Lo que pasó en el balcón de la quinta
7 minLo que pasó en el balcón de la quinta
La noche del viernes en Medellín olía a lluvia cerca, pero no llovía aún; el cielo se mantenía en vilo, cargado, como el deseo que se acumula sin descargarse. En el quinto piso de un edificio moderno en El Poblado, con vistas al valle iluminado por luces que parpadeaban como estrellas ahogadas, la música de fondo era apenas un murmullo: jazz afrocolombiano, bajito, mezclado con el sonido del aire acondicionado y el crujido de los zapatos de tacón sobre el piso de madera.
Elena, de treinta y tantos, pelo oscuro recogido en un nudo deshecho, se paró frente al balcón de cristal. Llevaba un vestido negro ajustado que le marcaba la cintura, los senos redondeados y la curva del culo como si fuera pintado con pincel de seda. No era mujer de hacer ruido ni de correr, pero esa noche tenía el cuerpo en llamas, y la electricidad que corría por sus venas no tenía nada que ver con la tormenta que se acercaba.
Había invitado a Carlos, su vecino del cuarto piso. No por amistad, sino por algo más antiguo, más silencioso: la mirada que se cruzaba en el ascensor, los “buenas noches” que duraban un poco más de lo necesario, el olor a café y tabaco que él traía consigo como perfume. Él, alto, de hombros anchos y manos grandes, con el pelo negro ligeramente canoso en las sienes, siempre con esa sonrisa contenida, como si supiera algo que nadie más sabía. Y sí lo sabía: sabía que Elena lo miraba como queriendo despojarse de todo, menos de su piel.
—¿Te parece bien si pongo la música un poco más fuerte? —preguntó él, acercándose con dos vasos de agua con hielo y un toque de aguardiente antioqueño, el licor que quema el pecho pero suaviza el alma.
Elena asintió, sin mirarlo. Solo se mordió el labio inferior, un gesto breve, casi invisible, pero él lo vio como si fuera una señal de fuego en la oscuridad.
Subió la música: un ritmo de salsa-góspel, con bajos profundos y un piano que lloraba suavemente. La luz del balcón era tenue, apenas un farolillo colgando del techo, como los de las veredas de antes. El aire entraba con la puerta entreabierta, con el leve olor a gardenias y tierra mojada que llegaba de los jardines del edificio.
—¿Te gusta así? —Carlos se puso frente a ella, pero sin tocarla aún. Solo dejó el vaso sobre la mesa de cristal y se inclinó un poco, como para escuchar mejor el ritmo. Sus ojos estaban oscuros, brillantes, como si ya hubieran bebido de algo más fuerte que el aguardiente.
Elena le respondió con una sonrisa lenta, poniendo una mano en su pecho, sintiendo el latido bajo la camisa de algodón. —Te lo juro, Carlos, si esto sale mal, me vas a odiar mañana.
—Si sale mal —él tomó su mano y la llevó a su boca, besó los nudillos, luego la palma—, entonces no será malo. Porque lo que huele bien, aunque duela, sigue siendo bueno.
No hubo más dilación. Él la tomó de la cintura, ella se pegó como si ya hubieran bailado cientos de veces. La música los envolvió, y con cada giro, cada rozamiento, los cuerpos se iban entendiendo sin palabras. Sus pechos se aplastaban contra el pecho de él, el vello de sus brazos le erizaba los brazos a ella, y cuando él le pasó una mano por la espalda baja, arrastrando el dedo por la curva de su culo, Elena soltó un suspiro que se deshizo en el aire como humo.
—Estás rico —murmuró él, pegado a su oreja.
—Cállate, que me estás poniendo más nerviosa —le respondió ella, pero no lo empujó, sino que apretó más sus dedos en su cintura.
Se separaron un poco, solo para respirar, para mirarse de frente. Elena le quitó la camisa con lentitud, como si desempaquetara un regalo peligroso. Sus manos temblaban. Él, por su parte, bajó la cremallera del vestido negro, que bajó como una cascada hasta su cintura, dejando al descubierto la tanga de encaje negro, transparente en los bordes, que dejaba ver la sombra oscura entre sus muslos.
