Lo que pasó en el cumpleaños de la vecina

@renata_sol ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

La primera vez que vi a Camila con ropa de baño, pensée que era un error del destino. No, no era error, era pura mala suerte… o buena, según cómo se mire. Pero esa noche, en el cumpleaños de la vecina del piso de arriba —sí, esa que siempre olía a incienso y tenía las luces bajas hasta las tantas—, todo cambió.

Me llamo Sofía, tengo 31, soy arquitecta freelance, y hasta ese día, mi vida sexual era como un café sin azúcar: amargo, solito, sin sorpresas. Me gustaban los hombres, claro, pero también me pasaba rato mirando fotos de mujeres en Instagram, sobre todo esas que tenían el pelo rizado y una risa que parecía música de salsa vieja. Pero nunca había actuado. Hasta que me dije: "Sofía, si no lo haces ahora, nunca lo vas a hacer".

La vecina del piso 3B —sí, esa con el nombre de flor: Camila— me había estado mirando desde hacía semanas. No de manera rara, sino como cuando alguien nota que estás linda, sin pretensiones, solo… viéndote. Y yo, que ya tenía treinta y un años y un par de cicatrices en el alma por malos encuentros, empecé a prestarle atención. En el ascensor, se ponía siempre a mi lado, aunque no fuera necesario. En la entrada, me decía "buenos días, reina" con esa voz que parecía miel derretida. Y yo, con mi voseo paisa que a veces me sale sin querer, le respondía: "¡Ay, qué bonita estás hoy, camina! ¿Te hiciste algo con el pelo?".

Esa noche, el cumpleaños de la vecina del piso 4A —una tal Lucía, que siempre usaba vestidos largos y perfume de viejo perfume francés—, Camila me dijo: "¿Vas a ir? Es en casa de Lucía, a las 8. Te va a encantar". Y me guiñó un ojo. No fue un guiño cualquiera. Fue ese tipo de guiño que te pone los pelos de punta, como una descarga eléctrica en el cuello.

Fui. Me puse un vestido negro, ajustado pero no exagerado, con un escote que dejaba ver lo justo sin ser llamativo. Me maquillé con cuidado, no demasiado, solo lo necesario para que me brillaran los labios. Me sentí… lista.

Cuando llegué, el apartamento ya estaba lleno. Música suave, luces tenues, vino barato pero bueno, y personas que parecían conocerse desde siempre. Camila estaba en la cocina, sirviéndole vino a un tipo alto, moreno, de esos que parecen sacados de una novela romántica. Pero cuando me vio, dejó el frasco en la encimera y se acercó.

—¡Sofía! —dijo, y me besó la mejilla. Pero no fue un beso de mejilla cualquiera. Fue un beso con la cabeza ligeramente inclinada, como si le costara separarse. Me pasó la mano por el brazo al alejarse. Y yo, que ya tenía el corazón acelerado, le dije: —¿Viste que me pusieron el pelo así? —Sí, reina —dijo ella, con una sonrisa que no le alcanzaba la boca—. Queda divino.

Pasó una hora. Yo hablé con dos hombres, uno de ellos era el tipo del vino, y resultó ser amigo de Camila desde la universidad. Hablamos de arquitectura, de viajes, de ese lugar en Guatapé que todos queremos visitar pero nunca vamos. Pero mientras yo hablaba con él, mis ojos siempre volvían a Camila. Ella estaba en el sofá, con una amiga suya, riéndose de algo que le dijo. Su mano descansaba sobre la rodilla de la otra, y la otra le acariciaba el muslo con una naturalidad que me hizo tragar seco.

Me acerqué. Me ofrecí a traerles más vino.

—¿Quieres sentarte? —me preguntó Camila, mientras le quitaba una uva de la mano a su amiga y me la ofrecía—. Esta es mi ex, por cierto. Aunque ya no es ex, es más bien… una amiga con historial.

La otra mujer me sonrió, y me di cuenta de que era linda, con esa clase de belleza que no es agresiva, sino cálida. Se llamaba Valentina. Nos abrazamos como si nos conociéramos desde niños. Y en ese abrazo, sentí que algo cambió. No era celos. Era curiosidad. Era… apertura.

—¿Tú también estás sola esta noche? —me preguntó Camila, acercándose.

