Lo que pasó en el barrio La Candelaria
7 minLo que pasó en el barrio La Candelaria
La noche de La Candelaria se ponía pesada, cargada de humo de cigarros, cerveza barata y ganas de olvidar. El aire olía a humedad, a empanadas fritas que aún colgaban en el aire del callejón y a sudor de hombres que caminaban con las manos en los bolsillos, los ojos bajos, pero el pulso acelerado por lo que venían buscando. En una esquina, bajo el letrero parpadeante de *El Rincón del Sabor*, estaba ella: Valeria. Caminaba con esa seguridad que solo dan los años de haber tenido que pelear por lo que es. Tenía treinta y dos, piel morena clara con un brillo aceitoso por el calor, labios rojos como chilacuates maduros y un cuerpo que no mentía: pechos bien formados, cintura estrecha y un culo redondo, firme, que se marcaba con cada paso en esos pantalones ajustados de mezclilla.
Valeria era trans, sí, y lo sabía todo el barrio —nadie le hacía comentarios desde que el año pasado se largó con una botella de aguardiente por la cara a un tipo que le dijo que “eso no era mujer de verdad”. Pero esa noche no estaba allí por eso. Estaba por el calor, por la soledad, por el deseo que le latía entre las piernas como un tambor viejo que no paraba de sonar.
Y entonces apareció él: Sebastián. Alto, de hombros anchos, camiseta negra pegada al torso por el sudor, el pelo corto, los ojos oscuros y una sonrisa de paco tranquilo que no prometía nada, pero sí daba ganas de escucharlo. Se acercó al mostrador del bar, pidió dos cervezas, una para él y otra que le dijo al barman que se la diera a la morena del fondo.
—¿Tú eres Valeria? —preguntó cuando se sentó a su lado, sin mirarla de frente, con la botella fría en la mano, la voz suave pero firme, como el ruido de una puerta que se cierra despacio.
Ella lo miró de reojo, con una ceja levantada, la boca entrecerrada.
—¿Y tú quién eres, pa’ venir tan tranquilo?
—Sebastián. Vivo en la carrera 5ª, más arriba del parque. Te he visto pasear con tu gato, el pelirrojo.
Ella soltó una risita baja, con sabor a humo y alcohol.
—Ah, sí, el diablito ese. Se te ve la ropa si te acercas mucho, ¿sabías?
Él asintió, sin avergonzarse, y le dio la cerveza.
—¿Te molesta que te mire?
—No —dijo ella, y bebió un trago largo, dejando la botella vacía sobre el mostrador—. Pero no esperes que te invite a casa pa’ tomar té de manzanilla.
Sebastián sonrió, y esta vez la sonrisa le llegó hasta los ojos. Se inclinó hacia ella, y su respiración le acarició la oreja.
—¿Y si te digo que quiero meter la mano por debajo de ese pantalón y ver si hueles tan rico como pareces?
Valeria se estremeció. No por sorpresa, sino por la crudeza, por la claridad con que él decía las cosas, sin rodeos, sin miedo. Ella lo miró de frente, y por primera vez, le vio el deseo en el fondo de la mirada, limpio y real, no escondido tras una burla ni un gesto de compasión.
—¿Y si te digo que ya tengo el pulso acelerado solo por oírte hablar así? —susurró, y puso una mano sobre su muslo, apretando un poco, como para probar que no era un sueño.
Sebastián no esperó más. Se levantó, le tomó la mano y la condujo hacia la puerta trasera del bar, donde no había nadie más que un par de basureros que se alejaban con sus carros, murmurando algo entre dientes. La noche allí era más oscura, más húmeda, más caliente. La pared de ladrillos still mojada por la lluvia de la tarde pegaba contra la espalda de Valeria cuando él la empujó suavemente contra ella.
—¿Te gusta que te domine así? —le preguntó él, con la voz ronca, las manos ya bajo su camiseta, deslizándose por el vientre plano, los pechos redondeados.
—Sí —dijo ella, y se mordió el labio inferior, clavándole la mirada—. Pero no te creas que soy fácil. Soy fácil solo si me da la gana.
