fuera un capítulo. Me mostró los pechos pequeños, redondos, con pezones que se erizaron cuando supe dónde colocar la boca. Me respondió con las manos en mis muslos, apretando, buscando.
—Tú sabes hacerlo —dijo, y no era pregunta.
—Lo aprendí con los años —le dije, y le abrí las piernas con la mano.
Ella se movió contra mi cuerpo, con esa naturalidad que solo tiene quien ya sabe lo que quiere y no le da vergüenza pedirlo. Me quitó el pantalón, me tomó la verga en la mano y la apretó con fuerza, como quien agarra un vaso de tequila bien frío. Me miró mientras la movía, y yo sentí ese nudo que se forma en la garganta cuando sabes que algo está a punto de romperse.
—Quiero verte —me pidió—. Quiero ver cómo te goes.
Y ahí, en su cama, con la luz tenue y el eco de la ciudad afuera, cogí a Lucía con calma, con ese ritmo que solo los maduros sabemos: pausado, saboreado, como si cada segundo fuera una promesa que no queremos romper. Ella me pedía más, me decía “sí”, “sí así”, “sí, Santiago, sí”, y yo la sentí temblar antes que yo, con una intensidad que no es de la juventud, sino de la entrega.
Después, con ella recostada en mi pecho, el sudor seco, el corazón aún acelerado, me acarició el brazo y dijo:
—Otra vez, ¿sí?
Yo la besé en la frente.
—Siempre.
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