Lo que pasó en el bus de las 9:30 p.m
7 minLo que pasó en el bus de las 9:30 p.m
La primera vez que lo vi, estaba sentado en el último banco, con las piernas cruzadas y los audífonos puestos, mirando por la ventana como si el mundo fuera un documental aburrido. Pero yo ya lo conocía: era el tipo del salón de juegos de la esquina, ese que siempre se queda hasta tarde jugando *call of duty*, con esa camiseta ajustada que le marca el pecho y los brazos, y el pelo ligeramente despeinado por el sudor de tanto moverse en el juego. Me llamó la atención porque, aunque parecía un tipo normal —alto, moreno, de esos que no se notan hasta que hablan—, tenía una mirada que no encajaba del todo. No era desconfiada, ni agresiva. Era… callada. Como si estuviera escuchando algo que nadie más oía.
Subí con mi mochila de cuero, la que uso para el trabajo de tarde, y me senté dos bancos adelante, en el ventanal. El bus estaba medio vacío: solo un par de señoras con bolsas de mercado, un estudiante con una mochila gigante y el tipo del juego. Me puse a ajustar el cinturón del asiento, pero no por el viaje: por la sensación de que me estaba mirando. Y sí. Cuando le dije "buenas noches" al conductor —por costumbre paisa—, sentí su mirada clavada en la nuca. Volteé. Él ya no tenía los audífonos. Me miraba fijo, con los codos apoyados en las rodillas, las manos entrelazadas, los dedos largos y los nudillos marcados.
—¿Te sientes bien? —le pregunté, aunque no lo dije en serio. Era más un jugueteo.
Se sonrió, lento, como si le hubiera dado un botón de *start* en su cabeza. Asintió, pero no habló. bajó los audífonos y los metió en el bolsillo trasero de los jeans, que le quedaban perfectos, ajustados al culo, redondo y firme, de esos que uno quiere tocar solo con verlos. Me di cuenta de que yo también lo estaba mirando, y me puse roja, aunque no por vergüenza. Por deseo. El tipo me estaba poniendo caliente, y no era ni por su cara ni por su voz —que al final dijo algo, bajito: “Gracias”.
El bus avanzó por la Avenida José Antonio Galán, con ese tamborileo de los baches y el aire acondicionado chillando como si le hubieran quitado el alma. La música que salía de sus audífonos debía ser pesada, porque de vez en cuando movía el pie al ritmo, y esa pequeña señal me hizo pensar: *¿y si le hablo? ¿Y si lo invito a algo?* Pero no era de esas personas que se acercan a cualquiera. No, yo tenía reglas: si no hay chispa, no hay juego. Y esa chispa, ese instante en que el cuerpo te avisa que algo va a pasar, ya había sonado.
A la altura de la Calle 40, el bus se detuvo y subió una chica con dos bolsas de plástico, una blusa floreada y una sonrisa cansada. El tipo se puso de pie, sin prisa, y se movió hacia el centro del banco, dejando un espacio. No hacia mí, pero suficientemente cerca como para que yo sintiera su olor: jabón de menta y algo más, algo masculino pero suave, como café recién hecho con un toque de vainilla.
—¿Quieres sentarte aquí? —me preguntó, y su voz esta vez sí sonó clara, sin esa timidez inicial.
—¿Tú me estás ofreciendo tu lugar? —le respondí, con una sonrisa que me subió hasta las orejas.
—Sí —dijo, y me miró fijo, sin desviar la vista—. Porque me caes bien.
Me encantó. No era un piropo vacío. Era una confesión, como un susurro que se atrevió a gritar. Me levanté, puse la mochila entre mis piernas y caminé hasta él, pasando por encima de su pierna estirada. Cuando me senté, rozó mi muslo con la suya, apenas, pero lo suficiente como para que me erizara la piel. Me miró, y en sus ojos no había duda. Solo curiosidad. Y deseo.
—Soy Valeria —dije.
—Santiago —respondió, y extendió la mano. La tomé. Su piel era cálida, seca, con una ligera粗糙 en las yemas de los dedos. No me soltó.
—¿Vienes del trabajo? —preguntó.
—Sí. Estoy en marketing digital. Tú?
—Soy técnico en sistemas. Trabajo desde casa, pero hoy tuve que ir al salón de juegos a arreglar la consola. Se les dañó el Wi-Fi.
