Lo que pasó en el baño de mi casa mientras llovía

Lo que pasó en el baño de mi casa mientras llovía

@valeria_storm ·27 de junio de 2026 · 🔥 3.9 (21) · 79 lecturas · 5 min de lectura

La lluvia golpeaba el techo con furia, como si alguien le hubiera prendido fuego a la ciudad entera y ahora llorara en gotas calientes. Valentina se recostó en el sofá, con una manta sobre las piernas y la tele apagada desde hacía rato. Tenía treinta y siete, una edad en la que ya no te disculpas por querer algo —lo tomas, punto. Su cabello castaño, un poco despeinado, le caía sobre los hombros; el suéter de algodón, medio subido, dejaba entrever la curva de su ombligo, y los shorts de algodón que usaba no hacían nada por esconder lo que ya llevaba hora y media picando dentro de ella.

Había estado pensando en él todo el día. En Rafael. No en *Rafael el de la esquina*, sino en *Rafael*, el nuevo barman del lugar donde trabajaba su amiga Lucía. Alto, moreno, de hombros anchos y una risa que parecía salirle directo del pecho, sin filtro. Lo había visto tres veces: dos cuando fue con Lucía a tomar algo, y una esta mañana, cuando pasó a dejar un pedido y se quedó cinco minutos de más, apoyado en el marco de la puerta, con los ojos en sus labios mientras le explicaba algo absurdo sobre el clima. Ella había sonreído, y él también. Y eso fue suficiente.

—Me la voy a chingar —murmuró, sin saber que ya lo había hecho en su mente diez veces antes del mediodía.

Se paró, se estiró con lentitud, dejó la manta a un lado y caminó hacia el baño. El piso de mármol frío le hizo estremecer los pies. Cerró la puerta con un clic suave, puso el seguro, y se apoyó contra ella, respirando hondo. La lluvia seguía, ahora más fuerte, con truenos que retumbaban como si le estuvieran pegando golpes al techo. Valentina se quitó el suéter, luego los shorts, y se quedó frente al espejo, apenas vestida con su encaje negro: una tanga que apenas cubría su culo redondo, y un sostén que empujaba sus pechos hacia arriba, como si también quiso ver qué pasaba.

Se miró. Las pecas en los hombros, el ligero vello en los brazos, la curva de su cintura, el hueco entre las caderas. Y abajo, el triángulo oscuro que ya se humedecía. Se pasó una mano por el vientre, despacio, hasta que sus dedos rozaron la base del tanga. Se mordió el labio.

—¿Y si lo llamo? —se preguntó en voz alta, como si alguien más estuviera allí para responderle.

Pero no lo hizo. En vez de eso, se agachó un poco, tomó el elástico del tanga con los pulgares y lo bajó con calma. Se sentó en el borde de la tina, con una pierna extendida y la otra flexionada, y se llevó los dedos a la entrepierna. Ya estaba mojada. Ya lo había estado antes.

Sus dedos encontraron el capullo del clítoris, hinchado y ansioso. Un suspiro le escapó, ahogado por el ruido de la lluvia. Lo frotó con el pulgar, en círculos pequeños, mientras con el índice se deslizaba hacia abajo, rozando los labios, buscando el punto más sensible. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en las rodillas, y se metió un dedo. Entró con facilidad, porque ya lo había hecho antes. Se acordó de la última vez: con la luz apagada, con los ojos cerrados, con la imagen de Rafael dibujada en su mente como un tatuaje.

—Ahhh… —gimió, bajando el segundo dedo. Se movió, lento, como si no quisiera acabar todavía. Quería saborearla. Quería que doliera un poco, pero no tanto. Quería sentirse *usada*, aunque fuera por ella misma.

Se llevó la mano al pecho, a sus pechos redondos, que se ponían más duros con cada movimiento. Se pellizcó un pezón y lo apretó, mientras con la otra mano se jodía con más fuerza. Su cabeza se inclinó hacia atrás, la boca entreabierta, los ojos cerrados. Sentía el calor subirle por la espalda, como una serpiente que se enroscaba en sus vértebras.

—Rafael… —susurró, como una plegaria.

Y entonces, sin quererlo, se vino. No con un grito, sino con un susurro que se perdió en la lluvia. Se contrajo todo: el vientre, los muslos, los dedos que aferraron el borde de la tina. Se sintió llena, aunque no había nada dentro. Solo el vacío y el calor, y el alivio que viene después de luchar contra uno mismo.

Se quedó así un rato, respirando, con los ojos cerrados, los dedos aún dentro, moviéndose despacio, como si no quisiera que terminara. Luego, se levantó, se limpió con una toalla y se puso de nuevo el tanga. No se duchó. No quería borrar el olor de su propia piel.

Se miró en el espejo otra vez. Los labios más rojos, las mejillas encendidas, los ojos brillantes. Sonrió. No por lo que había hecho, sino por lo que sabía que *podía* hacer. Porque Valentina ya no esperaba permiso. Ya no le pedía disculpas por querer.

Bajó las escaleras con paso ligero, se puso una camiseta vieja y se sirvió un vaso de agua. Se sentó en la terraza, con las piernas cruzadas y el viento mojado en la cara. La lluvia había amainado. Ahora caía con pereza, como una canción de cuna.

Sacó el celular. Miró el reloj: 10:17 p.m.

Y entonces, sin pensarlo dos veces, escribió en el grupo de WhatsApp de sus amigas:

—¿Quién se acuerda de Rafael, el barman?

Lucía respondió enseguida:

—¿El que te mira como si te quisiera chupar la verga con cuchara?

Valentina sonrió, tomó un trago de agua, y tecleó:

—Sí. Él.

Y no escribió más. Porque a veces, lo que empieza en el baño con un par de dedos, termina en una cama con una verga real. Pero eso ya era otra historia.

Y mientras tanto, mientras la ciudad se secaba poco a poco, Valentina se dio permiso. Una vez más.

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Sin esperar a mañana. Encuentros casuales, deseo inmediato, esa urgencia de quererlo todo ya. Escribo el ahora.

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