Lo que pasó en el cumple de Lucía

Lo que pasó en el cumple de Lucía

@camila_rios ·18 de junio de 2026 · 🔥 4.8 (6) · 113 lecturas · 7 min de lectura

Volví a casa con las manos sudadas y el corazón latiendo como si me hubieran pifiado un partido decisivo. No era por la fiesta —Lucía siempre armarla bien, con vinos baratos pero buenos, música suave, y ese ambiente de «todo está permitido, pero sin drama». Era por él. Por Martín. Y por ella. Por Lucía.

Lucía me había invitado a celebrar sus treinta y cinco. Una fecha que, según ella, era «el umbral entre lo maduro y lo peligroso». Yo no le había dicho que ya estaba del otro lado desde hace tiempo. Que hacía años que sabía que me gustaban los hombres, sí, pero que también me gustaban las mujeres, y no como una curiosidad pasajera, sino como una parte tan natural como respirar, aunque nunca la hubiera dejado salir a la luz.

Lucía me abrazó nada más entrar. Me besó en la mejilla y me susurró: «Che, capo, por fin te vienen bien esos pantalones». Yo reí, pero sentí un cosquilleo en la nuca. Llevaba una camiseta negra ajustada, pantalones oscuros, y esa sonrisa que siempre decía «sé lo que estás pensando, pero no lo diré». Ella era de esas personas que iluminan una habitación solo con estar. Alta, de hombros anchos, voz grave y una mirada que parecía desvestirte con la lentitud de un film en cámara lenta.

Martín, en cambio, era más… tranquilo. Unos ojos claros, una sonrisa tímida, un cuerpo delgado pero firme. Se notaba que hacía deporte, pero sin exageración. Nos presentamos con un apretón de manos que duró un poco más de lo necesario. Él me miró como si me estuviera reconociendo de antes. Tal vez de una fiesta, tal vez de un bar. O tal vez… me miraba *así*.

La fiesta fluía. Vino tinto en vasos grandes, olor a ají, a pan recién horneado y a cuerpo sudado. La música era una mezcla de cumbia villera remezclada y jazz de los 60. Todo estaba bien. Todo, menos yo, que no dejaba de sentir los ojos de Lucía encima, y los de Martín, que a veces me los encontraba fijos, como si estuviera conteniendo algo.

Fue cuando el vino comenzó a circular con más libertad, y Lucía se acercó con una copa nueva, que me dijo, muy bajo: —¿Viste cómo me mira tu amigo? —No es mi amigo —respondí, y me di cuenta de que mentía. —No importa —rio, y me rozó el brazo con la uña—. Lo noté. Y a vos también te noté.

Me puse tensa. Ella se acercó más. Su perfume —vainilla y tabaco frío— me envolvió. —¿Te gusta que te mire? —susurró. —Sí —dije, sin pensarlo. Y me gustó que lo dijera así, sin rodeos.

Lucía me tomó de la muñeca y me condujo hasta el balcón. La noche estaba fresca, el cielo oscuro, y el ruido de la ciudad llegaba como un fondo musical. Ella se volvió hacia mí, apoyó una mano en la baranda, y con la otra me acarició la nuca. Me miró a los ojos, y por un segundo, sentí que se desprendía algo de ella: una coraza, una máscara. Era la primera vez que la veía así: vulnerable.

—¿Viste alguna vez cómo se le eriza la piel a alguien cuando le hablás al oído? —preguntó. —No —mentí—. Pero ahora lo sé.

Me besó. No con urgencia, pero sí con certeza. Su boca era cálida, con sabor a vino y a promesa. Me abrió los labios con la lengua, lenta, como si no tuviera prisa. Y ahí, en medio de la fiesta que seguía arriba, con el eco de las risas y el sonido del viento en los árboles del fondo, sentí que algo se desbloqueaba. Una parte de mí que no sabía siquiera que estaba atrapada.

—¿Querés ir al baño? —me preguntó, respirándome en el cuello—. Me muero por ver cómo te meneás.

No respondí. Sólo asentí, y la seguí. El pasillo era estrecho, las luces tenues, y cada paso sonaba como un latido. En la puerta del baño, ella se detuvo, me giró hacia ella, y me besó de nuevo, más hondo, más lento. Me rozó el pecho con las manos, y sentí el calor de sus dedos incluso a través de la camiseta.