—No estoy *sola* —le dije, y le guiñé el ojo—. Solo no tengo pareja.

—Ah —dijo ella, y me miró fijo—. Eso es triste.

—No tan triste —respondí—. Pero hoy, por suerte, tengo vino, buena música y vecinas muy lindas.

Rieron las dos. Y Valentina, que ya tenía dos copas de más, dijo: —¿Y si ahora la llevas a tu casa, Cami? Que me parece que la reina necesita un poco de privacidad.

No fue una sugerencia. Fue una orden. Pero Camila, con esa mirada que ya me conocía, le respondió: —No, no la voy a llevar. Ella es libre. Y si quiere venir… que venga.

Fue como una llave en la cerradura. Sentí que algo se abría dentro de mí. Me levanté, tomé mi vaso, y le dije: —Si me acompañas a tomar algo al balcón, te cuento lo que pasó el otro día con el arquitecto de Medellín.

Y así fue. Subimos al balcón. La ciudad brillaba abajo, y el viento traía el aroma a gardenias de la maceta de la vecina. Camila se sentó a mi lado, y nos quedamos callados un buen rato, mirando las luces, bebiendo vino.

—¿Sabes qué me gusta de ti? —me dijo al final—. Que no te escondes. Que te miras, te ves, y te gustas. Eso es raro.

—Y a ti te gusta mirar —le dije—. No me digas que no.

Ella se rió, y me pasó la mano por la nuca. Me acarició el cuello, despacio, como si estuviera tocando algo precioso. Y yo, con el vino y la oscuridad y ese silencio tan íntimo, cerré los ojos y le dije: —¿Me besas?

No me respondió con palabras. Me besó.

Fue un beso lento, dulce, con sabor a vino y a promesa. Sus labios eran suaves, pero firmes. Me acurrillé contra ella, y ella me abrazó por la cintura, tirándome un poco hacia ella. Me mordió el labio inferior, y yo le pasé la lengua por los dientes, pidiendo más. Y ella me lo dio.

Nos quedamos así un buen rato, con las manos perdidas, con respiraciones entrecortadas, con miradas que se decían mil cosas sin necesidad de palabras.

—¿Quieres entrar? —me preguntó ella, sin soltarme.

—Sí —le dije—. Pero solo si me prometes que no me vas a dejar sola.

Ella me sonrió, me tomó de la mano, y me llevó al cuarto de invitados. No hubo prisa. No hubo nervios. Solo desvestirse despacio, mirar con atención, tocar con cuidado. Cuando me quitó el vestido, me besó el cuello y me dijo: —Eres hermosa, Sofía.

Me volví loca. Me deshice en ella. Me puse de rodillas y le desabrochó el corsé —sí, con corsé, como en las películas—. Le besé el pecho, le chupé los pezones, y cuando me pidió que le mordiera la oreja, lo hice con fuerza, con ganas, con todo lo que llevaba guardado.

Luego, me volvió a levantar, me sentó sobre la cama, y me quitó la ropa interior con una lentitud que me hizo temblar. Me separó las piernas, me miró el centro, y me dijo: —Qué rico estás.

Y se inclinó.

Fue como una tormenta de placer. Su lengua, su boca, su nariz contra mí, todo a la vez. Me lamía, me chupaba, me mordisqueaba suavemente, y yo me agarraba de las sábanas, gritando su nombre en voz baja, como si el mundo entero pudiera oírme. Cuando me dio el clítoris con los dedos y la lengua juntos, me deshice. Me tembló todo el cuerpo, y grité su nombre como si fuera un himno.

Me levanté entonces, la empujé suavemente hacia atrás, y me acerqué a ella. Le desabotonó la blusa, le bajó la falda, y cuando vi su cuerpo desnudo, sentí que el mundo se detenía. Tenía el culo redondo, firme, con una curva perfecta. Y entre sus piernas, un pito tieso que me pidió a gritos que lo tomara.

Me arrodillé entre sus muslos, le abrí los labios con la mano, y le besé el centro. Le lamí despacio, subiendo y bajando, mientras le mordía los muslos y le acariciaba las nalgas. Ella gimió, me agaró del pelo, y me dijo: —Sí, así, Sofía… sí, reina.

Me levanté entonces, le tomé

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