Lo que pasó en el departamento de al lado
9 minLo que pasó en el departamento de al lado
La lluvia golpeaba el techo del edificio como si alguien estuviera tirando piedras pequeñas contra el vidrio. Elena se quedó quieta en la cama, con la almohada apretada contra el pecho, escuchando el sonido de las gotas y, por debajo, el murmullo de la música que venía del departamento de al lado. No era ruidosa, no era estridente, pero sí íntima: una canción de jazz antiguo, con el saxofón que se arrastraba como una lengua lenta sobre la piel. Ella lo conocía bien. Era la misma que escuchaba cada viernes por la noche, cuando su marido estaba fuera de la ciudad por trabajo. Y cada vez que sonaba, ella sentía algo que no podía nombrar: una punzada de culpa, sí, pero también una sed que no se saciaba con el vino ni con los libros ni con las largas duchas.
Era la tercera vez que lo escuchaba esa semana.
Y la tercera vez que se levantó, se puso una bata de seda negra —la que él odiaba porque decía que le daba aspecto de bruja— y caminó hasta la puerta, sin pensar, sin planear, solo movida por un impulso que ya no podía contener.
La puerta de al lado estaba entreabierta.
No por descuido. No por error.
Por invitación.
Elena lo supo antes de tocar. El aire que salía del umbral olía a tabaco de cigarro, a sudor seco y a aceite de coco. A él. A Javier. Al hombre que vivía solo en el 3B, al que había visto caminar con la camisa abierta hasta el ombligo, con los pantalones ajustados que le marcaban las nalgas como si fueran pintadas a mano, al que le había sonreído tres veces en el elevador y nunca había hablado más allá de un “buenas noches”.
Ella tocó con los nudillos. Dos veces. Suave.
La música se detuvo.
Un silencio. Largo. Cargado.
Luego, una voz, baja, con ese acento de la Ciudad de México que le hacía sentir las palabras dentro del pecho: “¿Quién es?”
—Soy Elena. Del 3A.
La puerta se abrió.
Javier estaba de pie en la oscuridad, sin camisa, con solo unos jeans bajos que le colgaban de las caderas, y los pies descalzos. Su piel era morena, brillante por el sudor, y tenía un tatuaje en el costado: una serpiente enrollada en una rosa, con la cola perdida en el borde de su cintura. No tenía pelo en el pecho, solo un rastro fino que descendía hacia su ombligo, y allí se perdía. Tenía los ojos oscuros, profundos, y no los miraba con curiosidad, sino con una especie de reconocimiento. Como si ya lo supiera todo.
—¿Vienes a que te cante la canción? —preguntó, y su voz no era burlona. Era una pregunta, pero también una oferta.
Elena tragó saliva. No dijo nada. Solo entró.
La puerta se cerró detrás de ella con un clic suave.
La habitación estaba en penumbra. Solo una lámpara de pie iluminaba un rincón, y en el suelo, una alfombra de lana gruesa, desgastada por los pies descalzos. En la mesa, una botella de tequila, dos vasos pequeños, y un paquete de cigarros. No había rastro de su vida. Nada de fotos, nada de recuerdos. Solo silencio y sudor y calor.
—Tienes una voz bonita —dijo ella, sin mirarlo aún.
—La música, no yo.
—No. La música. La escuché. Cada viernes.
Él se acercó. Sin tocarla. Solo se detuvo a un paso, lo suficiente para que ella sintiera su aliento, caliente, con sabor a agave y a algo amargo, como el final de un beso mal dado.
—¿Y qué te hace venir ahora?
Elena levantó la vista. Lo miró por primera vez a los ojos. Y vio algo que no esperaba: no deseo, no sed, no hambre. Vio… reconocimiento. Como si él también hubiera estado esperando.
—No sé —dijo, y sus palabras se le quebraron un poco.
Javier no respondió. Se inclinó, tomó uno de los vasos, lo llenó con tequila y se lo ofreció. Ella lo tomó. No lo bebió. Lo sostuvo, y sintió cómo el frío del vidrio contrastaba con el calor de su mano.
—Tienes los dedos largos —dijo él, y sin pensar, levantó su propia mano y rozó con el pulgar la muñeca de ella. Un roce. Sólo eso. Pero Elena sintió como si le hubiera puesto fuego en la piel.
—Tú también —respondió ella, y por primera vez, sonrió.
Él la miró, y en sus ojos hubo algo que no era solo deseo. Era un pacto. Un silencio que ya se había dicho antes.
Se acercó más. Tan cerca que su pecho casi tocaba el suyo. Ella podía ver las venas que se dibujaban en su cuello, el latido lento, constante. Él no la besó. No la abrazó. Solo levantó una mano, lentamente, y le desabrochó el primer botón de la bata.
Elena no se movió.
El segundo botón.
El tercero.
La seda se abrió como una flor que se abre al amanecer.
Él miró sus pechos, cubiertos por un sujetador negro de encaje fino, y sus ojos se oscurecieron.
—¿Tienes miedo? —preguntó.
—No.
—¿Estás segura?
—No lo sé.
Él sonrió. No una sonrisa de triunfo. Una sonrisa de entendimiento.
Entonces, con los dedos, le quitó el sujetador. No con fuerza. Con cuidado. Como si estuviera deshaciendo un paquete que llevaba años esperando abrir. Sus pechos quedaron libres, redondos, con las pezoneras duras, y él los miró como si fueran una obra de arte que acababa de descubrir.
—Hermosos —dijo, y luego bajó la cabeza.
No la besó. No la mordió. Solo puso su boca sobre uno de ellos, y su lengua, suave y húmeda, trazó un círculo lento alrededor del pezón. Elena cerró los ojos. No gritó. No gemió. Solo respiró, profundo, como si estuviera sumergiéndose en el mar.
