Lo que pasó en el depto. 3B

@mateo_cruz ·2 de mayo de 2026 · ★ 4.3 (10) · 1,895 lecturas · 6 min de lectura

Recuerdo cada detalle como si hubiera ocurrido ayer, aunque fueron tres años atrás, y aún me tiemblan las manos al revivirlo. No fue planeado, ni siquiera anticipado —fue un choque de nervios, sudor frío y un deseo que no supimos controlar.

Era jueves, noche de lluvia suave, la que trae humo y olor a tierra mojada en la Ciudad de México. Yo —Mateo, 29 años, contador, soltero, con la vida un poco estática— subí las escaleras del edificio nuevo de la colonia Roma Norte con una pizza de pepperoni y una cerveza helada para mi vecina del 3B, Alma. Había ayudado a mover su sofá la semana anterior, se me quedó viendo la camiseta mojada por el esfuerzo y me sonrió con ese brillo que no esperaba. Me llamó *“cuate”* y me ofreció un café. Me llamó *“cuate”* otras tres veces después. Nada más.

Esa noche, al tocar su timbre, me abrió con una bata de algodón color crema, abierta hasta las caderas, y debajo, nada. No me lo dijo, pero lo sentí en el aire: el calor del baño recién usado, el perfume de vainilla y canela, y el latido acelerado que debía tener ella también. Tenía el cabello suelto, húmedo aún, rizado en las puntas, y los pies descalzos, con las uñas de los pies pintadas de rojo oscuro.

—¿La pizza o el café primero? —le pregunté, intentando sonar seguro.

—Los dos… pero primero la pizza.

Entré. El depto. 3B era pequeño, limpio, con fotos de family en la pared, una planta de espatifilo en la esquina y el olor a lavanda de su detergente. Se sentó en el sofá, cruzó las piernas, y me pasó la cerveza sin quitarse la bata. Me senté frente a ella, entre más cerca me ponía, más sentía que el mundo se achicaba. Las rodillas casi se tocaban. Me miró, se mordió el labio inferior, y por un segundo, el silencio fue tan fuerte que oí el zumbido del refrigerador.

—¿Te gustan las pizzas con mucho queso? —preguntó, casi como un pretexto.

—Mucho. Especialmente cuando la masa está bien crujiente.

—A mí también. Como a los niños pequeños.

Se rio suave, y ese sonido me hizo algo que no esperaba: me apretó el pene dentro del pantalón. No fue intencional. Fue un reflejo. Como si mi cuerpo hubiera decidido hablar antes que mi mente.

—¿Estás bien? —me preguntó, fijando su mirada en la entrepierna.

—Sí —mentí—. Solo un calorcito por la lluvia.

Se levantó, fue a la cocina, regresó con dos platos y una cuchara de plata. Me tendió uno.

—¿Quieres probar?

—¿De qué?

—De la pizza. Pero… primero, de mí.

No entendí. Hasta que me ofreció un trozo de pizza con la punta de la cuchara. Me acerqué, mordí, y ella no retiró la cuchara. Me miró fijo, con los ojos medio cerrados, y mientras tragué, su lengua pasó por sus propios labios, lenta, intencional. Me devoraba con la mirada. Sentí el calor subirme por la nuca.

—¿Quieres más?

—Sí —dije, esta vez con voz más firme.

Me acerqué hasta que mis rodillas tocaron las suyas. La bata se abrió más al moverme. Vi el inicio de su pubis, redondeado, cubierto por un vello rubio claro, y el borde de su slip de seda negra. No era necesario que lo llevara, pero me gustó que así fuera: que tuviera ese pequeño secreto entre ella y yo.

—¿Te importa si…? —empecé.

—No. Haz lo que sientas.

