Lo que pasó en el ascensor del edificio
6 minLo que pasó en el ascensor del edificio
El ascensor subía con un zumbido cansado, las luces fluorescentes parpadeaban como un latido irregular. Valeria se ajustó la falda ajustada, un gesto instintivo, mientras oía el clic del botón del piso 12. Ella iba sola, pero no por mucho. La puerta se abrió con un suspiro metálico y él entró.
—Disculpe —dijo él, y Valeria reconoció ese tono: bajo, casi disculpante, pero con algo más debajo, una promesa que aún no se atrevía a nombrar.
Era Diego. El nuevo arquitecto del piso 13. Valeria lo había visto varias veces antes: cabello oscuro desordenado, manos grandes que movía como si dibujara en el aire, y esa mirada que siempre parecía estar evaluando algo… pero también deseando. Ella había notado cómo se detenía un segundo de más frente a su oficina, cómo le sonreía cuando coincidían en la cocina del séptimo piso, cómo guardaba silencio cuando ella hablaba, como si temiera arruinar el momento con una palabra de más. Hoy no habría silencios.
La puerta se cerró. El ascensor siguió subiendo. Valeria apretó el botón del piso 12 con más fuerza de la necesaria. Diego se posicionó justo detrás de ella, lo suficientemente cerca como para que su aliento rozara su nuca. Ella no se movió. No hizo falta.
—Usted vive en el 12, ¿sí? —preguntó él, voz más grave ahora, sin disimulo.
—Sí —respondió Valeria, sin girarse, sintiendo cómo su propio pulso se aceleraba, latiendo en las muñecas, en la ingle, en la base de la lengua.
—Yo vivo en el 13.
—Sí.
Silencio. El ascensor se detuvo. Las puertas empezaron a cerrarse. Diego dio un paso adelante, bloqueándolas con la mano. El botón de parada se hundió con un *clac* seco. Las luces se estabilizaron.
—¿Por qué no entró a su casa? —preguntó Diego, y esta vez sí hubo una sonrisa en su voz, áspera y directa.
Valeria se volvió. Sus ojos se encontraron. Ella no bajó la mirada. Él tampoco.
—¿Por qué no?
Diego no respondió con palabras. Se acercó, la empujó suavemente contra la pared frontal del ascensor, con la palma de la mano apoyada justo al lado de su cabeza, formando una jaula de carne y aire. Su pecho rozó el de ella, firme, cálido. Valeria sintió cómo su propio cuerpo se abría, cómo los músculos del estómago se tensaban, cómo la entrepierna se humedecía sin pedir permiso.
—Me gusta cómo hueles —dijo Diego, inclinándose hasta que sus labios quedaron a centímetros de los suyos—. A tabaco y café negro. Y algo más… algo que me hace querer olvidar los planos de esta maldita ciudad.
Valeria le atrajo por el cuello del saco, tirando con suavidad hasta que sus labios se tocaron.
Fue un beso seco al principio, apenas un roce, una prueba. Pero luego, cuando Diego abrió la boca, Valeria le recibió con la lengua, con hambre, con urgencia. Él gimió, bajo, gutural, y la besó más fuerte, mordiéndole el labio inferior, chupándolo suavemente antes de volver a hundir la lengua en su boca. Ella le agarró las nalgas, apretándolas, jalándolo contra su pelvis, sintiendo cómo su pene ya estaba duro, erguido, presionando contra el algodón de su pantalón.
—Dime qué quieres —murmuró Diego contra sus labios, mientras le desabrochaba el primer botón del blazer, luego el segundo, el tercero—. Dímelo ahora.
—Quiero tus manos —dijo Valeria—. Quiero tu boca. Quiero que me folles contra esta pared hasta que me olvide de mi nombre.
Diego soltó una risa ahogada, entrecortada. Le deslizó las manos por debajo del blazer, por la espalda, hasta la cintura de su falda. La subió con un movimiento rápido, dejando sus muslos al descubierto. Ella se pegó aún más a él, rozando su pene con su muslo interno, mojada ya, húmeda, con el calor de su deseo pegándole la ropa interior al cuerpo.
—¿Estás bien vestida para esto? —preguntó Diego, tirando suavemente del elástico de su sujetador, bajándolo hasta que uno de sus pechos salió, redondo, firme, la pezón ya endurecido, oscuro, hinchado.