Él se levantó, y sin decir nada, se quitó los jeans. Ella lo vio. Su verga, larga, gruesa, con la piel ligeramente arrugada, y la punta húmeda. No estaba erecta del todo, pero no necesitaba estarlo. Ya la tenía. Ya la tenía en la mirada, en el aire, en el silencio que se había instalado entre ellos.
—¿Quieres que te corte? —preguntó él, y la voz le temblaba un poco.
—No —respondió ella, y tomó su mano.
Lo llevó hacia la cama. No la tiró. No lo empujó. Lo guió. Como si fuera un invitado de honor.
Se acostó. Él la siguió. Se recostó sobre ella, sin presionar, con el peso justo, con la piel caliente contra la suya. Ella sintió su verga apoyada en su muslo, y el calor que emanaba de él la hizo temblar.
—No me toques —susurró ella.
Él se detuvo.
—No quiero que me toques ahora.
Él asintió. No dijo nada. Solo se quedó encima de ella, con el pecho contra el suyo, con su respiración mezclándose con la suya, con su verga apoyada en su muslo, y con su boca cerca de su oreja.
—¿Qué quieres? —preguntó él, y su voz era casi un susurro.
—Quiero que me cogerás… pero que no me toques.
Él la miró. No entendía. Pero no preguntó.
Sólo bajó la cabeza y besó su cuello. Luego, su clavícula. Luego, su pecho otra vez. Y así, sin tocarle la vagina, sin metérsela, sin entrar, sin hacer nada más que rozarla con su cuerpo, con su calor, con su aliento, con su peso, comenzó a moverse lentamente sobre ella. Su verga se deslizaba entre sus muslos, y cada roce, cada empuje sutil, la llevaba más cerca del borde.
Elena no gritó. No se movió. Solo dejó que él la llevara. Que su cuerpo fuera el instrumento, que su peso fuera la música, que su respiración fuera el ritmo.
Y cuando el orgasmo la alcanzó, no fue un grito. Fue un suspiro. Largo. Profundo. Como si todo lo que había guardado durante años, todo lo que había callado, todo lo que había reprimido, se hubiera escapado por la boca.
Javier no se detuvo. Siguió moviéndose, suave, constante, hasta que ella sintió que su cuerpo se deshacía, que sus piernas se abrían sin querer, que su vagina se contrajo sin que nadie la tocara.
Entonces, él se detuvo.
La miró.
—¿Te gustó?
Elena lo miró, con los ojos vidriosos, con la boca entreabierta, con el cuerpo aún temblando.
—No lo sé —dijo—. Pero quiero que lo hagas otra vez.
Él sonrió. Esta vez, sí. Con toda la boca.
Y esta vez, sí la besó.
No fue un beso suave. Fue un beso que le robó el aire. Que le abrió la boca con la lengua, que la hizo gritar, que la hizo agarrarlo del cabello y tirar de él, que la hizo sentir que estaba siendo devorada, que era suya, que era su culpa, que era su pecado, que era su vida.
Y luego, él se levantó, se puso de rodillas entre sus piernas, y bajó la cabeza.
No la tocó con las manos.
Solo con la boca.
Y cuando su lengua rozó su clítoris, Elena gritó. No por sorpresa. Por reconocimiento. Porque ese momento, ese tacto, ese sabor, esa humedad, era lo que siempre había querido, pero nunca se atrevió a pedir.
Él la lamía, lento, profundo, como si estuviera bebiendo de ella. Como si cada gota fuera un recuerdo que quería guardar. Como si cada gemido suyo fuera una canción que quería aprender.
Y cuando ella se corrió por segunda vez, él se levantó, se subió encima de ella, y por fin, con una lentitud que la hizo llorar, entró.
No con fuerza. No con urgencia.
Con paciencia.
Con cariño.
Con necesidad.
Elena sintió su verga deslizándose dentro de ella, lenta, como si fuera el único lugar del mundo donde tenía derecho a estar. Y cuando él se hundió hasta el fondo, ella lo abrazó con todas sus fuerzas.
—No te vayas —susurró.
Él no respondió. Solo comenzó a moverse.
Lento. Profundo. Cada embestida era una promesa. Cada roce era un juramento. Cada gemido suyo era un perdón.
Ella lo sintió temblar antes de que él se corriera. Sintió cómo su cuerpo se tensaba, cómo su verga se hinchara dentro de ella, cómo su respiración se quebraba. Y cuando finalmente se desahogó, lo hizo con un grito ahogado en su cuello, como si temiera que alguien lo oyera.
Y no lo hizo.
Nadie oyó nada.
Solo la lluvia, que seguía cayendo, y la música, que volvió a sonar, suave, como si nunca se hubiera detenido.
Javier se deslizó fuera de ella, se acostó a su lado, y la abrazó. No con posesión. Con ternura.
—¿Qué harás mañana? —preguntó.
Elena se volvió hacia él. Lo miró. Y por primera vez, en su mirada, no había culpa.
—No lo sé —dijo.
—Yo tampoco.
Y se quedaron así, abrazados, sin hablar, sin moverse, mientras la lluvia cantaba su canción de siempre, y el tequila se enfriaba en la mesa, y el cigarro, apagado, seguía ardiendo en silencio.
Al día siguiente, Elena no fue a la oficina.
Javier no salió de su departamento.
Y la música siguió sonando.
Pero esta vez, no era sola.
Era suya.
¿Qué tanto te calentó?
Me gustan las noches largas y lo que se esconde en ellas. Dominación, control y esa tensión elegante de quien sabe lo que quiere.