Lo que pasó en el ascensor
Yo jamás imaginé que algo así pudiera ocurrir en un simple ascensor. Ni siquiera sabía que me gustaba hasta que sus ojos se clavaron en los míos mientras subíamos al octavo piso.
Llegué tarde al trabajo —otra vez— y el ascensor estaba lleno. Gente de la oficina, rostros conocidos, sonrisas forzadas, miradas que evitaban cruzarse. Yo me apreté contra la pared, con el bolso en el pecho como escudo. Ella estaba allí, al fondo, junto a la puerta: Lucía. La nueva jefa de diseño, recién llegada de Medellín, con ese andar seguro y esas cejas que parecían susurrarme algo que aún no entendía.
El ascensor se detuvo en el cuarto piso. Dos personas salieron. El espacio se redujo. Sentí su aliento en mi cuello cuando se acercó para tocar el botón del octavo. Su dedo rozó el mío al mismo tiempo. No me retiré.
—Perdón —dijo, voz baja, casi un susurro.
—No pasa nada —respondí, y mi voz sonó más aguda de lo esperado.
Subimos el último tramo en silencio. Pero no era silencio. Era electricidad. El aire se había vuelto espeso, cálido. Sentí el peso de su cuerpo al otro lado del pasillo estrecho, la curva de su cadera a menos de un centímetro de la mía. Me di cuenta de que había dejado de respirar.
Cuando las puertas se abrieron en el octavo piso, ella no se movió de inmediato. Me miró, y esta vez no bajó la mirada. Me sonrió —no la sonrisa profesional que usaba en las reuniones—, sino una sonrisa lenta, sabrosa, como si ya supiera algo que yo aún negaba.
—¿Te gustan los ascensores? —preguntó, sin moverse.
Me dio un segundo para procesar. Un segundo demasiado.
—Depende —respondí, intentando mantener la calma, pero mi pulso me traicionó.
—¿Sí? —Se inclinó levemente hacia mí, lo suficiente para que su perfume —vainilla y humo— me envolviera.— ¿Y si te digo que el próximo ascensor viene en tres minutos?
No supe qué responder. Solo la miré. Y entonces lo hizo. Con la mano izquierda, lentamente, sin romper el contacto visual, deslizó el dedo índice por mi muñeca. Una descarga recorrió mi brazo, subió por el cuello, me hizo temblar los dedos.
—¿O prefieres esperarlo?
Me atrajo hacia ella con una suavidad que no esperaba. Mis manos, sin pensar, se posaron en su cintura. Sentí la textura de su blusa de seda, el calor de su piel bajo los tejidos. Su otra mano subió por mi nuca, y sus dedos se enredaron en mi cabello, con fuerza pero sin prisa. Me inclinó hacia adelante hasta que mis labios rozaron los suyos.
No fue un beso. Aún no.
Fue una promesa.
—Dime que sí —susurró.
Asentí. No con palabras. Con el cuerpo. Con la cabeza. Con el silencio que me dijo *sí, sí, sí*.
Las puertas se cerraron de nuevo. El ascensor volvió a arrancar. Pero esta vez no subíamos. Nos quedamos quietos, allí, en el hueco del octavo piso, con las manos entrelazadas y los corazones latiendo al unísono, mientras el mundo afuera seguía su curso, ajeno a lo que acababa de encenderse entre nosotros.
La próxima vez, prometí, no será en un ascensor. Pero esta vez, Lucía, con esa sonrisa pícara y los ojos brillantes, ya sabía que la próxima vez no tendría que esperar tanto.
¿Te ha gustado? Valóralo