Lo que pasó en el ascensor de mi edificio
10 minLo que pasó en el ascensor de mi edificio
Sí, lo confieso: fue en el ascensor. No en una habitación de hotel, ni en el carro, ni siquiera en la escalera de emergencia, como soñaba en esos primeros días de tentación. Fue en el elevador de mi propio edificio, ese tan pequeño que apenas caben tres personas sin rozarse, con ese espejo de pared que no sirve ni para acomodarse el pelo, pero que sí dejaba ver todo: sus ojos, sus manos, mi pito endureciéndose en los pantalones.
Ella se subió en el piso 6, con esa camiseta ajustada que le marcaba la curva de los pechos, los pezones duros como dos nubes de algodón en invierno, y esa falda tan corta que cuando se inclinó a agarrar el celular del bolsillo trasero, casi me desboco. Yo estaba atrás, con las manos en los bolsillos, fingiendo leer el celular, pero lo único que veía eran sus muslos, tersos, bronceados por el sol de Medellín, y la línea negra de su vulva recortada por la tela fina de la falda. No dije nada. Solo tragué saliva y sentí cómo el aire se volvía espeso, como si el ascensor empezara a bajar más lento de lo normal, como si el mundo entero se hubiera quedado quieto solo para que yo sintiera el calor de su trasero rozando mi entrepierna.
—¿Usted también va para abajo? —preguntó ella, sin voltear, voz suave, como una caricia.
—Sí, señora —le respondí, con esa voz que usaba cuando quería sonar respetuoso, pero que ahora sonaba falso, como si me hubiera puesto un traje prestado.
Ella soltó una risita corta, un *ja*, como de quién sabe que estás mintiendo, pero le da pereza corregirte. Se giró un poco más, y esta vez sus caderas tocaron mi pito, sin disimulo, sin miedo. Fue un roce breve, pero me hizo temblar la rodilla. Sentí cómo se endurecía más, cómo palpitaba contra el algodón de mis pantalones, como si quisiera salir a gritarle al mundo: *¡aquí estoy! ¡ella me está tocando sin tocar!*
El ascensor se detuvo en el piso 5. Nadie entró. Nadie salió. Solo el zumbido del motor, ese sonido que hace la gente cuando está por hacer algo que no debería.
—Usted vive en el 12, ¿verdad? —me preguntó ella, esta vez con la mirada fija en el espejo, y yo vi mi cara en él: frente sudada, cejas fruncidas, labios entreabiertos, como si estuviera a punto de besarla.
—Sí —respondí, voz ronca ya, sin disimulo.
—Yo en el 8. Siempre tomo este elevador… pero hoy no me dio el número. Me tocó esperar uno lleno de empleadas de la limpieza —rio otra vez, pero esta vez con ganas, con algo más—. A veces creo que el destino me está jodiendo, ¿no cree?
—O que le quiere dar una oportunidad —le dije, y me arrepentí enseguida. Pero ella no se río. Solo me miró más fijo, y esa mirada me corrió la sangre por las venas.
—Oye —susurró—, ¿usted tiene miedo?
—¿De qué?
—De que nos bajemos y se olvide todo. De que se arrepienta y me trate como si nunca me hubiera visto.
—No —le dije—. Eso no va a pasar.
El piso 4. Silencio. El piso 3. El aire olía a perfume de ella, algo dulce, como vainilla y humedad, como el calor del verano en el jardín de mi mamá. El piso 2. El piso 1. El botón del *open* parpadeó como si me estuviera burlando.
—¿Y si no bajamos? —preguntó ella.
—¿Qué?
—El piso 1 ya pasó. El siguiente es la bodega, y ahí no entra nadie. Solo los de mantenimiento. ¿Usted cree que nos van a echar si no bajamos?
—No —le dije—. Pero si no bajamos, algo tiene que pasar.
Ella soltó el celular en el suelo del ascensor. No fue un accidente. Lo dejó caer con intención, como quien suelta una bomba. Yo no dije nada. Me acerqué, paso a paso, como si caminara sobre hielo frágil. Me puse frente a ella, tan cerca que sentí el aire que salía de su boca, cálido, con sabor a café con leche y algo más, algo que me hizo recordar esas noches de verano en las que mi abuela decía que “el tiempo se detiene cuando el corazón late más fuerte”.
