Lo que pasó en el club de lectura
11 minLo que pasó en el club de lectura
Nunca pensé que una sesión de *El amor en los tiempos del cólera* terminaría con mi corazón latiendo tan fuerte entre los senos y las piernas temblorosas, ni que la voz grave de Daniel —ese hombre que desde hace dos años solo había saludado con una sonrisa cortés en los pasillos del edificio— pudiera hacer que me olvidara de respirar mientras hojeaba una página.
Yo iba a los encuentros del club por recomendación de mi psicóloga. «Necesitas reconectar con lo emocional», me dijo, después de mi ruptura con Lucas. «No se trata de olvidar, sino de recordar cómo se siente desear». Entonces me sugirió leer poesía, novelas románticas, cualquier cosa que me sacudiera el alma. Y así, cada jueves a las 19:30, me sentaba en el rincón de la biblioteca municipal con una taza de manzanilla humeante y un cuaderno de notas, esperando que las palabras de otros me recordaran las mías.
Daniel llegó al club por casualidad. O casi. Un jueves lluvioso, cuando ya habíamos comenzado a repartir las tazas y los postres, él apareció con una copia de *La amante de Lady Chatterley* bajo el brazo, una sonrisa lenta y una arruga en la frente que parecía hecha a medida para la preocupación o la duda. Tenía cuarenta y seis años, me dijo más tarde, cuando ya sabía que había estado casado, que tenía una hija en la universidad y que su esposa lo había dejado seis meses antes por un «vacío que ya no sabía cómo llenar». Pero no lo dijo con amargura. Lo dijo con una calma que me hizo pensar que había aprendido a vivir con la herida, sin dejar que ella lo defina.
Lo recordé por primera vez cuando leyó en voz alta el pasaje de Florentino Ariza declarando su amor eterno: «He mantenido mi virginidad por ti durante cincuenta y tres años, siete meses y once días». Su voz no era la de un joven entusiasmado, ni la de un actor en una película. Era grave, cálida, con un vibrato suave que bajaba por la columna como una caricia invisible. Y mientras hablaba, sus ojos —grises, con manchas doradas alrededor de las pupilas— se clavaban en mí, no con atrevimiento, sino con una atención tan intensa que sentí un cosquilleo en la nuca, como si él ya supiera que yo no era la misma mujer que había entrado a ese salón.
Se sentó a mi lado la segunda vez que lo vi. No por casualidad, esa vez. La silla de al lado estaba vacía, y él la ocupó sin pedir permiso, sin disculparse, como si ya perteneciera allí. Llevaba una camisa de lino color crema, manga enrollada hasta los codos, las manos grandes con venas azuladas y nudillos marcados. Cuando me tendió el cuaderno para que anotara una frase que le gustó, su pulgar rozó el dorso de mi mano, apenas un milímetro, pero suficiente para que mi respiración se atascara.
—¿Te parece excesivo? —preguntó, como si leyéndome el pensamiento.
—No —respondí, con la garganta más seca de lo que quería admitir—. Me parece… real.
Él asintió, y esta vez la sonrisa le llegó hasta los ojos. Una sonrisa de hombre que sabe que ha acertado, pero no se apresura a celebrarlo. Me gustó eso. Que no intentara convencerme de nada. Solo observar, escuchar, dejar que las palabras entre nosotros crecieran como raíces lentas, seguras.
Así comenzó nuestra danza silenciosa. Cada jueves, un gesto nuevo: un vaso de agua que me ofrecía cuando sentía que mi voz temblaba al leer; una servilleta que dejaba sobre la mesa frente a mí, doblada con precisión, como si fuera una carta; una frase que me susurraba después de la reunión, cuando ya los demás se habían ido —«me gusta cómo dices *corazón*»—, como si mi forma de nombrar las cosas fuera algo sagrado que él había descubierto por casualidad.
Un jueves, llovió tanto que las ventanas del salón se empañaron. La mayoría se fue pronto, pero quedamos tres: yo, Daniel y una señora que siempre leía cuentos de misterio. Cuando ella también se retiró, Daniel no se movió. Se quedó sentado, con las manos entrelazadas sobre las rodillas, mirando cómo yo recogía mis cosas: el cuaderno, la bufanda, el libro del mes.
—¿Te importa que te acompañe hasta elMetro? —preguntó, sin prisa, como si la lluvia fuera un pretexto y el tiempo, un aliado.
