La noche que mi vecina me dejó mirar cómo se follando con su novio
6 minLa noche que mi vecina me dejó mirar cómo se follando con su novio
Era viernes, y el calor no daba respiro. La ciudad latía con esa lentitud agotada de los días de verano, y yo, Emilio, con mi suéter de manga larga y el ceño fruncido, me preparaba un café en la cocina de mi apartamento, el mismo que llevaba seis años habitando en el cuarto piso del edificio más viejo del barrio. Desde la ventana del balcón, con las persianas bajadas a media altura, observaba sin intención —o con demasiada— el movimiento de las luces del edificio de enfrente. El 4B. El apartamento de Lucía.
Lucía era una mujer de esos cuerpos que no parecen reales: pechos firmes que se le marcaban incluso bajo blusas holgadas, cintura estrecha, caderas anchas y una piel morena que brillaba con el sol de la tarde. Tenía treinta y cinco años, era divorciada, y trabajaba como diseñadora gráfica desde casa. Nunca habíamos cruzado más de tres frases: un “buenos días” al salir del elevador, un “gracias” cuando me pasó una botella de agua que se le había caído en la escalera. Pero esa noche, por primera vez, vi la puerta del 4B abrirse con un giro lento, y salió ella. No estaba sola.
Llevaba un vestido ceñido, negro, con una abertura lateral que dejaba ver una pierna larga y tersa. Y con ella, un hombre alto, de pelo canoso, musculatura marcada, que se notaba atleta. Se abrazaban con una naturalidad que era casi obscena. Él le quitó la bolsa de la mano, le acarició la nuca, y luego la besó en la boca. Un beso profundo, con lengua, con hambre. Lucía se le aferró al pecho, y él la empujó contra la pared del pasillo, justo frente a su propia puerta. Las manos del hombre se deslizaron por su cintura, bajaron hasta las nalgas, y apretaron con fuerza, mientras Lucía levantaba la pierna y se la enroscaba al muslo. Yo, invisible tras la persiana entreabierta, sentí cómo el pene me crecía dentro del pantalón.
El hombre metió la llave, abrió, y la arrastró adentro. La puerta se cerró. Yo dejé el café en la mesa, sin beberlo, y me acerqué al balcón. No me moví. Sabía que no debía. Pero no pude evitarlo. Apoyé las manos en la baranda, incliné el cuerpo hacia adelante, y vi cómo la luz del 4B se encendía.
Quedaron en silueta por un momento: ella de espaldas, él de frente, el hombre desabotonándole el vestido con gesto rápido, impaciente. Lucía giró sobre sí misma, y el vestido se deslizó por sus caderas hasta el suelo. Quedó en bragas negras y un sujetador de encaje que apenas contenía sus pechos, redondos y firmes. Él ya se había quitado la camisa. Tenía el torso peludo, con una cicatriz blanca en el costado, y un tatuaje de una serpiente en el brazo izquierdo. No dijo nada. Se acercó, le quitó el sujetador, y cuando los pechos de Lucía saltaron libres, él los agarró con ambas manos, los apretó, y se inclinó a lamerle uno de los pezones. Ella jadeó, arqueó la espalda, y le metió los dedos en el pelo.
Y entonces, con una lentitud deliberada, él se quitó los pantalones. Su pene salió firme, grueso, con el prepucio oscuro y la cabeza rojiza. No estaba circuncidado. Lucía lo miró, lo recorrió con la mirada, y sin dudar, se arrodilló frente a él. Lo agarró con ambas manos, lo frotó contra su pecho, y luego lo llevó a la boca. Lo introdujo entero. Él se inclinó, le sostuvo la cabeza, y lo metió y sacó con ritmo, hasta que ella empezó a toser. Se separó, se lamió los labios, y lo miró con los ojos entrecerrados. —¿Quieres que lo lama hasta que te corras? —preguntó, con voz ronca.
Él no respondió. Sólo la tomó del brazo, la levantó, y la llevó hacia el cuarto. Yo no los perdí de vista. Los vi entrar, cerrar la puerta, y apagar la luz. Pero yo ya tenía mi teléfono en la mano. Lo puse en modo cámara, lo apunté hacia el balcón del 4B, y esperé.
Diez minutos después, la luz se encendió de nuevo. Ella estaba de pie frente a la cama, desnuda, con las manos apoyadas en el colchón. Él, ya sin ropa, se le acercó desde atrás, le separó las nalgas con las manos, y exploró suentrerío con un dedo. Ella gimió, alto, claro, sin vergüenza. Él metió dos dedos, los movió, y luego los retiró. Se colocó detrás de ella, se colocó entre sus muslos, y con una sola mano le separó los labios de la vagina. Yo lo vi entrar. Su pene desapareció dentro de ella en un solo movimiento. Lucía gritó. No era un grito de dolor. Era un grito de placer, agudo, prolongado.
Él comenzó a empujar. Con fuerza. Con ritmo. Cada vez que se hundía, Lucía se hundía con él, sus pechos rebotaban contra el colchón, y sus nalgas chocaban contra sus muslos. Él la tomó de la cintura, la levantó un poco, y cambió el ángulo. Ahora era más profundo. Más carnal. Ella soltó un grito ahogado, se pasó la mano por el pelo, y se volvió hacia él. Lo besó. Y mientras lo besaba, él siguió follando su cuerpo, con movimientos cortos, rápidos, duros. Ella le mordió el hombro para no gritar demasiado, pero no sirvió de nada. Él le agarró el pelo, la obligó a abrir la boca, y la folló mientras ella lo miraba a los ojos. Ella se corrió de golpe, sin previa advertencia. Su cuerpo se estremeció, los musculos de la vagina se contrajeron, y su grito salió como un lamento. Él no paró. La agarró por las caderas, la levantó, y la puso boca abajo. Le separó las nalgas con las dos manos, y metió su pene de nuevo, más fuerte, más hondo. Lucía lloraba, no de dolor, sino de tanto placer. Se puso de cuatros, y él le subió la cadera, le metió una mano entre las piernas, y le empezó a frotar el clítoris con el pulgar. Ella se corrió otra vez. Y otra. Y otra.
Yo, desde mi balcón, me había quitado los pantalones. Me tenía en la mano, duro, con la punta brillante de pre-cum. Me movía con la mano, con lentitud, mirando cómo ella se dejaba cargar por el hombre, cómo su cuerpo se rendía, cómo su respiración se volvía entrecortada, cómo su vagina absorbía cada embestida con un sonido húmedo, carnoso, que yo podía imaginar aunque no lo oía. Él se corrió dentro de ella. Se inclinó sobre su espalda, le mordió el cuello, y con un grito largo, la llenó de semen. Lucía se desplomó sobre el colchón, con las piernas abiertas, el pene de él aún dentro de ella, goteando.
Él se retiró, se dejó caer al lado de ella, y la tomó entre sus brazos. Ella se volvió hacia él, le besó el pecho, y le dijo algo que no alcancé a escuchar. Él sonrió. Le acarició el pelo. Y yo, con la mano aún en mi pene, mecorrí con una sola palmada, caliente, sin palabras.
El teléfono seguía grabando. Pero yo ya no miraba la pantalla. Ya no necesitaba grabarlo. Lo había visto todo. Lo había sentido todo. Y desde aquella noche, cada vez que salía de casa, dejaba la persiana un poco más alta. No para que me vieran. Para que ella supiera que yo estaba ahí. Y que yo sabía.
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Creo en el erotismo de la buena prosa. Romance, elegancia y esa pasión clásica que no necesita ser vulgar para encender.