Lo que pasó en el ascensor del edificio
6 minLo que pasó en el ascensor del edificio
La lluvia golpeaba con furia contra los vidrios del ascensor, empañando la vista del city center de Buenos Aires. Adriana apretaba contra su cuerpo la bolsa de tela con el traje de baile que aún no había usado en todo el verano; el algodón húmedo de su blusa blanca se pegaba a la piel, marcando los contornos de sus pechos pequeños pero firmes. Había salido temprano del estudio de ensayo, pero ahora, atrapada entre los pisos 8 y 9, con el ascensor detenido por un corte técnico —no por primera vez—, sentía cómo el calor empezaba a subirle por el cuello.
El pánico se deslizó rápido cuando la puerta se abrió de golpe, sin previo aviso. No era el técnico. Era Matías. Su vecino del piso 12. El mismo que la saludaba con una media sonrisa en el pasillo, con los ojos que siempre parecían escudriñar algo más que el reloj.
—¿También te detuvo el demonio? —preguntó él, sin salir del ascensor, con voz grave y un hedor a jabón de menta y tabaco que le entró directo por la nariz.
Adriana no respondió de inmediato. En su pecho, el corazón le latía como si quisiera romperle las costillas. Matías tenía los pantalones anchos, pero se le marcaba el bulto en la entrepierna, bien tieso, bien vivo.
—Viste que me quedé sin batería —mintió ella, apretando más la bolsa.
—Yo también —dijo Matías—. Pero no me importa. Estoy cansado de esperar.
Y se acercó. No rápido, no agresivo. Lento. Como quien se acerca a un fuego que ya sabe que va a quemar.
Adriana no se movió. No podía. Sus ojos se fijaron en la boca de él, en los labios que ya una vez —hacía tres meses, en la fiesta de cumpleaños de una amiga— había imaginado poniéndose en su cuello, en su vientre, en su concha.
Matías llegó hasta ella. Cerca. Tan cerca que sintió el calor de su pecho contra el suyo.
—¿Vos sabés que cada vez que pasás por mi puerta, yo siento el olor de tu perfume? —susurró—. El de jazmín. Me desvelo pensando en cómo se te eriza la piel cuando hacés frío.
Ella tragó saliva.
—Matías, no... es peligroso.
—¿Peligroso? —rio bajo, con un hilo de voz que le tembló en la garganta—. Acá, en este cubo de metal, no hay peligro. Solo ganas.
Y la tomó de la cintura. No con fuerza, pero con una seguridad que le heló la sangre. Sus dedos se hundieron en su piel, dejando marcas que ya sentía arder.
—Decime que no querés. Decime que no tenés ganas de que te joda la nuca con la lengua, de que te abra las piernas acá mismo, de que te garche hasta que te olvides de tu nombre.
Adriana cerró los ojos. Le temblaban las manos. Pero no se apartó.
—No… no lo digo —murmuró.
Matías sonrió, y esta vez fue un gesto de victoria. Con la otra mano, le subió la camiseta por la cintura, despacio, como si desenrollara un regalo. Le tocó el ombligo con la punta de los dedos, luego deslizó la palma hacia abajo, hasta el borde de su slip de algodón.
—Estás mojada —dijo, y ella sintió que se ruborizaba hasta las orejas—. Lo sentí. Tu cuerpo me espera desde hace semanas.
Y sin más, le bajó la ropa interior con un solo movimiento. Le separó los labios de la concha con dos dedos, y se metió uno, húmedo y caliente, hasta la segunda falange.
—Mierda… —gimió Adriana, arqueando el cuerpo.
Matías no paró. Metió el segundo dedo, y empezó a moverlos con ritmo lento, acariciando el punto que le hacía temblar las rodillas.
—Mirá cómo te arqueás —susurró él, inclinándose para besarle el cuello—. Qué linda estás cuando te jodes sola.
Adriana no podía hablar. Sus manos aferraban la bolsa de tela con fuerza, pero luego, sin querer, se desprendieron y fueron a apoyarse en su pecho. Sintió el vello del pecho de él, el latido de su corazón, el calor de su respiración en la nuca.
—Quiero verte —dijo Matías, y le quitó la blusa—. Quiero ver tus tetas pequeñas, con los pezones duros como piedras.
Y así fue: le rozó los pechos con las yemas, los apretó con las palmas, y con la boca le chupó uno, lento, hasta que sintió cómo el pezón se le hinchaba como una cereza madura.
—Matías… no aguanto más —gimió ella, apretando los muslos.
—No te muevas —ordenó él—. Quiero que me lo des todo.
Y se bajó los pantalones. Su pene salió rígido, grueso, con la punta húmeda y brillante. Adriana lo miró sin vergüenza, con los ojos vidriosos, la boca entreabierta.
—Es lindo —dijo—. Grande, gordo, mojado.
Matías soltó una risa baja, casi animal.
—Voy a meter esto en tu concha, Adriana. Y no voy a parar hasta que te venga un líquido blanco como leche.
Y la levantó. Le puso una pierna alrededor de su cintura, la ajustó contra su cuerpo, y con la punta del pene, le rozó la entrada de la concha, ya bien lubrificada y temblorosa.
—Ahora —murmuró ella.
Él empujó. Un solo movimiento, profundo, hasta la raíz. Adriana gritó. No de dolor. De plenitud. De calor. De algo que hacía mucho no sentía.
Matías no esperó. Empezó a sacudirla con fuerza, con golpes cortos y rápidos, golpeándole el clítoris con cada embestida, metiéndose hasta lo más hondo, hasta que sintió su útero palpitando.
—Sí, así —gimió ella—. Más fuerte, pija. ¡Cógeme la concha!
Él la agarró por las caderas y la bajó con más fuerza, hasta que sus cuerpos se unieron con un sonido húmedo, carnal, de piel contra piel.
—Voy a correrme —avertió—. Te voy a llenar la concha.
Adriana lo apretó con las uñas en la espalda.
—Dame todo. ¡Dámelo todo!
Matías se arqueó. Con un grito gutural, eyaculó dentro de ella. Su pene palpitó, se hincharon los vasos, y el semen caliente y espeso le recorrió el interior, inundándola desde adentro.
Adriana lo siguió segundos después: un orgasmo largo, tembloroso, que le subió por la columna y la dejó sin fuerzas, colgada de su cuello, con los pechos sudados y los labios hinchados.
Matías la bajó despacio. Se recostó contra la pared, con la frente apoyada en su hombro.
—¿Volvemos a subir? —preguntó ella, con la voz rota.
Él le besó el cuello, lento.
—Sí —dijo—. Pero esta vez, vos vení a mi casa primero.
La lluvia seguía cayendo afuera. El ascensor se puso en marcha de golpe, como si nunca se hubiera detenido.
Pero dentro, ya no había miedo. Solo deseo, y la certeza de que, esta vez, ambos habían elegido caer.
¿Qué tanto te calentó?
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias por responder! 🔥
0se masturbaron con este relato · 0% de 0
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias! 🔥
¿Quieres más como este?
Te aviso cuando suba un relato nuevo. Sin spam.
Cuento desde adentro, en voz baja. Lo que una piensa, lo que una calla, lo que una termina haciendo cuando nadie mira.