Le puse las manos en la cintura. Ella no se movió. Solo respiró hondo, y ese aliento se convirtió en un suspiro, largo, lento, como si hubiera estado esperando ese momento desde hace años.
—¿Me va a tocar? —me preguntó.
—Sí —le dije.
Y la toqué.
Le pasé las manos por los costados, subiendo despacio, hasta sentir sus pechos bajo la camiseta. No eran grandes, pero sí firmes, redondos, como dos frutas recién cogidas del árbol. Sentí sus pezones endurecerse bajo mis dedos, y ella cerró los ojos. Me miró otra vez, esta vez con los párpados entrecerrados, como si me estuviera pidiendo permiso.
—Sí —le dije—. Diga “sí” si quiere que siga.
—Sí —respondió—. Sí, sí, sí.
Y le bajé la camiseta por los hombros. Se la sacó como quien se quita una máscara, y quedó ahí, frente a mí, con ese sostén negro de encaje que apenas contenía sus tetas, con los pezones más duros que nunca, como dos granos de café tostado. Le desabroché el sostén con una sola mano, sin perderla de vista, y lo dejé colgando, como una promesa rota. Ella se inclinó hacia atrás, arqueando la espalda, ofreciéndome sus pechos. Yo los tomé con las dos manos, los froté uno contra otro, sentí su peso, su calor, su suavidad. Le lamí uno, lento, pasando la lengua por el pezón, y ella soltó un grito ahogado, como una risa cortada por el pánico o por el placer.
—¡Ay, dios! —susurró—. ¡Qué rico!
Y yo no me contuve más. Le bajé la falda, rápido, con las manos temblando, y se la saqué de una tirada. Quedó sola, con la bragas negras, ajustadas, mojadas ya por su humedad. La vi ahí, con las manos en las caderas, la respiración agitada, los ojos brillantes como si acabara de despertar de un sueño largo y oscuro.
—¿Quieres que te mame? —le pregunté.
—Sí —dijo—. Sí, mame ese culo.
Y yo la tomé por las nalgas, las apreté, sentí su piel tersa, su calor, su弹性, y la empujé contra la pared del espejo. Ella gimió, un sonido agudo, como un gato cuando le duele algo pero no sabe qué. Le separé las piernas con la mía, y le metí la lengua entre las nalgas, lamiendo su culo, su entrada, el hueco suave donde todo empieza. Ella se agarró del borde del espejo, los nudillos blancos, y empezó a mover las caderas contra mi cara, como si me estuviera pidiendo que le metiera más.
—¡Sí, sí! —gritaba—. ¡Mámelo bien, papi! ¡Hazle como le gusta!
Y yo se lo hice. Le lamí el culo como si fuera lo único que existía en el mundo, como si el tiempo no fuera real, como si el elevador no fuera a detenerse nunca. Sentí cómo su cuerpo se tensaba, cómo su respiración se volvía entrecortada, y entonces, sin avisar, empezó a temblar. Tembló como si le hubieran dado una descarga, como si el mundo entero le hubiera explotado dentro de la cabeza.
—¡Ah! —gritó—. ¡Me voy! ¡Me voy!
Y yo le metí dos dedos en la vulva, con fuerza, hundiéndolos hasta la falange, sintiendo cómo se cerraba alrededor, cómo se estremecía, cómo se mojaba más y más, como si su cuerpo fuera un pozo sin fondo. Ella gimió otra vez, más fuerte, más largo, como si estuviera llorando sin lágrimas, como si estuviera hablando una lengua que solo ella entendía.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Eres rico, papi! ¡Eres rico!
Y entonces, sin que nadie lo esperara, el elevador se detuvo.
No fue en la bodega. No fue en la planta baja. Fue en el piso 6, el mismo donde ella se subió. La puerta se abrió con un *ding* agudo, y yo vi la luz del pasillo, la luz del mundo real, la luz que me hacía tener miedo.
Pero ella no se movió.
—No salgas —me dijo—. No hoy.
—¿Y si alguien entra?
—Nadie entra aquí. Solo los de mantenimiento. Y ellos ya se fueron hace rato.
