Lo que pasó en el barrio con el nuevo del fondo

Lo que pasó en el barrio con el nuevo del fondo

@santiago_vera ·23 de junio de 2026 · 🔥 4.7 (23) · 57 lecturas · 4 min de lectura

El olor a humedad y café recién hecho flotaba en el pasillo del edificio antiguo del barrio La Candelaria, donde Santiago, de 32 años, vivía solo desde que su mujer se fue con su hijo hace dos años. La soledad le pesaba, pero lo había acostumbrado a mirar sin tocar, a desear sin actuar. Hasta que llegó el nuevo del fondo.

Se llamaba Daniel. Tenía 28, era alto, de hombros anchos y muslos firmes que se notaban aunque usara shorts desgastados. Trabajaba como albañil en una obra de la carrera séptima, y cada tarde, al pasar por la escalera de los vecinos, Santiago lo veía subir con la camiseta pegada al cuerpo, el sudor marcando los contornos del pecho y el pellejo del estómago, el pito hinchado en el bulto que le formaba el calzoncillo. No decía nada, solo asentía con la cabeza, pero Santiago lo sentía mirar también.

Una tarde, la lluvia los atrapó bajo el techo del portal. Daniel se sacó la camiseta para secarse la cara, y Santiago vio su cuerpo entero: piel morena, pezones oscuros, ombligo profundo, y ese pene gordo y ligeramente curvado que colgaba entre sus piernas, flácido pero ya prometedor. Daniel notó el fijarse, y sonrió, un chueco de labio que decía *sé que te miro también*.

—¿Te pica la curiosidad, parce? —preguntó, con voz grave y un tono de voseo paisa que le hizo temblar la sangre.

Santiago tragó seco, asintió.

Daniel se acercó, la lluvia still goteando de su pelo, y le acarició la nuca con la palma áspera de tanto trabajar. No lo besó de inmediato. Primero lo olió: cuello, sien, oreja. Luego le mordió el labio inferior y lo empujó contra la pared húmeda. El beso fue agresivo, con lengua que exploraba con urgencia, salado y cálido.

—Ven —susurró Daniel, tirando de su muñeca.

Lo llevó a su cuarto: una habitación pequeña, con paredes descascaradas, una cama deshecha y un ventilador colgando del techo que zumbaba como un abejorro borracho. Santiago se quitó la camisa, y Daniel lo miró como si estuviera viendo algo que le había faltado mucho: el pecho plano, los pezones pequeños, el vientre suave, y ese pito que ya se le levantaba, tembloroso, como un perrito asustado.

—Mira esto, parce —dijo Daniel, desabrochándose el cinturón—. Ya lo tenías ganando.

Se deslizó los shorts y el calzoncillo a la vez, y el pito de Daniel saltó hacia adelante, grueso, con la cabeza roja y brillante, la vejiga hinchada por la tensión. Santiago lo tomó con la mano, sintió el calor, la textura de la piel, la venita que palpitaba como un latido.

—Mándame a chambear, pero despacio… que me muero de ganas —rogó Santiago.

Daniel asintió, lo tiró sobre la cama, le quitó los pantalones y el calzoncillo de un jalón. Se arrodilló entre sus piernas, lo agarró por los tobillos, y empezó a chuparle el pito como si nunca hubiera probado algo más rico. Lengua plana, boca húmeda, mamar con fuerza, chupar el glande, chupar el culo del pene, todo con un ritmo lento y lento.

Santiago se arqueó, gimió: “¡Dios mío, rico! ¡No me lo pares tanto!” Pero Daniel no paró. Lo mamiaba como si le debiera dinero, con las manos sujetándole los cojones, apretando suavemente, lamiendo los pliegues entre las piernas.

Cuando Santiago sintió que se venía, Daniel se levantó, lo volteó boca abajo, le puso una almohada bajo las caderas y se lubricó el dedo con saliva. Le abrió los glúteos con suavidad, le metió el dedo primero, luego el segundo, luego el tercero, estirando el ano, masajeando la próstata con la punta del dedo.

—Estás bien cerradito, parce… pero ya te abro —susurró.

Se lubricó el pito con más saliva, se frotó el glande contra el orificio, y lo empujó con un jalón seco, lento, hasta que todo el pene se hundió dentro. Santiago gimió, fuerte, como un animal herido. Daniel se quedó quieto, los dos sudando, los dos con el corazón a mil.

—Ahora sí, parce… ¡vamos a mamarla!

Y empezó a salir, pausado, y entrar, cada vez más fuerte, con los nudillos blancos agarrando las caderas de Santiago, los dientes apretados, el pene sacando y metiendo, rozando la próstata como si le estuviera haciendo el amor a algo sagrado. Santiago jadeaba, se le salía la lengua, las piernas le temblaban, y cuando Daniel le dio un par de jalones fuertes y le metió el pene hasta la raíz, Santiago se vino con un grito ahogado, los cojones apretados, el pito explotándole en el interior.

Daniel lo siguió un segundo después, llenándole el fondo de caldito tibio.

Se quedaron quietos, sudando, pegados, con el olor a sexo y humedad en la habitación.

—Eso, parce… eso sí se manda a chambear —dijo Daniel, besándole el cuello.

Santiago sonrió, aún jadeando.

—Sí, parce. Eso sí que es rico.

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Mirar también es tocar. Me fascina el detalle, la tensión de lo que se observa sin que el otro lo sepa. El voyeur soy yo, y a veces tú.

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