Lo que pasó en el cuarto de visitas
7 minLo que pasó en el cuarto de visitas
La primera vez que la vi sentada en el sofá de su casa, con las piernas cruzadas y una taza de café humeante entre las manos, Daniel no pensó en nada más que en que era una mujer hermosa, con esa clase de belleza que no grita, que solo está ahí, tranquila, segura de sí misma. Su marido, Raúl, era su amigo desde la universidad, y aunque ya no se veían tanto desde que Raúl se había casado con Lucía —una mujer que, según todos decían, lo había cambiado por completo—,Daniel seguía respetando esa amistad vieja. Pero desde el primer momento en que Lucía lo miró a los ojos con esa sonrisa que no llegaba del todo a la boca, sino que se quedaba quietecita en los labios como una promesa mal contenida, algo se movió dentro de él, algo que no esperaba.
Pasaron tres semanas antes de que volvieran a verse. Fue en una cena familiar en casa de los padres de Raúl. Daniel llegó con un vino tinto que sabía a tierra y a fuego lento. Lucía lo ayudó a servirlo. Cuando sus dedos se rozaron al tomar la copa, ella no retiró la mano de inmediato. Lo miró fijo, como si supiera algo que él aún no quería admitir. “Gracias, Daniel”, dijo en voz baja, con esa voz que parecía salmón, suave pero firme, con un eco que se quedaba en el aire.
Esa noche, después de la cena, mientras los demás se dedicaban a platicar en la sala, él y ella se fueron al cuarto de visitas, un espacio pequeño, ordenado, con una cama estrecha y una ventana que daba al jardín trasero. No dijeron nada al entrar. Ella se sentó en el borde de la cama, con las manos juntas sobre las rodillas, y él se quedó de pie, cerca, pero no tanto. El silencio se espesaba como el humo de un incienso.
—¿Tú siempre comes tan lento? —preguntó Lucía de pronto, sin mirarlo.
—¿Perdón?
—En la cena. Que te tardaste diez minutos en terminar el caldo.
Él rio, bajito. —Es que me gusta saborearlo. Como todo.
Ella lo miró otra vez, y esta vez sí sonrió de verdad. —Yo también.
Daniel se acercó un poco más. Se detuvo a un palmo de ella. Podía oler su perfume: jazmín y algo más, algo cálido, como vainilla quemada. Su respiración cambió, apenas, pero él lo notó. Ella también lo notó. No hubo un momento en que se dijeran “esto está mal”, ni “no debemos”. No hubo promesas, ni justificaciones. Solo el hecho de estar ahí, uno frente al otro, con las palabras suspendidas en el aire como polvo en un rayo de sol.
—¿Te importa si me quito los zapatos? —preguntó ella, con una sonrisa pícara que le hacía cosquillas en el estómago.
—Claro que no —respondió él, con la garganta un poco seca.
Ella se desató los tenis de cuero, uno por uno, y los dejó juntos, como si fueran una pareja también. Luego se recostó hacia atrás, apoyándose en las manos, y cruzó una pierna sobre la otra, dejando entrever el borde de una mediana que se alzaba un poco por debajo del dobladillo de su falda negra. Daniel no la tocou aún. Solo la miró. Ella lo sabía, y lo dejó hacerlo, con una paciencia que lo hacía sudar en silencio.
—¿Por qué no te sientas? —dijo ella, y esta vez su voz sonó más baja, más grave.
Él se sentó a su lado, con las manos apoyadas en los muslos, los dedos un poco rígidos. Ella se inclinó hacia él, lentamente, como si fuera un acordeón que se despliega con cuidado. Entre ellos quedó apenas el espacio de un puño. Sus rostros estaban casi juntos, sus alientos mezclándose. Daniel sintió su nariz rozarle la mejilla, y luego, con una lentitud que dolía, sus labios tocaron los suyos. No fue un beso profundo. Fue un roce, un sabor, una pregunta que no necesitaba respuesta.
—¿Quieres que pare? —susurró ella contra su boca.
—No —respondió Daniel, con la voz más firme de lo que se sentía.
Ella sonrió, esta vez con los ojos cerrados, y volvió a besarlo, más despacio, más hondo. Daniel le pasó una mano por la nuca, sintiendo el cabello suave, ligeramente áspero por el secador que ella se había olvidado de apagar en la cocina. Lucía soltó un pequeño quejido que se le clavó en la entrepierna. Él sintió su verga endurecerse de golpe, como si la sola idea de tocarla fuera suficiente para hacerlo explotar.