Le acaricié la cara, luego el cuello, y con la yema de los dedos bajé hasta el borde de la bata. La abrí más, dejando al descubierto los pechos, pequeños, firmes, con pezones morenos y duros. Me incliné, besé uno suavemente, y ella soltó un suspiro que sonó como una oración. Entonces, con lentitud de quemar la llama lenta, bajé más, besé el centro de su abdomen, y deslicé los dedos hasta el borde del slip. Lo separé con cuidado, sin quitarlo del todo, y allí lo vi: su coño, hinchado, ya mojado, con los labios oscuros y brillantes, como cerezas maduras bajo la luz tenue.

Me puse de rodillas entre sus piernas. Ella se inclinó hacia atrás, apoyada en los codos, y me miró. No parpadeó. Me tomó una mano y la puso sobre su clítoris. Me tembló la mano, pero no la retiró. Sentí el pulso allí, rápido, vivo.

—Así… sí —susurró.

Bajé la cabeza y la toqué con la lengua. Un sabor dulce, salado, suave. Ella gimió, bajó las manos a mi cabello, y me empujó más cerca. Volví a pasar la lengua, esta vez de abajo hacia arriba, abrazando todo su pubis, sus labios, su clítoris ya endurecido como un grano de arándano. Le separé los labios con los dedos y la lamí con más profundidad, como si estuviera chupando un chilacayote maduro. Ella se arqueó, soltó un grito ahogado, y me agarró más fuerte.

—Mateo… por favor… —dijo, y su voz sonó rota, vulnerable.

Le separé más los labios, metí la lengua dentro, y la sentí temblar. Me puse de pie, la tomé de las manos, y la levanté. La besé. Su boca era cálida, con sabor a pizza y vainilla. Me abrió la camisa, me desabrochó el cinturón, y sacó mi verga ya dura, tiesa, como una vara de acero. Me la tomó con la mano, suave, y me guió hacia el sofá.

—Acuéstate —le dije.

Ella obedeció. Me senté a su lado, la besé en el cuello, en los pechos, y luego, sin pedir permiso, metí la lengua dentro de su entrada. Ella se retorció, gritó mi nombre, y yo la lamí con más fuerza, mientras con un dedo la penetraba despacio, buscando su punto. Lo encontré. Se le pusieron los ojos blancos, y su cuerpo se estremeció como hojas de plátano en viento fuerte.

—No… no aguanto más —gimió.

Me levanté, me deshice del pantalón, y me puse frente a ella. Me pidió con los ojos que la cogiera. Le separé los labios con los dedos y la encajé la verga en la entrada. Se sentía apretada, caliente, viva. La empujé con cuidado, hasta el fondo. Ella soltó un grito largo, como si hubiera estado esperando eso desde siempre.

—Estás tan adentro… —murmuró, con los ojos cerrados.

Empecé a moverme, suave, lento, como si estuviera acariciando un pastel recién horneado. Ella me tomaba de las nalgas, me jalaba hacia ella, y sus gemidos se volvían más agudos, más desesperados. Me incliné, besé su cuello, y con la lengua tracé círculos en su oreja.

—Dime qué sientes —le susurré.

—Que me estás chingando… que no quiero que pare… que quiero más… —dijo entre jadeos.

Le besé los pechos otra vez, y cuando sentí que ella se venía, apreté sus nalgas, le clavé los dientes en el hombro, y la cogí con más fuerza, más rápido. Ella gritó mi nombre como una maldición, como una bendición. Su cuerpo se estremeció, sus músculos se contrajeron alrededor de mi verga, y yo no pude resistir más: me corrió dentro de ella, con fuerza, como si me estuviera vaciando por completo.

Me derrumbé sobre ella, sudado, sin aliento, y ella me abrazó, sin soltarme. Me besó el cabello, me acarició la espalda.

—Gracias —dijo.

—Por qué… gracias?

—Por no haberme dejado sola esta noche.

No supe qué responder. Solo la besé otra vez, lento, como si el mundo no existiera. Fuera, la lluvia seguía cayendo, pero dentro del depto. 3B, todo era calma, y el olor a sexo, a vainilla, a nosotros.

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