Cuando me garché a la hermana de mi novio y el hermano de mi novia en la misma noche

Cuando me garché a la hermana de mi novio y el hermano de mi novia en la misma noche

@valeria_storm ·30 de junio de 2026 · 🔥 4.2 (29) · 21 lecturas · 4 min de lectura

La primera vez que vi a Luna—la hermana de mi novio, Matías—me paralizó el aliento. Estábamos en el bar de la esquina, una noche de viernes que olía a humo de cigarro y cerveza barata, y ella entró con una camiseta ajustada, pelos negros sueltos hasta la cintura, y esas piernas que no cerraban ni por curiosidad. Yo ya tenía a Fernanda, mi novia del momento, sentada a mi lado, jugando con la lengua en el borde de su vaso de gin tonic. Pero cuando Luna se sentó en el banco de enfrente, con los codos apoyados en la mesa y una sonrisa que sabía dónde iba a parar, sentí un calor en la entrepierna que no tenía nada que ver con la cerveza.

—¿Qué mirás, piña? —me preguntó Matías, dándome una palmada en la espalda. —Nada, hermano —mentí, tragando saliva—. Solo veo qué se come el gato.

Luna se rió, esa risa que se le rompía en el pecho y le hacía temblar los pechos bajo la camiseta. Me miró直直, sin pestañear, como si ya supiera lo que iba a pasar. Y pasó.

Después de unas horas—y dos copas más—Fernanda se levantó con un “vuelvo en cinco”, y Luna se inclinó hacia adelante, con las uñas pintadas de negro apoyadas en la mesa, y me dijo: —¿Te dan ganas de coger conmigo? Yo no tuve que pensar ni un segundo. —Sí —dije, y le toqué la rodilla con la punta del pie—. Desde que entraste.

La seguí hasta el baño, una cabina pequeña, oscura, con olor a perfume caro y sudor. Cuando cerró la puerta, Luna me agarró de la camiseta y me jalo hacia adelante hasta que sentí su aliento en el cuello. —Dime qué querés hacer conmigo —susurró—. No me tires poesía.

—Quiero garcharte —dije, y le apreté la cintura con las manos—. Quiero meterle la lengua hasta que no pueda más. Quiero ver cómo te mueve el culo cuando te agacho para cagar.

Ella me besó entonces, con los labios húmedos y la lengua firme, y mientras nos mordíamos y nos chupábamos los labios hasta sangrar un poco, me desabrochó el jeans y me sacó la polla. Ya estaba dura, bien dura, y Luna me agarró con una mano, me miró a los ojos, y me dijo: —Vas a salir de acá con la garganta seca, piña.

Fue lento al principio, con la boca y los dedos, hasta que me pidió que la levantara. Ella se subió al lavatorio, con las piernas abiertas y el culo pegado al espejo, y yo me arrodillé frente a ella, le abrí la vulva con los dedos y le metí la lengua de golpe. Gimió como una perra en celo, con la cabeza hacia atrás y las uñas clavadas en el mármol. Le lamí el clítoris, le chupé los labios, le mordí el muslo interno hasta que se le saltaron lágrimas de la cara. Cuando se corrió, me pidió que la metiera.

Me puse de pie, me puse el condón (ella me lo sacó de la bolsita de plástico que llevaba en el bolso—una mujer preparada), y la empujé contra el espejo. La entré de a poco, sentí su calor apretándome, su coño húmedo y tembloroso. Me moví lento, mirándole los ojos, hasta que me pidió que le agarrara las nalgas y le diera más fuerte. Cuando me corrió, se aferró a mis hombros y me mordió el cuello.

—Me la pasé bien —dijo, entre jadeos—. Ahora... ¿y si llamamos a Fernanda?

Me miré en el espejo, con la polla still dura y la camiseta almidonada de sudor. Luna ya se estaba vestiendo, con una sonrisa pícara, y me lanzó el celular. —Llamá a tu novia —dijo—. Le decís que venga. Le contás todo. Y si ella también se anima… bienvenida al infierno, piña.

Fernanda respondió enseguida. —¿Y qué onda? —preguntó. —Estoy con Luna —dije—. Ya la garché. ¿Querés venir a ver cómo le meto otra vez?

Ella se rió, y en ese risa había algo que no había visto antes: sed, hambre, curiosidad. —Voy —dijo—. Pero que sepa que la voy a coger después.

Luna se acercó a mí, me pasó la lengua por la oreja, y me dijo: —Bienvenida al infierno, hermana.

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Sin esperar a mañana. Encuentros casuales, deseo inmediato, esa urgencia de quererlo todo ya. Escribo el ahora.

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