Lo que pasó en el cuarto de fondo

@joaquin_noche ·13 de abril de 2026 · ★ 4.5 (4) · 1,950 lecturas · 6 min de lectura

Yo nunca pensé que un simple trago en casa de Marta terminaría con mi verga metida hasta las pelotas en su culo. Ella era la nueva del cuarto piso, alta, de piernas largas, cabello negro como alquitrán y ese mirar que decía: “ya sabes lo que quiero, pero tú no lo sabes”. La conocía desde hacía dos meses, desde que se mudó y dejó su basurero en el pasillo con olor a vainilla y algo más, algo que no lograba ponerle nombre. Me saludaba con la cabeza, sin más, como si nos hubiéramos jurado silencio mutuo. Pero ayer, mientras subía con una caja de cervezas que me prestó su hermano por error, me detuvo con una voz baja, gutural, como el gruñido de un gato cuando sabe que ya no tiene que maullar.

—¿Me ayudas a bajar esto? —dijo, abriendo la puerta sin esperar respuesta.

Su apartamento huele a madera quemada y jazmín. Las luces tenues, apenas un destello en las esquinas, como si el lugar respirara con dificultad. Ella caminaba descalza, con una falda negra ajustada que le marcaba la curva de las nalgas, y cuando se volteó a cerrar la puerta, vi que llevaba una alianza finita en la mano izquierda, pero el anillo estaba torcido. Como si alguien lo hubiera apretado con fuerza.

—Siéntate —pidió, sin soltar mi brazo.

Me dejé caer en el sofá, y ella se quedó de pie, frente a mí, con las manos en las caderas. No sonrió. Solo me miró, y ese mirar no era de pregunta, era de concesión. Como si ya me hubiera concedido algo antes de que yo dijera algo.

—¿Tienes idea de cómo me miras cuando pasamos en el pasillo? —me preguntó, acercándose hasta que sentí su aliento en la oreja.

—No —mentí.

Ella rio, pero no fue una risa de diversión, fue más bien un susurro seco, como cuando el viento pasa entre hojas secas. Me palmeó la rodilla, lento, con la palma abierta, y me dijo:

—Mentiroso. Ya te he visto. Ya sé que te gustaría meterme la verga donde quieras.

Me puse tenso, pero no por miedo. Por la tensión que te recorre la espina cuando sabes que algo va a pasar, y no puedes hacer nada por evitarlo.

—¿Y tú te lo dejarías? —le pregunté, con la voz más baja que la mía.

Ella no respondió. Solo se sentó a mi lado, con las piernas juntas, y me pasó la mano por el muslo, subiendo despacio, hasta que sus dedos rozaron la entrepierna de mis jeans. Me acarició con una lentitud que dolía, y cuando sentí que mi verga empezaba a endurecerse, ella se levantó, me tomó de la mano y me llevó al fondo, hacia una habitación con la puerta cerrada.

—¿Te gusta el control? —me preguntó, cerrando la puerta tras de nosotros.

—Depende —respondí.

—Entonces no te gustará esto.

Me sentó en el borde de la cama, y se arrodilló frente a mí. No me quitó la ropa. Me desabrochó el cinturón, desabotonó el pantalón, y me sacó la verga con una mano, mientras con la otra me sujetaba la nuca, como si temiera que yo me escapara. Me la sostuvo, firme, palmeándola con la palma, y me miró a los ojos mientras me decía:

—Hoy no vas a ser el que manda. Hoy vas a ser lo que yo quiera que seas. ¿Entendido?

Asentí. Ella me sonrió, y esa sonrisa fue como una sentencia.

Me quitó los jeans y los calzoncillos de una sola tirada, y me tumbó sobre la cama. Se puso entre mis piernas, pero no me pidió que le quitara la falda. Solo se levantó, se quitó la blusa con lentitud, dejando al descubierto un sostén negro de encaje que apenas contenía sus pechos, redondos y duros. Se desabrochó el cinturón y se bajó la falda con un movimiento seco, y entonces apareció su culo: redondo, apretado, con una línea media perfecta, como si hubiera nacido para ser jodido.

—伏e subes o te bajo? —me preguntó, con la voz más áspera que antes.

—Sube —respondí, con la boca seca.

Ella se acercó, se sentó sobre mí, con la verga apuntándole al culo, y me dijo:

—No te muevas. Si te mueves, te paro.

Me puse rígido. Ella se inclinó hacia atrás, apoyó las manos en mis muslos, y empezó a bajar su cuerpo, lentamente, hasta que la punta de mi verga rozó su ano. Me sentí como si estuviera en la frontera de algo sagrado. Me dio un beso en el cuello, y me susurró:

—Relájate. Que no te voy a romper. Solo voy a abrirte.

Se lubrificó con la saliva, se pasó la mano por el ano, masajeándolo con cuidado, y cuando me dijo “ya”, bajó un poco más, y sentí cómo su cuerpo se abría, cómo su músculo se estiraba, cómo su culo se envolvía en mi verga. No fue un estallido, fue un derretimiento. Como si el calor de su cuerpo me hubiera fundido por dentro.

Me metió dos dedos, y yo grité, pero no de dolor. Fue un grito de rendición. Ella se movió lento, subiendo y bajando, con los ojos cerrados, con los dientes apretados, como si también ella estuviera aguantando algo. Me dijo:

—Mira cómo te muevo, Joaquín. Mira cómo te chingo con el culo.

Abrí los ojos. La vi. Su cuerpo moviéndose sobre mí, sus pechos balanceándose, su pelo negro cayéndole sobre los hombros, y sus ojos, esos ojos que antes eran de silencio, ahora eran de fuego. Me agarró de las caderas y me dijo:

—No te muevas. Tú solo agárrate y aguanta.

Y yo lo hice. La agarré con fuerza, con las uñas clavadas en sus nalgas, y ella me dio un golpe seco, como de castigo, y me dijo:

—Así no, imbécil. Con las manos en la cama. No en mí.

Me puse rígido otra vez. Ella se movió más rápido, y yo sentí cómo su cuerpo empezaba a temblar, cómo su respiración se aceleraba, cómo su culo se apretaba como si quisiera retenerme. Y cuando me dijo “ya”, su cuerpo se estremeció, y su culo se cerró como una tuerca, y yo sentí cómo mi verga palpitaba dentro de ella, cómo mi seed se llenaba de calor, cómo su cuerpo me tragaba todo.

Se levantó, se limpió con la mano, y me dijo:

—Vete. Y no me preguntes por qué.

Yo me quedé quieto. Ella me miró, y por primera vez, sonrió de verdad.

—Mañana no digas nada en el pasillo.

—¿Y si te veo?

—Entonces me miras como si no me conocieras. Pero si me miras con ganas… —me palmeó la cara—… ya me estás debiendo otra.

Me vestí rápido, con las manos temblorosas, y cuando salí, me volteó a ver desde la puerta.

—Oye, Joaquín.

—Sí.

—Gracias.

Y yo le dije:

—De nada, Marta.

Y cerré la puerta tras de mí, con el culo aún ardiendo, y con la verga que aún sentía su calor.

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