Lo que pasó en el bus de la universidad
8 minLo que pasó en el bus de la universidad
El bus de la Universidad de Antioquia, el 127, iba lleno de estudiantes regresando de clase, con sus mochilas de cuero gastado, los pantalones rasgados de tanto usarlos y los chupetones de café de la mañana. Santiago —que no era de la universidad, pero se hacía pasar por estudiante de Derecho para no levantar sospechas— estaba sentado en el último banco, justo detrás del par de tipos que se habían subido en el paradero de la Calle 70. Uno era alto, musculoso, de piel morena clara y pecas en los hombros que se le veían por la espalda de la camiseta ajustada. El otro, más bajo, delgado, con una barba incipiente y ojos que parecían estar siempre a medio dormir, pero con una mirada aguda, observadora.
Santiago no era un pervertido cualquiera. No le gustaba mirar sin permiso, pero había algo en el tipo alto —Julián, lo escuchó decirle al otro— que lo hacía sentir un calor en la ingle que no había sentido desde hacía meses. Julián no se notaba orgulloso de su cuerpo, ni lo escondía. Simplemente estaba, como si fuera una extensión natural de su forma de caminar, de cómo se recostaba en el asiento, de cómo se rascaba el cuello con la palma abierta, con los dedos anchos y las uñas cortas pero bien cuidadas.
El otro —Luis, le dijo Julián— se reía con una risa baja, que salía de su pecho como un gruñido, y se volvía a sentar con las piernas separadas, los codos apoyados en las rodillas, la cabeza un poco inclinada hacia adelante. Santiago no tenía ni idea de por qué lo miraba tanto, pero no podía dejarlo hacerlo. No cuando Julián se quitó la camiseta para ajustarse mejor la funda del celular al brazo y dejó al descubierto el pecho peludo, con ese vello dorado que bajaba en una línea fina desde el ombligo hasta el borde de los pantalones chupados. El pene de Julián no se notaba mucho con los pantalones, pero Santiago lo sentía como un imán: imaginaba la forma, el peso, la textura de la punta cuando estuviera erecto.
—¿Te duele la espalda? —le preguntó Julián a Luis, con una sonrisa pícara.
—No, pero me duele otra cosa —respondió Luis, y se palmeó la entrepierna con un movimiento rápido, como si fuera una broma interna.
Santiago sintió cómo su propia ingle se tensaba.
—¿En serio? —dijo Julián, y se volvió un poco más hacia él, dejando que su muslo rozara el de Luis—. ¿Qué te duele?
—Esto —dijo Luis, y metió la mano bajo la camiseta, jaloneando el elástico del bóxer para sacar una buena porción de su pene. No estaba duro, pero sí bien despierto: grueso, de color oscuro, con el glande húmedo y brillante.
Julián no se asustó. No se rió. Solo lo miró, con los ojos entrecerrados, la boca entreabierta. Luego, lentamente, metió su mano sobre la de Luis y se la llevó a su propia entrepierna.
—¿Y esto qué te parece? —preguntó.
Luis se rió, pero no de forma burlona. De forma que le temblaron las orejas.
—Rico, ¿eh? —dijo, y se inclinó hacia adelante, poniendo su nariz contra el borde del pene de Julián, que ya empezaba a hincharse contra el algodón del bóxer.
Santiago no parpadeaba. Tenía las manos apretadas sobre sus muslos, los nudillos blancos. Su propio pene ya estaba medio duro bajo los pantalones, y el sudor le corrió por la espalda como una serpiente fría.
—Mira cómo lo pica —dijo Luis, y pellizcó el pene de Julián con dos dedos, tirando suavemente hacia abajo.
—Ah —gruñó Julián, y se estremeció.
—¿Quieres que lo mame? —preguntó Luis, y ya no era una pregunta, era una promesa.
—Sí —respondió Julián, y se quitó el bóxer con un solo movimiento, dejando su pene al aire: 17 centímetros, grueso en la base, con una cabeza redonda y húmeda, el prepucio medio corrido hacia atrás.
Luis lo miró como si fuera la primera vez que veía un pene. Como si lo estuviera aprendiendo. Luego, sin prisa, se quitó su bóxer también, y su pene salió: más pequeño, pero bien formado, con los testículos colgados y oscuros.
—¿Vas a hacerlo aquí? —preguntó Julián, y su voz ya no era la de un estudiante de Medicina. Era la de un hombre que sabía lo que quería y lo tomaría.
—Aquí o en el baño del bus —dijo Luis—. Pero aquí es más divertido.
—¿Y si alguien nos ve? —preguntó Julián, pero ya tenía las manos en la cintura de Luis, tirando de él hacia adelante.
—Que nos vean —respondió Luis, y se inclinó hacia adelante, poniendo su pene contra el muslo de Julián, rozando la ingle, rozando la axila, rozando todo lo que pudiera tocar sin que fuera evidente para los demás.
Santiago no podía creer lo que estaba viendo. No solo porque fuera gay —que también—, sino porque era un momento íntimo, casi sagrado, que se daba en público, en el bus, como si fuera lo más natural del mundo.
—Mira —dijo Luis, y empujó su pene contra la boca de Julián.
