Lo que pasó en el cumple de la amiga

Lo que pasó en el cumple de la amiga

@diego_salas ·19 de junio de 2026 · 🔥 4.4 (33) · 17 lecturas · 6 min de lectura

La música vibraba en el piso, los latidos de la batería se metían por los pies y subían como una ola hasta la nuca. Lucía tenía veintisiete años, pelo negro corto, cuerpo atlético de gimnasia y una sonrisa que brillaba como el brillo de la pista. Diego, en cambio, era más bajo, de hombros anchos y movimientos lentos, como si el tiempo corriera distinto cuando él caminaba. Se habían visto apenas un par de veces antes: en una cerveza con amigos en común, en una fiesta de fin de año donde ella bailó con una intensidad que lo dejó sin aliento. Pero aquella noche, entre los destellos de luz y el olor a sudor, perfume y cerveza barata, algo cambió.

Ella lo buscó con la mirada desde el principio. Lo vio apoyado en el borde de la barra, tomando un gin tonic con calma, observando el baile como si estuviera evaluando algo. Cuando se acercó, Diego sintió el perfume de jazmín y vainilla antes de escuchar su voz, grave y segura:

—¿Te cansaste de mirar o tenés ganas de moverte, piña?

Él se giró, sonrió, y por primera vez en la noche, le devolvió la mirada sin disimulo.

—Depende. ¿Vos me ofrecés moverme?

—Sí —dijo ella, acercándose hasta que sus caderas rozaron la suya—. Pero con una condición.

—Dime.

—Nada de mirar a nadie más esta noche. Solo a mí. Solo a mí.

Diego no dudó. Asintió, y cuando ella le tomó la mano y lo arrastró a la pista, sintió que algo se encendía en su vientre, profundo y lento, como una llama que no se apaga con el viento.

Bailaron sin hablar más. Ella movía las caderas con una naturalidad que lo hipnotizaba, y él la seguía, aprendiendo su ritmo, su lenguaje. Las manos de Lucía deslizándose por su espalda, los dedos clavándosele en los riñones cuando él la acercaba más. Cuando la música cambió a algo más lento, sin pensarlo, él la tomó de la cintura y ella se dejó caer contra su pecho, con la cabeza apoyada en su hombro, respirando el calor de su cuello.

—Vamos a tu casa —dijo ella, sin mover los labios, apenas un susurro.

—¿Y si alguien pregunta?

—A nadie le importa —respondió, y se apartó solo lo justo para mirarlo a los ojos—. ¿Tenés ganas?

—Me tenés vos.

No hubo más. Bajaron en ascensor en silencio, con la mano de él aferrada a la de ella, con los pulgares rozándose como si ya fueran viejos amantes. En su departamento, pequeño pero ordenado, con luz tenue y un sofá gris que olía a jabón de manos, Lucía lo dejó entrar, cerró la puerta, y sin soltarle la mano, se giró y lo miró.

—Despacio —dijo—. Quiero saber cómo es esto. Quiero saber cómo te muevo.

Diego la besó entonces, con lentitud, con hambre contenida. Ella respondió con los ojos cerrados, los dientes rozando su labio inferior, las manos subiéndole por el pecho hasta desabrocharle la camisa. Cuando la tela cayó al suelo, él la tomó de la cintura y la levantó como si fuera una pluma, llevándola hasta el sofá. Ella soltó un gemido bajo cuando él se arrodilló frente a ella, deslizando los dedos por el borde del short que llevaba debajo del vestido.

—¿Te gusto así? —le preguntó ella, con una sonrisa traviesa, mientras él le separaba las piernas con las manos.

—Me matás —susurró Diego, y con la lengua le lamió el clítoris a través de la tela, una vez, dos veces, hasta que ella gimió más fuerte, clavándole las uñas en los muslos.

Lo despojó del vestido, de los shorts, de todo. Ella se sentó en el borde del sofá, con las rodillas separadas y los pies apoyados en el suelo, y lo miró mientras él se despojaba de su ropa interior. Su pene ya estaba tieso, hinchado, con la punta brillante de preseminal. Ella se acercó, lo tomó con suavidad entre los dedos, y lo frotó contra su propio vientre, bajando hasta rozar su ano.

—¿Estás seguro? —le preguntó, sin soltarlo.