—No me importa —dije, y sentí que eso era cierto.
Caminamos en silencio bajo la sombrilla que él traía, las manos casi rozándose. El frío de la noche se colaba en mis huesos, pero su presencia era un calor constante, como si él supiera exactamente dónde detenerse para que no sintiera el viento.
—¿Vives solo? —me preguntó cuando ya estábamos bajo el puente peatonal, con las luces de la ciudad reflejándose en los charcos.
—Sí —respondí, sin mirarlo—. Desde que me fui de la casa de Lucas.
—¿Y te gusta?
La pregunta me sorprendió. No era una curiosidad cualquiera. Sonaba como una invitación, suave, casi tímida.
—A veces —respondí—. Otras veces me olvido de que soy yo quien respira.
Él se detuvo. La lluvia había cesado, pero el aire still olía a humo y tierra mojada. Me miró, y esta vez no hubo disimulo. Sus ojos buscaron los míos, con una claridad que me hizo sentir vulnerable, pero no expuesta. Como si me estuviera descubriendo por primera vez, y eso fuera una especie de regalo.
—Yo también me olvido —dijo—. A veces, mientras leo una página, me parece que mi cuerpo se ha quedado atrás, como un recuerdo que ya no me pertenece.
No supe qué decirle. Solo alcancé a sentir cómo su mano, ligeramente temblorosa, buscaba la mía. Y cuando lo hizo, no hubo dudas, no hubo preguntas. Solo el roce cálido, firme, de sus dedos entre los míos, como si ambos hubiéramos estado esperando ese instante desde la primera vez que nuestros ojos se cruzaron.
Esa noche no besamos. Solo caminamos, con las manos unidas, hasta que él me dejó frente a mi puerta. Me dijo que la próxima vez me leería *Cien años de soledad*, el capítulo donde Aureliano Buendía encuentra el hielo y comprende que el amor no es cuestión de tiempo, sino de decisión. Y entonces, antes de darme la espalda, me besó la mejilla. Con los labios, no con la punta de los dedos. Un beso rápido, cálido, y me susurró:
—Gracias por venir.
Me quedé allí, con la mejilla ardiendo, sintiendo que algo en mí había cambiado sin que lo notara.
La semana siguiente, Daniel llegó con un libro que no estaba en la lista: *Cartas a una joven poeta*, de Rilke. Me lo tendió con una sonrisa y una frase: «Si te atreves a leerlo, te lo presto. Pero primero, tienes que prometerme que no lo leerás en voz alta. Prefiero oír tus pensamientos en silencio».
Me reí. Me gustó que no me pidiera nada obvio, que me ofreciera un libro que me desbordara, que me obligara a pensar en voz alta sin darle las palabras ya hechas.
—¿Y si me atrevo?
—Entonces —dijo, acercándose un poco más, hasta que pude sentir su aliento en la oreja—, prometo que te escucharé.
Y así, entre páginas y silencios, entre frases que nos decíamos como confesiones disfrazadas y miradas que decían más que las palabras, comenzó lo que sabía desde el primer día que iba a pasar. No con prisas, no con exigencias. Con la paciencia de quien ha perdido mucho y aprendió a valorar cada instante como si fuera el primero.
Una noche, después de que el club terminara y solo quedáramos nosotros dos —ella ya no venía, y los otros habían empezado a encontrar otras rutinas—, Daniel me ofreció un vino. Un tinto suave, de los que no necesitan comer para ser buenos. Lo servimos en copas pequeñas, sentados en el sofá de la sala de estudios, donde las paredes estaban forradas de libros antiguos y el silencio tenía olor a papel viejo y cera de velas.
—¿Por qué nunca me has preguntado qué es lo que busco? —me dijo, mientras giraba la copa entre los dedos.
—Porque ya lo sé —respondí, y me sorprendí a mí misma por la certeza en mi voz.
—¿Y qué es?
—No lo sé con palabras —dije—. Pero lo siento cuando me miras. Cuando me pasas un lápiz, cuando me dejas ganar una discusión literaria. No es una necesidad. Es una… familiaridad. Como si ya hubiéramos vivido antes, pero sin haberlo hecho.
Él se puso en silencio. Lento, se levantó, y caminó hasta la ventana. La luz de la luna entraba por las rendijas, dibujando líneas plateadas sobre su rostro. Cuando se volvió, su expresión no era la de un hombre tentado. Era la de alguien que había encontrado algo que creyó perdido, y ahora lo sostuvo con cuidado, como si temiera que el viento lo llevara.
