Lo que pasó en el ascensor
Recuerdo el olor a lluvia en el aire cuando subí al ascador. Era viernes, casi medianoche, y el edificio estaba en silencio absoluto. Yo, con la camisa un poco arrugada y el cuello aún tibio del vino que tomé con un amigo, apretaba el botón del séptimo piso con más fuerza de la necesaria. El elevador tembló suavemente antes de cerrarse, y cuando la puerta empezó a encoger, alguien se coló a último segundo: Lucía.
Nunca habíamos hablado más de un “buenas noches” en el vestíbulo. Vivía en el sexto, yo en el séptimo. Ella tenía el pelo suelto, ondulado, con reflejos cobrizos que brillaban bajo la luz tenue del techo. Llevaba un abrigo largo de lana color miel, y debajo, una falda ceñida que dejaba entrever la curva de su muslo. Me miró, rápida, como si también notara el calor que no se esperaba.
—Gracias —dijo, con voz baja, casi un susurro.
—No hay de qué —respondí, con la garganta seca.
El ascensor subió un piso más: el sótano. La puerta se abrió. Nadie más entró. Cuando volvió a cerrarse, ella dio un paso atrás, sin querer, y su brazo rozó el mío. Fue un instante, pero el roce fue como una descarga: suave, eléctrico, inconfundible. Me giré. Ella también. Y nos miramos.
—¿Te pasó algo? —preguntó.
—No —mentí.
Ella sonrió, pequeña, tímida.
—Yo sí. El ascensor se quedó sin luz por dos minutos. Me quedé paralizada, pensando en todos los peligros posibles.
—¿Y qué hiciste?
—Cerré los ojos… y imaginé que alguien me tomaba de la mano.
El silencio se llenó de algo más. Yo no me moví. Tampoco ella. Solo nos mirábamos, como si el aire ya no fuera suficiente.
—¿Y si… ahora soy yo el que te toma de la mano? —pregunté, con la voz más baja, más grave.
Ella no respondió con palabras. Sólo alzó la mano derecha, ligeramente temblorosa, y la extendió hacia mí. La tomé. Su piel era suave, cálida, y al instante sentí cómo el pulso de su muñeca aceleraba contra mis dedos.
El ascensor empezó a subir otra vez. El piso seis. Ella no soltó mi mano.
—¿Te importa? —preguntó.
—No.
—¿Estás seguro?
—Estoy muy seguro.
Cuando la puerta se abrió en su piso, no se movió. Me acerqué. Ella inclinó la cabeza, como si supiera lo que iba a pasar antes que yo. Mis labios tocaron los suyos con una timidez que me sorprendió: lento, explorador, dulce. No era la primera vez para ninguno, pero era como si lo fuera. Como si cada segundo fuera nuevo.
Ella abrió la boca un poco más, y yo profundo el beso con cuidado, como si temiera que el más mínimo movimiento la hiciera desaparecer. Su mano libre subió por mi cuello, los dedos enredándose en el cabello detrás de mi oreja. Sentí su respiración entrecortada, el calor de sus palmas en mi nuca, la forma en que su cuerpo se acercaba al mío, pidiendo más sin decir palabra.
—Pasa arriba —murmuré.
Ella asintió, sin soltar mi mano.
Subimos los últimos tres escalones juntos, lentos. En su puerta, me detuve.
—¿Estás seguro? —repitió.
—Sí —dije, y besé su frente antes de entrar.
Fue todo suave. Las luces tenues, la música suave que ponía cuando estaba sola, el olor a vainilla y café en su cocina. Me quitó la camisa con lentitud, como si cada botón fuera una promesa. Cuando sus dedos rozaron mi pecho, cerré los ojos. Sentí su pecho contra el mío, el ritmo de su respiración sincronizándose con la mía.
No hubo prisa. Solo piel, besos, manos que descubrían. Su cuerpo, curvas suaves y caderas anchas, su cuello donde el pulso latía más fuerte cuando yo besaba su clavícula. Su risa, baja y contenta, cuando le acaricié el muslo y ella se estremeció.
—Es la primera vez que me pides permiso… —dijo, mientras desabrochaba mi pantalón.
—Porque esta vez quiero hacerlo bien —respondí.
Y lo hicimos. Lento, tierno, con miradas que decían más que las palabras. Y cuando por fin se entregó, con los ojos cerrados y un suspiro que era casi una oración, supe que aquello no era solo un encuentro. Era algo que empezaba a sentirse como un comienzo.
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