Y así estuvimos, ella pegada a la pared, yo entre sus piernas, con la lengua aún en su culo, con los dedos metidos en su vagina, con el pito duro como una piedra en los pantalones, y ella me decía cosas al oído, cosas que no volvería a repetir, pero que me hicieron sentir que era el hombre más dueño del mundo.
—Sácame la polla —me dijo.
Y yo se lo hice.
Le bajé la braga por una pierna, luego por la otra, y le saqué el pito de los pantalones. Era grande, mediano, pero bien formado, con la cabeza rosada, hinchada por la tensión. Ella lo miró, lo tomó con la mano, y me lo llevó a la boca.
—Abre —me dijo.
Y yo abrí. Y ella me lo metió hasta el fondo, lento, como si estuviera devorándome. Me lamí los labios, sentí su lengua, su calor, su boca húmeda y apretada, y me dejé llevar. Me dejé llevar como un niño que por fin se deja querer.
—Tú también —me dijo.
Y yo le metí los dedos de nuevo, esta vez más rápido, y le lamí el clítoris con la punta de la lengua, y ella se corrió otra vez, esta vez con los ojos abiertos, mirándome, como si quisiera grabar mi cara en su memoria.
—Eres rico —dijo—. Eres muy rico.
Y yo no supe qué decir. Solo la besé. Un beso largo, profundo, con lengua, con sal, con su sabor, con el sabor de su culo, de su vulva, de su boca. Y mientras la besaba, sentí cómo su vagina se apretaba otra vez, cómo sus piernas se temblaban, cómo su cuerpo se abría para mí una vez más.
—¿Quieres que te meta? —le pregunté.
—Sí —dijo—. Sí, papi. Méteme. Que me corra otra vez.
Y yo la tomé de la cintura, la levanté como si fuera una pluma, y la puse contra la pared, con las piernas alrededor de mi cintura, y le metí el pito, lento, hasta el fondo. Ella soltó un grito, no de dolor, sino de sorpresa, como si el mundo hubiera explotado de pronto. Sentí su vagina apretándome, mojada, caliente, como un horno recién encendido. Empecé a moverme, lento, lento, para que no se acabara pronto, para que durara más.
—Más fuerte —me pidió.
Y yo le metí más fuerte. La puse contra el espejo, y la empujé con fuerza, sentí cómo sus tetas se aplastaban contra el vidrio, cómo sus nalgas se rozaban con mis muslos, cómo su vulva se estrechaba alrededor de mi pito, como si quisiera tragármelo entero.
—¡Sí! —gritaba—. ¡Sí, papi! ¡Métemelo hasta el fondo! ¡Me gusta así!
Y yo se lo hice. Le metí hasta el fondo, una y otra vez, con fuerza, con ganas, con todo lo que tenía. Sentí cómo su cuerpo se tensaba otra vez, cómo su respiración se volvía corta, cómo sus uñas me arañaban la espalda, y entonces, sin que nadie lo esperara, ella se corrió. Se corrió con fuerza, con todo, con la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados, la boca abierta, como si estuviera pidiendo agua.
—¡Ah! —gritó—. ¡Me voy! ¡Me voy!
Y yo la sentí, cómo se apretaba alrededor de mi pito, cómo su vagina se contrajo, como si quisiera retenerme dentro de ella. Y yo no pude más. Sentí cómo el orgasmo me subía por la espina dorsal, cómo el pito me palpitaba, cómo el semen me salía como una descarga eléctrica, y yo me corrí dentro de ella, sin freno, sin control, como un animal que por fin encuentra su presa.
—¡Ah! —grité—. ¡Me corro! ¡Me corro!
Y me corrí, y me corrí, y me corrí, hasta que no quedó nada. Hasta que mi pito se relajó, hasta que ella se soltó de mis piernas, hasta que el elevador empezó a bajar otra vez.
—¿Ahora sí bajamos? —me preguntó, con una sonrisa.
—Sí —le dije—. Ahora bajamos.
Y nos arreglamos, rápido, sin vernos a los ojos, como si el mundo fuera a juzgarnos. Pero cuando la puerta se abrió en la planta baja, ella me miró una última vez, y me sonrió, y me dijo:
—Mañana me paso por tu piso.
Y yo no dudé.
—Pasa —le dije—. Yo estaré esperando.
Y así fue. Porque en Medellín, en ese edificio pequeño, en ese elevador que huele a sudor
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