—Ay, mija… —Carlos susurró, y por primera vez, con ese tono que solo usan los hombres cuando el deseo les desborda la voz.
Elena se quitó el vestido y lo dejó caer al suelo. Se quedó con los pechos libres, redondos, con pezones oscuros y duros ya por el frío del aire acondicionado y por la excitación creciente. Él no se contenía más: le pasó las manos por los costados, los apretó suavemente, los acarició con los pulgares en círculos, y luego, sin pedir permiso pero sin violencia, los chupó, uno por uno, con la boca templada, con la lengua juguetona.
Elena gimió. Un gemido bajo, gutural, que salió de lo más hondo, como si su cuerpo hubiera estado esperando ese momento desde que nació. Se le doblaron las rodillas, y él la sostuvo con firmeza, con esa seguridad de quien sabe que el otro confía. La levantó como si fuera una pluma, y ella envolvió sus piernas alrededor de su cintura, como si ya hubieran hecho esto cien veces.
Lo llevó al interior, al cuarto oscuro, donde las cortinas estaban cerradas y la única luz venía de la pantalla apagada del televisor, que daba un destello grisáceo. Lo colocó sobre la cama, y él se quitó los pantalones con un movimiento rápido, mostrando su pene ya tieso, grueso, con la punta húmeda y brillante.
Elena lo miró, lo palmo por palmo. No había timidez, solo admiración. —Estás bien grande,Carlos —dijo con una sonrisa traviesa—. ¿Me vas a romper?
—No, mija —él se acomodó entre sus piernas, pasándole la punta del pene por los labios de su vagina, ya húmeda y tibia—. Te voy a comer como se debe. Pero primero, déjame verte.
Se inclinó, y con la lengua, la primero rozó su clítoris, luego lo envolvió entero, chupando suavemente, como si fuera una fruta madura. Elena arqueó la espalda, soltó un grito ahogado, y con las uñas clavadas en su espalda, lo empujó un poco más adentro.
—No, no pare —le pidió—. Quiero verte dentro de mí.
Carlos se puso en posición, con las manos a los lados de su cabeza, y con un movimiento lento, firme, introdujo el pene. Elena soltó un grito largo, de placer y sorpresa, como si cada centímetro fuera un recuerdo que volvía. Él la miró a los ojos mientras la penetraba, y en ese instante no hubo miedo, ni vergüenza, solo entrega.
El ritmo fue lento al principio, como para saberse, para aprenderse. Pero cuando Elena empezó a mover las caderas, cuando sus pechos chocaban con el pecho de él y su culo se elevaba buscando más fricción, Carlos cambió el tempo. Empujaba fuerte, con potencia, pero sin brusquedad, como si cada embestida fuera un poema que le escribía al cuerpo de ella.
Elena le agarrotaba los brazos, le mordía el hombro, le decía palabras al oído: “más fuerte”, “sí, así”, “te quiero así, cargándome entera”, “no pare, que me vas a hacer gritar”. Él no se contenía, y cuando sintió que se acercaba al borde, que su cuerpo se tensaba como un arco, se inclinó y le chupó un pezón con fuerza, al tiempo que la penetraba hasta la raíz.
Elena se deshizo en él. Un orgasmo largo, tembloroso, que la sacudió como un terremoto suave. Y segundos después, Carlos la siguió, soltando un gemido profundo, almost prayer, mientras el pene se le llenaba dentro, palmo a palmo, hasta el último suspiro.
Se quedaron abrazados, sudados, con el corazón a mil, el aliento entrecortado. Ella le acariciaba el pelo, él le besaba el cuello, y en la penumbra, sin palabras, se entendieron mejor que en cien conversaciones.
—¿Seguro que no me vas a odiar mañana? —preguntó ella, con una sonrisa cansada.
—Ay, mija —él le besó la frente—. Mañana te voy a buscar a las siete, con arepas calientitas y ganas de repetirlo.
—Pues ponte pilas —dijo ella, y cerró los ojos, con su cuerpo aún vibrando, con el sabor de su piel en la lengua, con el eco del balcón y la lluvia que ya empezaba a caer suave, como un beso en la ventana.
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Me gustan las noches largas y lo que se esconde en ellas. Dominación, control y esa tensión elegante de quien sabe lo que quiere.