—Entonces —dijo, acercándose de nuevo, esta vez sin prisa—, ¿quieres que te muestre lo que yo sí sé?
No respondí con palabras. Me levanté. Me acerqué. Y cuando mis dedos rozaron su pecho, sintiendo el latido que ya conocía por la voz, supe que era eso. No fue una decisión. Fue una convicción. Como cuando lees una frase que te parece escrita solo para ti, y te parece imposible que alguien más haya sentido lo mismo.
Se inclinó, pero no me besó. Solo apoyó la frente en mi cuello, con la nariz rozando la curva de mi clavícula. Su respiración era profunda, irregular, como si estuviera aprendiendo a respirar de nuevo.
—Dime qué quieres —susurró—. Porque yo ya sé lo que quiero. Pero no te lo daré si no me dices que sí.
No fue una exigencia. Fue una entrega. Y en ese momento, entendí que lo que nos unía no era la edad, ni la experiencia, ni siquiera el deseo. Era la confianza. La confianza de alguien que sabe que, por primera vez en mucho tiempo, puede confiar sin miedo.
—Quiero que me beses —dije, y al decirlo, sentí que me quitaba una coraza invisible—. Quiero que me beses como si no hubiéramos leído nada, como si no hubiéramos hablado nunca, como si fuéramos el primer y el último susurro de este mundo.
Entonces me besó. Lento, con los labios cerrados al principio, como si estuviera probando mi sabor, aprendiendo la curva de mis labios como quien aprende una nueva lengua. No hubo urgencia, no hubo exigencia. Solo entrega. Sus manos, grandes y seguras, se posaron en mis caderas, y luego subieron, despacio, hasta enroscarse en mis brazos. Y cuando finally sus labios se abrieron, fue como si el mundo se detuviera, como si las páginas del libro que teníamos sobre la mesa —abiertas en *El amor en los tiempos del cólera*— dejaran de ser palabras y se volvieran carne.
Me tomó en brazos, como si fuera algo precioso, algo que merecía ser llevado con respeto. Y cuando mis piernas se cerraron alrededor de su cintura, él se sentó en el sofá, sin soltarme, sin romper el beso, como si el tiempo fuera un enemigo que intentaba robarnos un instante.
—¿Estás segura? —me preguntó contra los labios, con la voz rota.
—Sí —dije—. Pero no por mí. Por ti. Quiero saber que todavía puedes sentir.
Y entonces, con la suavidad de quien no tiene prisa, me desabrochó la camisa, paso a paso, como si cada botón fuera una historia que quería leer con calma. Y cuando mi piel quedó al descubierto, no me tocó con ansiedad. Solo pasó la palma de la mano por mi clavícula, por el borde del sostén, como si estuviera dibujando algo que ya conocía.
—Eres hermosa —dijo, con una voz que no parecía la misma de antes—. No por lo que ves. Por lo que siento.
Y entonces, con una ternura que me hizo llorar en silencio, me quitó el sostén y besó mis senos, cada uno como si fuera un milagro. No hubo apuro. Solo entrega. Y cuando sus dedos encontraron mi pezón, ya endurecido, ya entregado, lo acarició con la misma lentitud con que uno lee un verso que no quiere terminar.
—¿Te gustaría que te tocara más? —me preguntó, con la boca aún cerca de mi cuello.
—Sí —dije, y esta vez no fue un susurro. Fue una confesión.
Y así, con la mano que no me había soltado desde que entró en la sala, me desabrochó el pantalón, me deslizó la tela hacia abajo, y cuando mis piernas quedaron libres, me apartó la entrepierna con una suavidad que me hizo temblar. Y cuando sus dedos encontraron mi humedad, ya preparada, ya esperándolo, no se apresuró. Solo rozó, solo acarició, solo esperó.
—¿Te gustaría que te besara aquí? —preguntó, con la voz más grave que antes, más roca, más hombre.
Asentí. No con palabras. Con un giro de cadera, con un suspiro que salió como una súplica.
Y entonces, con los dedos aún dentro de mí, me inclinó hacia atrás, y besó mi vientre, luego el borde de mi ombligo, y finalmente, cuando mis piernas se abrieron sin pedir permiso, pasó la lengua por mi clítoris, una vez, dos veces
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