Me reí. No por lo gracioso, sino por la naturalidad. Por cómo hablaba sin miedo, sin disimulo, como si no le importara que lo juzgaran. Y entonces me di cuenta: yo tampoco le había dicho quién era realmente. No dije “soy trans”, ni “soy mujer”, ni nada. Él simplemente me veía como Valeria. Como una mujer. Y eso me hizo sentir más viva.
El bus viró hacia la Zona Norte, y la ciudad se iluminaba como un juego de luces: neón, faros, letreros de *papelería*, *pollerías*, *tiendas de ropa*. Santiago movió la mano lentamente, acarició el dorso de la mía, y luego giró su pulgar sobre mi nudillo. Un gesto sencillo, pero que me hizo apretar los muslos.
—¿Te apetece tomar algo? —preguntó.
—Sí —dije, sin dudar—. Pero no en el bus.
Se rió, bajo, con ese tono que solo tienen los hombres que saben exactamente qué hacer con una sonrisa.
—Entonces… ¿tienes planes para después?
—Depende —le dije, acercando mi hombro al suyo—. ¿Tú qué tienes en mente?
—Nada raro —dijo—. Solo… ir a mi apartamento. Escuchar música. Hablar. Ver qué pasa.
No era una invitación, era una propuesta. Y yo no soy de aceptar propuestas al azar. Pero en ese instante, con su mano sobre la mía, con su respiración más cerca, con el olor de su piel mezclándose con el de los asientos de cuero viejo, supe que no me arrepentiría.
—Voy —dije—. Pero avísame si te da arrepentimiento. Porque yo no devuelvo.
Se rió otra vez, y esta vez me tomó la mano entera, la apretó contra su pecho, y me besó el dorso. Un beso corto, cálido, con una promesa no dicha.
—Nunca he devuelto nada —dijo—. Pero hoy sí quiero probar.
Llegamos a su barrio a las 10:15. Él bajó primero, me tendió la mano, y cuando puse la mía en la suya, sentí una descarga que me subió por la espina dorsal. Caminamos un tramo en silencio, con los hombros rozándose, los dedos entrelazados, y yo con ese calor en el vientre que solo da el deseo bien cultivado.
Su apartamento era pequeño, limpio, con una pared llena de discos vinyl, una consola en el rincón y una cama de dos plazas con una cobertina gris. Me senté en el borde, con las manos en las rodillas, y él se puso de pie frente a mí, quitándose la camiseta con lentitud. Se veía bien. No exagerado, no perfecto: real. Con ese pecho plano, con los pezones pequeños, con la línea suave del vientre que bajaba hacia los jeans.
—¿Te importa si me quitó esto también? —me preguntó, señalando los pantalones.
—Tú decides —le dije—. Pero no me hagas esperar mucho.
Se acercó, se arrodilló frente a mí, y con las dos manos me desabrochó el cinturón. No con urgencia, sino con cuidado, como si cada click del botón fuera una promesa. Luego me bajó la cremallera, despacio, y metió las manos dentro de mis pantalones, rozando la tela de mi braga. Me incliné hacia atrás, apoyándome en las manos, y dejé que él me quitara los pantalones y la camiseta, sin prisa, como si estuviera abriendo un regalo que ya sabía que sería rico.
Cuando me quedé en ropa interior, él se levantó, me miró, y entonces me dijo algo que me hizo temblar:
—Eres hermosa. Y no me refiero a cómo te veo, sino a cómo me haces sentir.
Y entonces me besó. No con fuerza, pero sí con hambre. Me metió la lengua en la boca, con ese sabor a menta y café, y me rozó el pecho con las palmas, bajando despacio, hasta tocar mis muslos, hasta rozar la entrepierna.
—¿Quieres que te mame? —me preguntó, sin soltar el beso.
—Sí —le dije, y lo besé otra vez—. Pero no me lo digas en inglés.
—¿Entonces? —me preguntó.
—Mámame —le susurré al oído—. Que esta noche es mía.
Y así fue. Me tendió en la cama, me quitó la ropa interior con los dientes, y se inclinó sobre mí. Me abrió las piernas con las rodillas, y cuando puso su boca sobre mí, sentí que el mundo se detenía. No era
¿Te ha gustado? Valóralo