Lo que pasó en el cuarto de visitas
La lluvia golpeaba el techo de lámina como si alguien le estuviera dando golpes de palo a una tinaja vacía. Era una noche de esas que el aire se pone pesado, que huele a tierra mojada y a incienso de la iglesia de al lado, y que hace que uno se sienta solo, pero no con tristeza —con esa soledad que invita, que pide. Emilio estaba en el cuarto de visitas, con la camisa desabrochada hasta el pecho, los pies descalzos sobre el piso de cemento frío, mirando por la ventana cómo las gotas se deslizaban por el vidrio como lágrimas de alguien que no quiere llorar.
No esperaba a nadie. Pero cuando la puerta se abrió con un suave crujido, como si alguien tuviera miedo de asustarla, él no se volvió. Ya sabía quién era.
—¿Todavía despierto? —preguntó ella, con la voz baja, como si la noche fuera un animal que podía despertarse si se hablaba fuerte.
—Sí —respondió él, sin moverse—. La lluvia no me deja dormir.
Ella entró. Sin zapatos, como él. Con una bata de algodón que le llegaba apenas a los muslos, y que se pegaba en los costados por la humedad. No llevaba nada debajo. Él lo supo antes de verlo. Lo supo por el modo en que caminaba, por la forma en que su cadera se movía, lenta, como si llevara el peso de un deseo que no quería soltar.
Se acercó hasta atrás de él, sin tocarlo. Solo se quedó ahí, respirando. Él sintió el calor de su cuerpo, el olor a jazmín y a sudor dulce, como el de las noches de verano en Tlalpan.
—¿Te importa si me quedo un rato? —preguntó ella, y su voz ya no era pregunta, era ofrenda.
Él se giró lentamente. La miró. Sus ojos, oscuros como el café sin azúcar que tomaban juntos en la cocina los domingos. Sus labios, entreabiertos, como si ya hubieran dicho todo lo que necesitaban decir. No dijo nada. Solo levantó la mano, y con los dedos, muy suave, le acarició la mejilla. Ella cerró los ojos.
Entonces, sin más, él la tomó de la cintura y la atrajo hacia sí. No con fuerza, pero con decisión. Como quien toma una copa de vino que ya lleva horas esperando. Ella se dejó. Su bata se deslizó por sus hombros, y quedó suspendida en el aire, como una nube que se deshace. Él la vio entera: la curva de su espalda, las nalgas redondas como dos frutas maduras, la línea del culo que se perdía en la sombra del muslo. Y luego, su pecho, bajo, firme, con los pezones ya duros por el aire frío y por el calor que él le ponía con la mirada.
—¿Te acuerdas de la primera vez que te vi en la pileta? —preguntó él, mientras sus manos bajaban, deslizándose por su cadera, por el hueco de su espalda, hasta agarrarle las nalgas.
Ella suspiró, y su cabeza se inclinó hacia atrás, apoyándose en su hombro.
—Claro. Estabas sentado en el borde, con esa camiseta mojada que se te pegaba al pecho… y no me mirabas. Pero yo sabía que me mirabas.
Él sonrió. Bajó la boca hasta su cuello, y la besó. No con hambre, sino con cariño. Con la paciencia de quien sabe que el placer no se apura. Le lamió la piel, con la lengua suave, como si estuviera probando un chocolate recién hecho. Ella gimió, bajito, como si tuviera miedo de que alguien la oyera. Pero no había nadie. Solo ellos. Solo la lluvia. Solo el eco de su respiración.
Él la levantó. Ella lo abrazó por el cuello, y sus piernas se enrollaron a su cintura. Caminó con ella hasta la cama, y la acostó. Sin soltarla. Sin soltarla ni un segundo. Se recostó encima, y sus cuerpos se encontraron, piel con piel, como dos ríos que se unen por fin.
—¿Te duele? —le preguntó, con la voz rota por el deseo.
—No —susurró ella—. Me duele no haberte tocado antes.
Él se inclinó, y besó su boca. Largo. Profundo. Con la lengua, con los dientes, con el aliento. Ella le mordió el labio, y él se estremeció. Entonces, con lentitud, bajó su boca hasta su pecho. La chupó. Una, dos veces. Con suavidad. Con voracidad. Ella gritó, sin querer. Un grito corto, ahogado, como si se hubiera mordido la lengua para no despertar al mundo.
Él bajó más. Deslizó las manos por sus piernas, separándolas. Ella se abrió. Sin vergüenza. Sin miedo. Solo con el deseo de entregarse. Él la miró. Su sexo, húmedo, brillante, entreabierto. Como una flor que espera la lluvia.
Entonces, con los dedos, la tocó. Primero su clítoris, con un roce apenas. Ella se arqueó. Él sonrió. Luego, con más presión, con más intención. Ella gimió, y sus uñas se clavaron en su espalda. Él siguió. Con dos dedos, entró. Lento. Profundo. Ella soltó un gemido que parecía un lamento. Él se movió, con calma, como si estuviera leyendo un poema. Cada empuje, una sílaba. Cada suspiro, un verso.
—Emilio… —dijo ella, con la voz rota—. Te quiero… te quiero así.
Él se levantó. Se desabrochó el pantalón. Sacó su verga, gruesa, tiesa, con la punta brillante por el preseminal. Ella la miró. No con asombro. Con deseo. Con reconocimiento. Como si ya la hubiera visto en sueños.
Él se colocó entre sus piernas. La miró a los ojos.
—¿Estás segura? —preguntó, con la voz baja, como si temiera que la respuesta fuera un no.
Ella no respondió con palabras. Solo levantó la cadera, y lo tomó con su cuerpo. Él entró. Lentamente. Hasta el fondo. Ella soltó un grito ahogado, como si el cuerpo le estuviera recordando que ya lo había extrañado. Él se detuvo. Un segundo. Dos. Y luego, empezó a moverse.
No con fuerza. No con prisa. Con todo el amor que la lluvia no pudo lavar. Con cada embestida, con cada gemido, con cada mirada, él la cogía. No como un animal. Como un hombre que sabe que lo que tiene no se repite. Como un hombre que ha esperado años para sentir eso.
Ella lo abrazó con fuerza. Lo mordió en el hombro. Él le besó la frente. Y entonces, juntos, sin decir nada, sin necesidad de palabras, llegaron. Ella se deshizo en él, con un grito que se perdió en la lluvia. Él se derramó dentro, con un suspiro que parecía una oración.
Quedaron quietos. Abrazados. La lluvia seguía cayendo. La bata, tirada en el piso. La ventana, entreabierta. El aire, frío. Pero ellos, calientes. Vivos.
Él le acarició el pelo.
—¿Te vas a ir? —preguntó él, sin querer.
—No —dijo ella, y se acurrucó más—. Mañana, te preparo café. Como siempre.
Y así, entre la humedad y el silencio, entre el olor a jazmín y a sexo, se durmieron. Sin palabras. Sin prisa. Con el cuerpo aún conectado. Con el alma, ya sabiendo: esto no fue un error. Fue una necesidad. Y en México, cuando algo así pasa, no se dice “te amo”. Se dice: “mañana, te preparo café”.
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