Lo que pasó en el barrio de Castellana

Lo que pasó en el barrio de Castellana

@fernanda_luz ·17 de junio de 2026 · 🔥 4.2 (34) · 82 lecturas · 8 min de lectura

Yo tenía veintitrés años, el cuerpo aún fresco, pero ya con ganas de probar todo lo que la vida me había negado en mi crianza católica y recatada. Vivía en un apartamento chiquito, alquilado con el dinero que ganaba cuidando ancianos en el centro de la ciudad. Mi vecina de enfrente —la señora Delia—, una mujer de esos años sesenta que siempre me saludaba con una sonrisa tímida y un té humeante en la mano, me recomendó un día, mientras bajaba las escaleras con una bolsa de arroz en la espalda: —Mira, hija, si te falta plata, hay un hombre que vive en el quinto piso, el 507… se llama Darío. Es viudo, tranquilo, y paga bien por compañía. No es que sea un muchacho, claro, pero tiene un cuerpo que aún se mantiene. Y ojo, que me dijo que le gustan las jóvenes. Yo me sonrojé, le agradecí con un “gracias, señora Delia”, y no le dije que ya había visto a ese Darío. Alto, pelo cano bien recortado, ojos oscuros que parecían ver más de lo que hablaban. Llevaba camisas abiertas hasta el pecho, con cadenas doradas que colgaban como si fueran parte de su piel. Lo había visto salir del supermercado, cargar bolsas con una facilidad que no era solo fuerza… era confianza.

No pensaba ir. Pero dos semanas después, cuando mi celular sonó y no era nada más que el eco de mi soledad, recordé el número que la señora Delia me había pasado, escrito a mano en una servilleta de papel que guardé en la cartera como si fuera un talismán.

—¿Hola? —respondió una voz grave, lenta, con un dejo de barba rasposa en el tono. —Hola… soy Fernanda. La vecina del tercero… me dijo la señora Delia que… —Ah, sí. La joven. Sube.

No pregunté qué clase de compañía quería. Subí las escaleras con los pies descalzos, el corazón en la garganta, un vestido ajustado que me quedaba un poco corto pero que, según mis amigas, hacía que los hombres me miraran como si quisieran desgastarme con la mirada.

Abrió la puerta sin camisa. El pelo cano, bien cortado, pero con mechones que se desordenaban como si hubiera estado durmiendo. Sus brazos eran fuertes, con venas suaves que subían hasta los hombros. Un vello oscuro en el pecho, pero no excesivo. Una cicatriz delgada, casi invisible, en el antebrazo izquierdo. Me miró de pies a cabeza, y luego me sonrió. —Pasá, Fernanda. ¿Te tomo una gaseosa? —Sí… gracias.

El apartamento olía a café fuerte, tabaco de corteza y algo más… algo como cuero viejo y agua de colonia cara. Muebles oscuros, paredes con cuadros de paisajes que parecían de otra vida. Un piano en la esquina, tapado con una tela de satén gris.

Me senté en el sofá, cruzando las piernas. Él se sentó frente a mí, con las manos apoyadas en las rodillas, la espalda derecha, la mirada tranquila pero con algo detrás… una promesa que no decía con palabras.

—¿Cuántos años tenés, Fernanda? —Veintitrés. —Y yo… cincuenta y uno. —Ya lo sabía.

Se inclinó un poco hacia adelante, y por primera vez, sus ojos se fijaron en mis pechos, que se movían con la respiración. —Entonces… ¿venís por curiosidad? ¿Por plata? ¿O por ganas?

No dudé. —Por ganas.

Sonrió, lento, como si hubiera estado esperando esa respuesta desde que abrió la puerta. Se levantó, fue hasta la cocina, y volvió con dos vasos de gaseosa. Me los entregó, y sus dedos rozaron los míos. Una chispa.

—¿Te gusta el jazz? —Sí. —Bueno. Porque voy a ponerte uno. Y mientras suena… me vais a contar cómo te gusta que te toque.

Me puse tensa. —¿Qué? —No te asustes. Es solo que… yo no soy de forzar nada. Pero tampoco me disculpo por lo que quiero. Y yo quiero verte. Oírte. Sentirte.

Puse la gaseosa en la mesa y me levanté. Me acerqué hasta donde él estaba, con las manos en los bolsillos, como si no tuviera prisa, como si ya supiera que ganaría.

—¿Y si no sé cómo me gusta que me toques? —Entonces te lo voy a enseñar.

Se acercó, lentamente, hasta que su aliento rozó mi cuello. Sentí el calor de su pecho, la textura de su vello en los brazos, la durez que empezaba a crecer en su entrepierna sin que yo lo tocara siquiera.

—Mirá —dijo, y me tomó la mano, la llevó hasta su muslo, donde ya sentí el pene rígido, grueso, empinado contra el algodón de sus pantalones. —Esto es lo que me haces. Y no es por vergüenza… es por necesidad.

Me deslicé la blusa por encima de la cabeza. Él no dijo nada, solo me miró, los ojos oscuros, la respiración más profunda. Mis pechos pequeños, pero firmes, con pezones que ya se pusieron duros al aire.

—Hermosos —susurró, y me los cubrió con las manos. Me los apretó, los masajeó con movimientos lentos, y con los pulgares frotó mis pezones hasta que sentí un calor bajar直 hacia mi vientre, hacia mi vagina, que ya se humedecía sin que yo lo ordenara.