—Después —dijo—. Después de vos.

Entramos. El baño era pequeño, con espejo grande y una luz amarillenta que daba un aire de viejo cine. Lucía cerró la puerta, se sentó en el borde de la pileta, y me hizo señas con la mano. Vení, decía. Vení, copa en mano. Me acerqué. Ella se levantó, me tomó la copa, la puso en el suelo, y me jaló la camiseta por abajo. Me ayudé yo mismo, levantándola por encima de la cabeza. Me quedé con los pechos al aire, y sentí su respiración detenerse por un segundo.

—Sos linda —dijo, y me tomó de la cintura—. Realmente linda.

Me giró, me empujó suavemente contra el espejo. Me miró de pies a cabeza, y luego me besó el cuello, subió hasta la oreja, y me mordisqueó el lóbulo. Me apretó la cadera con una mano, y con la otra me acarició el pecho, lento, pasando los pulgares por los pezones, que se endurecieron enseguida. Sentí un calor que me subió por la columna y me llegó a la concha, ya mojada.

—¿Te gusta esto? —preguntó, y me besó la clavícula—. ¿Te gusta que te toque así?

No pude responder. Sólo solté un gemido bajo, que salió más fuerte de lo que quería. Ella sonrió, se separó un poco, y me miró fijo. Me agarró del mentón, me obligó a mirarla. Me besó de nuevo, y esta vez con más fuerza, más hambre. Me empujó contra el espejo con más peso, y sentí el frío del vidrio contra la espalda, mientras su cuerpo calentaba el mío.

—Me encantás —susurró—. Me encantás cuando te pones roja, cuando te tiemblan las manos, cuando te quedás sin aliento.

Me desabrochó el pantalón, y antes de que pudiera decir algo, me besó el cuello otra vez, y me dijo: —¿Te importa si te meto la mano? ¿O prefieres que lo hagamos con un juguete? —rio, baja y sensual—. Tenés una concha linda. Quiero verla.

Me deslicé el pantalón y la ropa interior juntos hasta las rodillas. Me quedé parada ahí, con el pecho al aire, las piernas un poco temblorosas, y la concha ya húmeda, brillante bajo la luz tenue. Ella me miró, me miró *verdaderamente*, como si me estuviera grabando en la retina. Luego se arrodilló, lentamente, y me separó los labios con los dedos. Me besó el clítoris, una vez, dos veces, con la lengua suave, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Vos no tenés prisa —dije, con la voz rota.

—No —respondió, sin dejarme—. Yo quiero que vos te desplomas. Quiero que te vengas con mi boca y con mi nombre en la boca.

Y lo hice. Me Vine. Con su lengua, con sus dedos, con su respiración entrecortada pegada a mi piel. Me vine sin pedir permiso, sin avergonzarme, sin pensar en el qué dirán. Me vine como si fuera la primera vez, aunque en realidad era la primera vez *así*, con una mujer que me miraba como si yo fuera su único destino.

Cuando terminé, me sostuvo la cabeza contra su pecho, me acarició el pelo, y me besó la frente. Me miró con una sonrisa que no tenía nada de burlona, y todo de comprensión. —¿Y ahora? —me preguntó.

—Ahora… —dije, y la tomé de la mano—. Ahora quiero saber cómo se le eriza la piel a alguien cuando *yo* le hablo al oído.

Subimos. Martín ya no estaba en el living. Lo encontramos en el fondo, en el cuarto de visitas, con la camisa desabrochada y una copa de vino en la mano. Me miró. Me miró *así* otra vez. Y yo le sonreí.

—Lucía me contó lo de la concha —dije.

Él se rió, tímido. —Me gustó. Me gustó mucho.

Lucía se acercó a él, le quitó la copa, y le rozó el pecho con la yema de los dedos. —¿Querés que te la muestre de nuevo? —le preguntó.

Él asintió. Y yo me acerqué a él, le desabroché el resto de la camisa, y le besé el cuello. Le sentí el corazón acelerado. Le pasé la mano por el abdomen, y sentí su pene, ya medio duro, contra el pantalón.

—Está bien —dijo Luc

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Lo sensual está en los detalles: la temperatura de la piel, el temblor de una respiración. Escribo despacio, para que se sienta.

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