Lo que pasó en el departamento de al lado
9 minLo que pasó en el departamento de al lado
Sí, lo confieso: desde que me mudé a este edificio, cada que subía las escaleras hacia el tercer piso, sentía el calor de sus ojos por la rendija de la puerta entreabierta. No fue intención mía mirar. Al principio. Pero hay momentos en que la curiosidad se vuelve más fuerte que la vergüenza, sobre todo cuando esa curiosidad huele a sudor, perfume caro y algo que suena como un grito contenido tras una pared de concreto fino.
Me llamo Érika, tengo treinta y dos años, soy contadora en una firma de auditoría que no me deja tiempo ni energía para otra cosa que no sean números y reuniones aburridas. Mi vida era un monótono vaivén: casa-trabajo-cama. Hasta que conocí a la vecina del 3B.
Su nombre es Lucía. Al menos así lo supuse al principio. Solo la había visto en el pasillo, siempre con pantalones ajustados que marcaban sus nalgas como si las hubiera forjado un escultor obsesionado con la perfección femenina. Cabello negro, lacio, largo hasta la cintura, y ojos castaños que parecían de gato: agudos, desconfiados, pero capaces de derretirse en una sonrisa si le daban ganas. Nunca me saludó. Pero una vez, cuando bajé el basurero a las 2 de la madrugada con una camiseta delgada y pantalón corto, ella abrió su puerta con un vaso de leche en la mano y me miró… no con asco, ni con fastidio, sino con algo más peligroso: interés.
—¿Tú vives aquí? —preguntó, como si sospechara que yo también era nocturna.
—Sí —respondí, apretando el basurero con las dos manos como si fuera un escudo.
—Ah —dijo, y no dijo más. Cerró la puerta, pero no antes de que yo notara que su camisón blanco —porque eso llevaba, nada más— dejaba ver la silueta de sus pechos pequeños, firmes, y la línea oscura de su ombligo.
Esa noche, no pude dormir. Me dije que era por el calor. Que el edificio está en la zona de Polanco, pero las paredes son viejas, y el aire acondicionado del vecino del 3B siempre está a 16 grados, y el ruido de su compresor se escucha hasta en mi cuarto. Pero la verdad es que no era el aire acondicionado. Era ella.
Empecé a escucharla.
No sabía si era por las noches o por las mañanas. A veces eran risas, otras gemidos bajos, como si estuviera conteniéndolos para no molestar. Una vez, pasé frente a su puerta con el audífono del vecino —sí, lo sé, es ridículo— y escuché una voz, la suya, temblorosa, diciendo:
—Más fuerte… que sienta que te agarro.
Me congelé. Me quedé plantada ahí, con el audífono en la oreja y el corazón a mil. No me moví hasta que el ruido cesó.
Pero algo cambió entre nosotros después de eso. Ya no era solo la mirada fugaz en el pasillo. Me empezó a sonreír. Una sonrisa lenta, de labios entreabiertos, como si supiera algo que yo no. Y luego, un jueves, cuando regresaba del trabajo con una falda ceñida hasta las rodillas y tacones que me dolían más que el trabajo, ella abrió la puerta justo cuando yo pasaba.
—¿Te molesto? —me preguntó, con el pelo húmedo, como si acabara de salir del baño. Llevaba una bata de algodón blanco, abierta hasta la cadera.
—No —dije, mordiéndome el labio antes de que se me escapara algo más.
—¿Te gustaría entrar un momento? —preguntó, y no esperó respuesta. Se apartó, abrió la puerta de par en par, y me dejó pasar.
Entré como quien entra a un sueño: sin creer que va a despertar.
El departamento era oscuro, con luces tenues de velas en los marcos de las puertas. Olor a sándalo, a sudor, a algo dulce y agrio a la vez. El suelo era de madera, fría bajo mis pies descalzos —me había quitado los tacos al entrar, sin pensarlo.
—Siéntate —me dijo Lucía, caminando hacia el fondo del departamento.
Yo me senté en el sofá, de cuero negro, y la observé mientras se quitaba la bata. No con prisa, no con timidez. Con una lentitud que era una promesa. La bata se deslizó por sus hombros, dejando al descubierto un sujetador de encaje negro, sin alambres, que apenas contenía sus pechos redondos y firmes. No eran grandes, pero perfectos, con pezones oscuros y hinchados.
—No me mires así —dijo, y por primera vez, su voz no era segura. Sonaba vulnerable. Y eso fue lo que me hizo respirar hondo.
—¿Cómo? —pregunté, con la voz un poco ronca.
—Como si estuvieras viendo algo que no debieras ver —respondió, acercándose.
—¿Y si quiero verlo? —le dije, y me levanté.
Caminé hacia ella, lento. Me detuve a un metro. La vi tragar saliva.
—¿Y si no me importa? —añadí.
Entonces, ella me tomó de la muñeca. Me jaló hacia ella. Me obligó a ponerme de pie. Me acercó la cara hasta mi cuello.
—Entonces quédate —susurró.
Y me besó.
No fue un beso de saludo. No fue un beso de curiosidad. Fue un beso de hambre. De ganas. De algo que se había estado acumulando desde que la vi por primera vez.
Su boca era suave pero firme, con labios ligeramente hinchados, como si los hubiera estado chupando todo el día. Me besó con lengua, con mordiscos, con mordisco leve en mi labio inferior antes de abrir la boca y dejarme entrar.