—¿Te gusta que te toque así? —Sí… sí.

Me soltó los pechos, me tomó del mentón y me obligó a mirarlo. —¿Y esto? —y me pasó la mano por el vientre, descendiendo hasta el borde del pantalón corto que llevaba puesto. —¿Te gusta que te acaricie ahí?

No respondí. Solo le puse la mano encima, sobre su pene, y sentí cómo palpitaba, cómo latía con fuerza contra mi palma.

—Decilo. —Sí… me gusta.

Me sacó el pantalón corto y las bragas, y me sentó sobre el borde de la mesa, con las piernas abiertas. Él se arrodilló frente a mí, sin dudar, sin pedir permiso, como si ya hubiera soñado esto mil veces.

Me separó los labios con los dedos, y me miró la vulva, húmeda, brillante, con el clítoris ya erguido, como un pequeño nudo de nervios y deseo.

—Estás rica, Fernanda. Tan joven… tan mojada.

Y entonces bajó la cabeza.

Su lengua salió, lenta, golpeando mi clítoris con un movimiento circular, firme, seguro. Me metió un dedo, luego dos, y me las movió dentro, como si me estuviera mamiando, como si me estuviera chupando un chupete que le sacaba el alma.

Yo grité. No pude evitarlo. Mis manos se aferraron al borde de la mesa, mis caderas se movieron solas, buscando más, más, más.

—No te detengas… por favor, no te detengas.

Él se levantó, se desabrochó los pantalones, sacó su pene. Grande, grueso, con la cabeza morena, la corona hinchada, y una gota de líquido preseminal que colgaba como un rocío dorado.

—¿Querés verlo de cerca? —Sí…

Me acerqué, y lo toqué. La piel suave, el calor inmenso, la textura que me hizo pensar en cuerdas de guitarra, en madera vieja, en algo que había estado guardado mucho tiempo y que ahora, por fin, salía a la luz.

—Está grande… —Sí. Y es tuyo. Solo tuyo, por ahora.

Se puso de pie, me tomó de las caderas, y me subió hasta el borde de la mesa. Me senté, con las piernas alrededor de su cintura, y él colocó la punta de su pene contra mi entrada.

—¿Estás lista? —Sí… sí.

Y me lo metió.

No fue rápido. Fue profundo. Me estiró todo, me abrió como si fuera el primer día del mundo. Sentí su cuerpo contra el mío, sus manos en mis caderas, su cabeza inclinada, su aliento en mi cuello.

—Estás apretada… tan apretada… —murmuró, y empezó a moverse. Lento al principio, como si no quisiera romperme, pero luego más fuerte, más hondo, como si me estuviera mamiando con su pene, como si cada embestida fuera un beso en el alma.

Yo le arañé la espalda, le mordí el hombro, le dije cosas sucias que nunca antes había dicho en voz alta: —Dame más… más fuerte… quiero sentir tu pito dentro de mí… quiero que me rompas…

Él se inclinó, me mordió el pecho, me chupó un pezón, y mientras lo hacía, me metió los dedos en el culo y me los movió, extendiéndome, abriendome, mientras su pene seguía entrando y saliendo con fuerza, con desesperación, con una pasión que no era de la juventud, sino de la experiencia.

Me tocó el clítoris, lo frotó con sus nudillos, y yo me desbordé.

Grité su nombre. Me estremecí. Mis músculos internos se contrajeron, me agarraron de su pene como si no quisiera soltarlo. Él me agarró más fuerte, me empujó hacia abajo, y se metió hasta la raíz.

—Voy a correrme adentro… —dijo, y yo le respondí: —Sí… corréte. Que sienta tu leche.

Y lo hizo.

Con un grito gutural, se estremeció, y su pene palpitó dentro de mí, llenándome de su semilla caliente. Lo sentí desbordarse, sentir cómo su semilla salía a chorros, como si hubiera estado guardándola toda la vida para mí.

Se desplomó sobre mí, sudado, con el corazón a mil, y yo lo abracé, lo sentí pesado, cálido, real.

—¿Te duele? —me preguntó, como si de repente se hubiera acordado de mi edad. —No… me gustó.

Me besó la frente. Me acarició el pelo.

—Sos muy valiente, Fernanda.

—No, Darío. Sola, soy un puto miedo. Pero contigo… soy quien quiero ser.

Se rió, suave, y me levantó. Me lavó la cara con una toalla tibia, me dio agua, y luego me sentó en el sofá, me puso una manta encima, y se sentó a mi lado, con su pene aún tieso, como si no quisiera soltarse del todo.

—¿Querés quedarte esta noche? —Sí.

Y me tomó de la mano, y me llevó a su habitación.

Allí, en la oscuridad, con la luna entrando por la ventana, me desvestí de nuevo. Él me miró, me tocó, me volvió a meter su pene dentro de mí, pero esta vez más lento, más tierno, como si me estuviera haciendo el amor, como si supiera que esta vez no era solo deseo, era conexión.

Y cuando me desperté al día siguiente, con su brazo sobre mi cintura, su pene aún dentro de mí, y el sol entrando por la ventana, supe que no era una casualidad.

Era algo que había estado esperando.

Y yo también.

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Lo erótico también vive en la intimidad de quienes ya se conocen. Escribo la complicidad, el deseo cómodo y profundo de las parejas.

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