—Sí —dijo Diego, sin dudar—. Quiero entrar. Quiero sentir tu boca cuando te lo meto.

Lucía sonrió, y por primera vez, lo besó de nuevo, profundamente, mientras con la otra mano le acariciaba los testículos, lo masajeaba con lentitud, hasta que él se estremeció y le rogó:

—No más… si no querés que salga como un imbécil.

Ella se incorporó, tomó una toalla húmeda de la cocina, se limpió los dedos y los embadurnó con lubricante. Luego, se inclinó sobre él, lo apretó contra su pecho y le besó el cuello.

—Vas a sentirme —dijo—. No te muevas. Solo respirá.

Lo hizo con calma. Primero un dedo, luego dos, con los nudillos hacia arriba, buscando su punto. Diego jadeó, arqueó la espalda, las uñas de ella clavándosele en los brazos. Cuando añadió el tercero, ella lo miró fijo, con los ojos medio cerrados, y le preguntó:

—¿Está bien así?

—Sí —gimió—. Sí, luci… me tenés.

Ella se apartó, tomó el preservativo que había dejado sobre la mesa auxiliar, lo desenrolló con cuidado, y lo lubró con el resto del gel. Se sentó sobre él, con la espalda recta, los muslos abiertos, y lo miró mientras él tomaba su pene con ambas manos, guiándolo hacia su entrada.

—No te apures —dijo—. Yo te lo doy. Pero despacio. Muy despacio.

Diego empujó, apenas. Ella soltó un grito ahogado, los ojos cerrados, la boca entreabierta. Él se detuvo. La miró. Ella asintió, le tomó la cara entre las manos y le murmuró:

—Ahora.

La punta atravesó el anillo, y luego otra parte, y otra. Cada milímetro era un viaje, una promesa. Lucía se aferró a sus hombros, los dedos tensos, y cuando él estuvo hasta la base, ambos quedaron inmóviles, respirando al unísono, con el pene de él hundido en su culo, con el calor de su cuerpo fusionándose.

—Ahora sí —dijo ella, y empezó a subir, lento, con las caderas rotando, hasta que solo quedó su cabeza dentro de ella.

Diego la sostuvo, la bajó otra vez, con más fuerza, y ella soltó un gemido que lo hizo estremecer.

—Más —rogó él—. Más fuerte.

Ella empezó a moverse, con un ritmo propio, balanceándose hacia atrás, hacia adelante, con las manos apoyadas en sus muslos. Diego le agarró los senos, los apretó con suavidad, y cuando ella se inclinó hacia adelante, él le tomó la cintura y la metió más hondo, con un movimiento brusco que la hizo gritar.

—Sí —gimió—. Sí, Diego, me tenés. Me tenés bien adentro.

Él la cogió con fuerza, las caderas de ella chocando contra las suyas, cada empujón más profundo, más húmedo, más desesperado. Ella se puso de puntillas, se inclinó hacia adelante, y cuando él le lamió el cuello, ella se corrió, con un gemido largo, desgarrado, que resonó en el techo del departamento.

Diego la siguió apenas un segundo después, empujando hasta el fondo, sintiendo cómo su culo la apretaba con fuerza, como si no quisiera soltarlo. Se corrió dentro del preservativo, con la frente apoyada en su espalda, jadeando, temblando.

Cuando todo terminó, Lucía se desplomó sobre él, con el pene aún dentro, con el corazón levemente desbocado, con una sonrisa que brillaba como la primera vez que lo miró.

—Otra vez —dijo ella, sin aliento—. La próxima vez, te pido que me lo metas cuando ya estés duro, cuando te estés corriendo solo de pensarlo.

Diego la abrazó más fuerte, la besó en el cuello, y le murmuró al oído:

—Vos me tenés, luci. Me tenés bien adentro, y no me lo sacás nunca más.

También en: HeteroPrimera vezOral

¿Qué tanto te calentó?

4.4 · 33 votos
Reportar
Compartir

¿Te masturbaste con el relato?

0se masturbaron con este relato

¿Te masturbaste con el relato?

@diego_salas

Reencuentros, química que estalla, segundas oportunidades en la cama. Escribo pasión de la que deja marca.

También en Anal

Más de @diego_salas

Ver autor →