Me pegó contra la pared.
Yo le puse las manos en la cintura, sentí su piel caliente, sudorosa. Se le apretaron los músculos del estómago cuando le pasé los dedos por debajo de la falda —no era falda, era una minifalda negra de tela elástica, que apenas cubría sus nalgas.
—¿Tienes condón? —me preguntó, sin soltar mi boca, apenas entre besos.
—No —respondí.
—Yo tampoco —dijo, y me soltó.
Pero no se alejó. Me miró a los ojos, con los dedos en el elástico de mi falda.
—Entonces no es para hoy. O sí —añadió, y tiró de la falda. Me la bajó hasta las rodillas, y luego de un movimiento, se la quitó del todo. Quedé en ropa interior: bragas negras de corte alto, y un top que apenas contenía mis pechos.
Ella me miró como si yo fuera su próxima comida.
—Eres hermosa —dijo, y me palmeó el culo.
—¿Tú también? —le pregunté, y le dije: —Quítate todo.
Y lo hizo.
Me dejó verla. Me dejó mirarla.
Se quitó la minifalda, luego el sujetador, y luego… nada más. Estaba desnuda frente a mí, con la piel morena y luminosa, con un tatuaje pequeño en la cadera: una serpiente enrollada en una rosa.
—¿Te gusta? —preguntó.
—Sí —dije.
—¿Quieres ver cómo me gusta a mí?
—Sí —repetí, y me acerqué.
Me puse de rodillas frente a ella. No dudé. No me detuve.
Le separé las piernas con las manos, y cuando vi su sexo, se me cortó la respiración. Estaba húmeda, brillante, con los labios oscuros, hinchados, abiertos como si me estuviera esperando.
Le pasé la lengua.
Ella jadeó. Me agarreó el cabello.
—Más —dijo. —Más fuerte.
Y yo lo hice. Le lamí con ganas, con hambre, con la boca pegada a su vulva, chupando su clítoris, metiendo dos dedos dentro de ella. Se puso rígida. Se le tensaron los muslos.
—Estás… estás tan buena —le dije, y ella me respondió con un gemido que sonó como un lamento.
—Tú también… —dijo, y me jaló hacia arriba.
Me quitó el top. Me besó de nuevo. Me sentí pequeña, débil, queriendo más.
—¿Quieres que te coja? —me preguntó, y al decirlo, me puso la verga en la mano.
No era grande, pero sí dura, caliente, con el prepucio oscuro y la cabeza húmeda.
—Sí —respondí.
—¿Quieres que te chupe primero?
—Sí —volví a decir.
Se puso de pie, me sentó en el sofá, y me abrió las piernas. Me puso las rodillas en los codos, y me bajó las bragas. Me lamí la lengua una vez, dos veces, y luego me metió los dedos en la boca.
—Chúpame —me ordenó.
Y lo hice.
Me la chupé con cuidado, con la lengua, con los labios, con la garganta. Me la chupé hasta que me temblaban las manos y se le erizó la piel.
—Ahora… —dijo, y me dio vuelta. Me puso de cuero, con las manos en el respaldo del sofá, y me abrió las nalgas con las manos.
—¿Estás lista? —preguntó.
—Sí —dije.
Me puso una mano en la cintura, y con la otra, me metió la verga.
No fue rápido. No fue brusco. Fue lento, húmedo, profundo.
Me abrió. Me estiró. Me filló.
—Estás tan apretada —murmuró, y me dio un beso en la nuca.
Y empezó a moverse.
Con calma. Con fuerza. Con ganas.
Me cogía con lentitud, y luego con más rapidez, y luego con fuerza, y luego con ternura.
Yo gritaba. Ella me decía “sí”, “así”, “más”, “no pares”.
Y yo me sentía libre.
Libre de todo: del trabajo, del jefe, de los vecinos, de la vida.
Solo ella. Solo yo. Solo el sonido de su respiración, de mi respiración, de la madera que crujía bajo mis rodillas, de su pecho contra mi espalda, de su manos en mis pechos, de sus dientes en mi hombro.
Y cuando se corrió, lo hizo con un grito que no intentó contener.
—¡Mierda, Érika! —gritó. —¡Me vas a matar!
Y yo me corrí justo después, cuando me metió los dedos en el clítoris, y me empujó la verga hasta el fondo.
Quedamos así: ella encima de mí, sus brazos alrededor de mi cuello, su cara contra mi cuello, jadeando, sudando, con los ojos cerrados.
—¿Qué hacemos ahora? —le pregunté.
—Lo que tú quieras —dijo.
—¿Segura?
—Sí —dijo, y me dio un beso en la oreja. —Porque esto no se va a quedar en una noche.
Y yo creí en eso.
Porque desde ese día, cada vez que paso frente a su puerta, ya no siento curiosidad.
Siento ganas.
Siento deseo.
Siento que soy una mala persona.
Y me gusta.
Me gusta ser mala.
Me gusta saber que ella me espera.
Me gusta saber que ella me quiere.
Me gusta saber que, cada vez que abro mi puerta, puedo escuchar si ella está sola.
Y si lo está…
Bueno.
Esa es otra historia.
Pero esta?
Esta fue la primera.
Y la más intensa.
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