Él soltó una risita baja, casi gutural, y bajó una rodilla al suelo, frente a ella. Con un movimiento lento, desabrochó el cierre del pantalón, tiró de la tela y los calzoncillos hacia abajo, dejando al descubierto su culo, redondo, firme, con ese pelo crespo que le crecía bien arriba de las nalgas.
—Dios, qué culo tan rico —murmuró, y le dio una palmada seca, fuerte, que marcó la piel enrojecida.
Valeria soltó un grito ahogado, una mezcla de sorpresa y placer, y agarró el pelo de Sebastián con fuerza, sin saber si empujarlo o jalarlo hacia ella.
—Mira, aquí —dijo él, y con los dedos abrió su vulva, separando los labios hinchados, exponiendo el clítoris, pequeño pero vivo, como un grano de uva negra, brillante de humedad—. Huele a tierra mojada y a miel.
Valeria gimió, inclinó la cabeza hacia atrás, y dejó que él le metiera dos dedos dentro, lentos, con cuidado, como si temiera romperla. Pero no la rompió. La abrió. La estiró. La llenó. Con cada movimiento, ella sentía que se deshacía por dentro, que su cuerpo ya no era suyo, que era solo un instrumento entre las manos de un hombre que sabía cómo tocarla.
—¿Quieres que te lo meta ya? —preguntó Sebastián, y se levantó, desabrochándose el pantalón, sacando su pito grande, tieso, con el glande rosado y húmedo de pre-cum.
—Sí —dijo ella, y le abrió las piernas con los codos—. Métemelo bien, pa’ que no me olvide de esta noche hasta el fin de los tiempos.
Él se colocó frente a ella, la punta de su pito rozando su entrada, y empujó, poco a poco, hasta que su vientre chocó contra el suyo. Valeria soltó un grito agudo, desgarrado, de puro placer. Estaba llena. Llena hasta el fondo. Y él comenzó a moverse, con golpes cortos y fuertes, cada uno metiéndose hasta las pelotas, cada uno sacudiéndole el cuerpo entero.
—¡Dios, cómo te muevo! —gruñó él, sudoroso, con los ojos cerrados, la boca entreabierta.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Dale más fuerte! ¡Mámame el pito después, rico! —exclamó ella, y le dio un beso en el cuello, mordió su hombro, sintiendo el sabor salado de su piel.
El ritmo se aceleró. Valeria se agarró de sus hombros, las uñas clavándose en la carne, y él la levantó un poco, metiéndose más hondo, tocando ese punto interno que la hacía ver estrellas. Sus gemidos se entrecortaban, sus respiraciones se confundían con el ruido de la ciudad, con el sonido de los pasos que se acercaban, que se alejaban, sin importarles ya nada más que el calor, el sudor, el deseo que los consumía.
—¡Voy a correrte, Valeria! —gritó él, con la voz rota.
—¡Hazlo! ¡Hazlo ya! —exclamó ella, y sintió cómo su cuerpo se tensaba, cómo su clítoris palpitaba, cómo su vagina se cerraba alrededor del pito de él, y explotó, con un grito que se le perdió en la garganta, con las piernas temblando, la frente sudorosa, los ojos cerrados.
Y él, segundos después, emitió un gruñido profundo, se estremeció entero, y corrió dentro de ella, con fuerza, con ganas, con todo lo que llevaba guardado.
Se quedaron así un rato, pegados, sudados, respirando en el mismo ritmo. Él le besó el cuello, la nuca, la frente. Ella le sonrió, con los ojos húmedos, y le dijo:
—Mañana vuelves. ¿Sí?
—Sí —dijo él, y le acarició el pelo—. Mañana vuelvo. Y te voy a hacer correr dos veces, pa’ que sepas que no es suerte.
Y se fueron caminando, él con la mano en su cintura, ella con la cabeza apoyada en su hombro, como si ya llevasen años juntos, como si el mundo no les importara, como si La Candelaria les perteneciera solo a ellos.
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Escribo lo que pasa cuando se apaga la luz y quedan solo la piel y las palabras. Me obsesionan los detalles: un roce, un suspiro, lo que nadie dice en voz alta.