Valeria no respondió. Se inclinó, agarró con una mano su pene a través del pantalón, apretando, masajeando, sintiendo la dureza, el calor, la vida latiendo bajo la tela.
—Tú no llevas nada bien puesto —murmuró ella—. Déjame verlo.
Diego no dudó. Bajó la cremallera con un susurro metálico, sacó su pene, ya completamente erguido, grueso, la cabeza hinchada, cubierta de humedad. Valeria lo sostuvo con ambas manos, acariciándolo desde la base hasta la punta, observando cómo su prepucio se retraía y dejaba al descubierto el glande, liso, húmedo, brillante.
—Estás tan caliente —dijo ella—. Tan duro.
—Por ti —respondió Diego, y se inclinó para lamerle el pezón.
Valeria arqueó la espalda, soltó un grito contenido. Él lo chupó, lo mordió suavemente, lo rozó con la punta de la lengua, mientras con la otra mano le separaba las piernas y le deslizaba los dedos por dentro de la bragas, encontrando su clítoris, ya hinchado, sensible, palpitante.
—Mierda… —exhaló Valeria, agarrándole el pelo.
Él rozó el clítoris una, dos, tres veces, con el dedo índice, luego añadió el medio, metiéndolo dentro de ella, húmeda ya, sin resistencia, abierta, esperándolo. Movió el dedo con suavidad, curvándolo hacia arriba, buscando su punto, su centro.
—No puedo más —dijo Valeria, jadeando—. Necesito tu pene. Ahora.
Diego se levantó. La apartó la falda hasta la cintura. Se posicionó entre sus piernas, apoyándola contra la pared con una fuerza controlada. Se frotó su pene contra su clítoris, contra su labio mayor, sintiendo cómo ella lo empujaba hacia adentro.
—Dime si duele —susurró.
—No. No duele. Entraa…
Él empujó. Lento. Con control. Su pene entró, grueso, cálido, rozando cada pliegue interno, estirándola con placer, no con dolor. Valeria soltó un grito bajo, apretando los dientes, sintiendo cómo se llenaba, cómo era ocupada, poseída, consumida por él.
Diego no se movió al principio. Se quedó quieto dentro de ella, con la frente apoyada en su hombro, respirando su cuello.
—Estás tan apretada… —dijo—. Como si me tuviera miedo… o como si me temieras.
—Soy yo quien te tiene —respondió Valeria, subiendo las caderas—. Y ahora empieza.
Él empezó a moverse. Primero lento, con estocadas profundas, arrancándole gemidos ahogados. Luego más rápido, más fuerte, su pelvis golpeando contra la suya, el sonido de su piel contra la piel, el roce de los muslos, el frío de la pared contra su espalda.
—Mierda, Valeria… —murmuró Diego—. Tú me matas. Me vuelves loco.
Ella le clavó las uñas en la espalda, arqueó la cadera, buscando el golpe perfecto, el que la hiciera estallar. Él lo supo. Le dio un par de golpes más fuertes, más hondos, y ella sintió cómo su cuerpo se desbordaba, cómo la corriente subía por su columna, cómo su mente se vaciaba, y solo quedaba el pene de Diego, golpeándola, llenándola, llevándola al borde y más allá.
—¡Ahora! —gritó Valeria—. ¡Me voy! ¡Me voy!
Diego le agarró una cadera, la sostuvo firme, y se hundió hasta la base, reteniéndose un segundo, dos, antes de soltar su semilla dentro de ella, con un gemido ronco, gutural, de hombre que ya no se controla. Se convulsionó contra ella, sus maldiciones mezcladas con sus jadeos, su respiración entrecortada.
El silencio regresó, pesado, cargado de sudor y de algo más.
Valeria siguió abrazándolo, con su pene aún dentro de ella, con su cuerpo temblando, con la conciencia de que algo acababa de cambiar.
—¿Vas a bajar o sigues en el piso 12? —preguntó Diego, voz rasposa.
—Bajaré contigo —dijo Valeria, y le besó la frente—. Pero esta vez, te espero en casa.
Diego sonrió, y por primera vez, no parecía estar evaluando un edificio. Parecía estar mirando algo real.
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