Lo que pasó en el cuarto de atrás

Lo que pasó en el cuarto de atrás

@joaquin_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 3 min de lectura

La puerta del taller se cerró con un clic seco, como una sentencia. A Luis le temblaban las manos cuando puso la llave en la cerradura del cuarto de atrás, ese espacio que apenas si servía para guardar herramientas y cajas de repuestos. Pero hoy no era un día cualquiera: era el miércoles, y en ese cuarto —solo por una hora, después de que se fuera el último cliente—, Érika se volvía otra persona.

—Ven —dijo él, sin voltear, con la voz áspera como el papel de lija.

Érika cruzó el umbral. Llevaba una blusa blanca, un poco arrugada por el calor de la tarde, los cabellos recogidos en un nudo bajo la nuca, y ese brillo en los ojos que solo aparecía cuando sabía que venía lo suyo. Se detuvo a un metro, esperando. Sabía que no debía hablar primero.

—Quítate la blusa —ordenó Luis, mientras descorría el candado de la caja fuerte. Dentro, entre aceite y tuercas, había una correa de cuero negro, de esas que se usan para atar motos. Pero a él le gustaba decir que era para “ajustar el motor”.

Ella no dudó. Desabrochó con lentitud, paso a paso, como quien resuelve un rompecabezas. Cada botón que se liberaba era una rendición. Cuando la blusa cayó al suelo, solo llevaba un sostén de encaje negro, ajustado, que marcaba el contorno de sus senos como un mapa de seducción.

—Gira.

Ella obedeció. Luis se acercó, las manos primero en sus hombros, luego bajando por sus brazos hasta agarrarle las muñecas. Las juntó con una mano, y con la otra tomó la correa. No la apretó de golpe, no: la enrolló despacio, dos vueltas en la muñeca izquierda, luego en la derecha, con la delicadeza de quien atuna un pescado. El cuero frío rozó su piel, y Érika exhaló un suspiro que no era queja ni súplica, sino confirmación.

—¿Estás bien? —preguntó él, pero no esperó respuesta. Ya sabía que sí.

Le subió la falda con la punta de los dedos, apenas un gesto, apenas una promesa. El blanco de sus calzones era un desafío. Luis se inclinó, besó su espalda baja, donde la piel se hundía suavemente antes de las nalgas redondeadas. Le mordió un glúteo, con ternura, pero con firmeza, y Érika gimió, bajito, como si tuviera miedo de que alguien la escuchara desde el taller.

—Hoy no vas a tocar nada —dijo él, soltando una de sus muñecas para desabrocharle el sostén con los dientes. Las copas cayeron, los pechos se mostraron, redondos, sensibles, como duraznos maduros al sol.—. Tú solo respira. Cuenta mis movimientos.

Con la correa aún en una mano, Luis le pasó la otra por el costado, subiendo hasta el pezón derecho. Lo frotó con el pulgar, despacio, en círculos, hasta que se endureció, hasta que Érika se estremeció y apoyó la frente contra la pared de madera.

—Dime cuándo quieras que pare —insistió él, pero ella ya sabía que eso nunca pasaría.

—No pares —susurró ella, con la voz rota.

Él sonrió. Le soltó la muñeca y le agarró la cintura, jalándola hacia atrás, contra su cuerpo. Sentía la verga dura, ya, tras el pantalón, presionando su trasero como una promesa de fuego. Pero no iba a cogerla aún. No hoy. Hoy era solo de los latidos, del calor, de la correa que ya no solo ataba muñecas, sino que unía almas.

—Muy bien —dijo Luis, besándole el cuello, mordiéndole la oreja, respirándole en el oído—. Te voy a chingar hasta que no recuerdes tu nombre. Pero primero… vas a aprender a esperar.

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