Ella lo empujó suavemente hacia atrás, y Daniel cedió, recostándose en la cama. Ella lo siguió, poniéndose sobre él, con una pierna a cada lado de su cintura, y el cuerpo inclinado hacia adelante, los pechos casi rozando su pecho. Daniel le acarició una nalgada, sintiendo la suavidad de su tela interior, el calor de su piel. Ella suspiró, y esta vez dejó escapar un gemido corto, ahogado, como si temiera que alguien la oyera desde la sala.
—¿Te da miedo que te oigan? —preguntó él, jugando con el borde de su falda, subiéndola un poco más, hasta que sus dedos rozaron la parte superior de su calcetín.
—No —dijo ella, y esta vez sí lo miró de frente, con los ojos medio cerrados, la respiración acelerada—. Me da más miedo que no te guste cómo lo hago.
Daniel le acarició la cara, con la yema de los pulgares, y luego bajó hasta su cuello, sintiendo el pulso acelerado debajo de la piel. Ella inclinó la cabeza hacia atrás, ofreciéndose, y él besó su cuello, con la boca seca, con las ganas de morder pero conteniéndose. Lucía le desabrochó la camisa, uno por uno, y cuando le quitó la tela, él sintió el aire frío contra su piel, pero no le importó, porque ella ya tenía las manos sobre su pecho, rozando los pezones con los pulgares, apretando con fuerza, y Daniel soltó un gruñido que ni él sabía que tenía.
—¿Tienes condón? —susurró ella, mientras le desabrochaba el cinturón.
—Sí —respondió él, con la cabeza mareada.
Ella se levantó un poco, lo suficiente para quitarse la falda y los tenis, y luego se deslizó la camiseta por la cabeza, dejando al descubierto sus pechos pequeños, redondos, con pezones rosados y duros. Daniel se los cubrió con las manos, los apretó suavemente, y luego bajó la cabeza para lamer uno, con la boca caliente y húmeda. Lucía gimió, esta vez en voz alta, y su cabeza se inclinó hacia atrás, con los ojos cerrados, como si estuviera rezando.
Él la volvió a sentar sobre él, y esta vez se quitó la camisa y los pantalones, dejando su verga al descanso, ya dura y temblando. Lucía la miró, sin vergüenza, con las pupilas dilatadas, y luego se inclinó, tomando suavemente el pene entre los dedos, acariciándolo con lentitud, como si estuviera acariciando el lomo de un gato asustado. Daniel sintió que se iba, que se deshacía, que ya no era más que un hueso y un músculo y un deseo.
Ella se acomodó sobre él, con una mano en su pecho, y lo guió hacia su entrada, ya húmeda, ya abierta, ya esperándolo. Lo sintió entrar, poco a poco, como si fuera una marea que sube, como si fuera la primera vez y la última vez al mismo tiempo. Lucía soltó un grito ahogado, y Daniel, sin pensar, le agarró las nalgas, tirando de ella hacia abajo, hundiéndose hasta el fondo. Ella se arqueó, con los ojos cerrados, los labios entreabiertos, y soltó un gemido que sonó como una oración rota.
—Daniel… —dijo, y solo dijo su nombre, como si eso lo explicara todo.
Y entonces, en la oscuridad del cuarto de visitas, con el eco de la risa de los demás en la sala al otro lado de la puerta, ellos comenzaron a moverse, lentamente, con calma, como si el mundo no estuviera a punto de explotar, como si no hubiera nada más que ese momento, ese cuerpo, esa entrada, esa verga que entraba y salía con una fuerza que ni ellos mismos entendían.
No fue rápido. No fue salvaje. Fue lento, intenso, cargado de tensión y de deseo, de algo que no sabían si would be o no would be, pero que en ese instante, ahí, entre jadeos y besos y dedos que se entrelazaban, era lo único que importaba.
Y cuando ella vino, con una mano entre sus pechos y la otra aferrada a su hombro, gritando su nombre como un juramento, Daniel la siguió, con un gemido que salió de lo más hondo, con la sensación de que se estaba deshaciendo, de que se estaba c
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