Julián no dudó. Abrió la boca, metió la lengua, y empezó a lamer la cabeza de Luis como si nunca hubiera hecho otra cosa en su vida. Lo lamía con cuidado, con la punta de la lengua, rodeando el glande, bajando por el cuerpo, subiendo otra vez, y luego metiendo un poco más de la punta para tocar el cuerpo entero.
—Joder… —dijo Luis, y se estremeció, agarrándose del respaldo del asiento.
Julián lo miró, con la boca llena de su pene, los ojos humedecidos, y luego se lo sacó lentamente, con un *pop* húmedo, y se limpió la boca con el dorso de la mano.
—¿Quieres que te lo mame yo? —preguntó.
—Sí —dijo Luis, y se quitó la camiseta por completo, mostrando su pecho plano, los pezones pequeños y oscuros.
Julián se puso de rodillas en el asiento, con las piernas abiertas, y se inclinó hacia adelante, tomó la cabeza de Luis en sus manos, y lo metió en su boca. No como si fuera una tarea. No como si fuera un acto. Como si fuera el único lugar del mundo donde quería estar.
Santiago sintió que se humedecía el pantalón. No por vergüenza. Por deseo puro. Por envidia. Por querer estar allí, en ese asiento, en ese momento, con esos dos cuerpos moviéndose juntos, con esos gruñidos que no eran de dolor, sino de placer, de entrega.
—Mira —dijo Luis, y metió la mano entre las piernas de Julián, encontrando su pene, que ya estaba duro, gordo, con los vasos sanguíneos marcados, con la cabeza brillante de preseminal.
—Está listo —dijo Julián.
—Sí —dijo Luis—. Pero no te vas a salir.
Y lo metió.
No con fuerza. No con prisa. Lo metió poco a poco, como si estuviera descubriendo un mapa que ya conocía, pero que nunca había recorrido con tantas ganas. Los músculos del culo de Julián se estiraron, se abrieron, se adaptaron, y luego Luis lo empujó todo adentro, hasta que sus testículos tocaron la parte trasera del culo de Julián.
—Mierda… —dijo Julián, y cerró los ojos.
—No te muevas —dijo Luis—. Déjame entrar.
Y lo hizo. Empezó a moverse. No con golpes fuertes, sino con movimientos largos y suaves, como si estuviera dibujando una línea en el cuerpo de Julián, como si estuviera escribiendo una carta que no quería borrar.
Julián no paraba de gimiendo. Gruñidos bajos, que salían de su pecho, que se mezclaban con el ruido del bus, con el sonido del motor, con el murmullo de los estudiantes que no sabían que estaban presenciando algo íntimo, algo real.
—Mira cómo te lo mamo —dijo Luis, y volvió a meter la mano entre ellos, agarrando el pene de Julián con fuerza, moviéndose con él, con su ritmo, con su tiempo.
—Está rico… —dijo Julián—. Está rico, Luis… Mierda.
—Sí —dijo Luis—. Está rico.
Y entonces, sin avisar, sin advertencia, sin pausa, Luis se movió más fuerte, más rápido, y su pene se estremeció dentro del culo de Julián, y este gritó, un grito que no salió de su garganta, sino de su pecho, de su vientre, de su alma.
—¡Ah! —gritó—. ¡Ah, joder!
Y se corrió, con fuerza, con todo, con los ojos cerrados, con la boca entreabierta, con la lengua fuera, con la cabeza hacia atrás.
Luis lo siguió segundos después, con un gruñido más fuerte, más bajo, más animal.
—¡Mierda! —dijo—. ¡Mierda!
Y se sacudió dentro del culo de Julián, con todo lo que tenía, con todo lo que sentía.
Santiago no podía creerlo. No porque fuera gay. No porque estuviera en público. Porque era real. Porque era natural. Porque era hermoso.
Cuando Luis se sacó, el pene de Julián seguía erecto, colgando un poco, con el glande hinchado, con gotas de semilla que salían lentamente, como si no quisiera dejar el cuerpo de Luis.
—Mierda… —dijo Julián, y se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Sí —dijo Luis—. Mierda.
—Pero rico —dijo Julián, y se rió.
—Sí —dijo Luis—. Rico.
Y se pusieron de pie, se ajustaron los pantalones, se pusieron las camisetas, y se sentaron como si nada hubiera pasado.
Como si fueran solo dos estudiantes más en el bus.
Como si no hubieran acabado en público, en el asiento de atrás, con las manos temblorosas y los ojos llorosos de tanto gritar.
Santiago no los volvió a mirar. No necesitaba hacerlo. Ya lo había visto todo. Ya lo había sentido todo.
Y cuando el bus se detuvo en el paradero de la Calle 70, los vio bajar juntos, con las manos en los bolsillos, con las cabezas inclinadas, con las sonrisas contenidas.
Y supo que volvería a verlos.
Y que no se contentaría con mirar desde atrás.
Porque ahora sabía que también tenía derecho a sentir. A querer. A mamar. A ser rico.
Y a gritar.
¿Qué tanto te calentó?
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias por responder! 🔥
0se masturbaron con este relato · 0% de 0
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias! 🔥
¿Quieres más como este?
Te aviso cuando suba un relato nuevo. Sin spam.
Mirar también es tocar. Me fascina el detalle, la tensión de lo que se observa sin que el otro lo sepa. El voyeur soy yo, y a veces tú.